27 de mayo de 2018
27.05.2018

Este Mallorca se lo merece

Los bermellones regresan en Anduva a Segunda justo un año después de perder la categoría en el mismo escenario tras empatar ante un Mirandés que solo apretó - El 3-1 de la ida ha sido determinante para el resultado de la eliminatoria

28.05.2018 | 00:42

Como si se tratara del guion de una película, de esas épicas y plagadas de emociones, el Mallorca recuperó la Segunda División cuando se cumplían justo ayer 358 días de aquel desastre que jamás debió suceder. Regresa a la Liga de Fútbol Profesional en el mismo escenario, el estadio de Anduva, que fue testigo de las lágrimas más vergonzosas en cuatro décadas. Pero el buen hacer de los gestores del club, todo hay que decirlo, cuerpo técnico y plantilla en esta temporada, ha hecho que esas lágrimas se conviertan en euforia o alivio, ya depende de la conciencia de cada uno. El 3-1 de Son Moix fue suficiente para que, a la primera, y por la vía rápida, consiguiera el ascenso ante un Mirandés que ha sido inferior en el global de la eliminatoria.

Arropados por unos quinientos aficionados en las gradas que no dejaron de animar, con el mítico Steve Nash y el presidente Andy Kohlberg en el menudo palco de Anduva, y con un millar de mallorquinistas en la plaza de ses Tortugues, el Mallorca subió por méritos propios tras el empate sin goles. Por encima de cualquier otro, gran parte de la responsabilidad del ascenso hay que achacarla a Vicente Moreno, el triunfo de un entrenador discreto como pocos, que no ha dicho en toda la temporada una palabra más alta que otra.

A diferencia de muchos de sus colegas, ha actuado con una normalidad y naturalidad pasmosa, sin hacer ruido, y sin ataques de entrenador. Ha sido un gestor perfecto del vestuario y, como futbolista que ha sido, sabiendo en todo momento que los protagonistas de este invento son los jugadores. Llegó con crédito, y lo ha aumentado. Será el entrenador del nuevo proyecto. Ahora dependerá de los de arriba, de los que toman decisiones, a qué se puede aspirar. Lo que es seguro es que este paso por la Segunda B debe servir para aprender la lección. Fue un partido feo, bronco, pero en el que el Mallorca logró resistir ante un Mirandés que asustó más durante la semana que sobre el césped.

En la primera parte se jugó poco, o nada. Hubo interrupciones para todos los gustos, algunas buscadas y algunas otras no, como la lesión de Bonilla. El lateral izquierdo se vio obligado a pedir el cambio por un pinzamiento lumbar y fue sustituido por Fran Gámez, que no ha jugado en todo el curso en el flanco zurdo y que cumplió con creces. Nada más empezar, el contratieempo ya era enorme.

Ya se sabía que no iba a ser fácil, pero el Mallorca tardó poco en darse cuenta de que tendría que aguantar como fuera de verdad. Por intensidad, por insistencia y ambiente, el Mirandés apretó, pero eso no se tradujo en ocasiones. Ni mucho menos. Los de Moreno no estaban nada cómodos, pero tenían las líneas juntas y ordenadas. Eso sí, protagonizaron el primer tiro, tras una contra de Álex López y un tiro flojo de Salva Sevilla. Los locales, que tenían el balón pero que se mostraban imprecisos, respondieron con un cabezazo de Yanis.

A los isleños les duraba poco el balón, pero llegaron en más ocasiones, como en un tiro raso de Aridai, un centro de Salva Sevilla que Abdón no pudo rematar por poco y un disparo de Fran Gámez. Sin embargo, la ocasión más clara tuvo color local con una buena acción de Paris y un remate de Yanis, absolutamente solo, demasiado alto.

La presión de los locales se hizo asfixiante en la reanudación. La tuvieron Llorente y Yanis, pero la puntería no les acompañaba. Cada falta, cada saque de esquina, era una agonía para un Mallorca que, definitivamente, ya solo estaba en el campo para defender la ventaja de dos goles. La portería de Limones quedaba a años luz.

El Mirandés siguió creyendo, pero el paso de los minutos jugó a favor de un Mallorca que, a falta de fútbol, tiró de oficio cada vez que podía. Los burgaleses, con mucho corazón y poco más, se empezaron a desesperar, hasta que se vieron obligados a tirar la toalla. La locura se desató entre el mallorquinismo y la plantilla en una fiesta sobre el terreno de juego inolvidable. El objetivo se ha cumplido. Toca saborear el éxito y pensar en un ilusionante futuro. Ya era hora.

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