La nueva vida del Castell d’Alaró: bienestar, cultura y el reto de no quedarse sin agua
María Melis, Anna Valls y Linda Bottinelli impulsan nuevas actividades en la hospedería y el restaurante mientras buscan soluciones al abastecimiento de agua, uno de los grandes desafíos de la vida en la cima
FOTOS | Tres donadas toman el relevo en el Castell d’Alaró para preservar su esencia / Silis Campins
María Melis, Anna Valls y Linda Bottinelli son las tres donadas del Castell d’Alaró y asumen la gestión de la hospedería con el objetivo de preservar la esencia de uno de los espacios más emblemáticos de Mallorca. Las nuevas gestoras insisten en que su intención no es romper con la etapa anterior, sino darle continuidad. El proyecto impulsado durante años por Natxo y Míriam les ha servido de inspiración. Recuerdan las cenas a 800 metros de altitud, los concursos de pintura, las actividades culturales o las representaciones de microteatro como ejemplos del potencial que tiene el Castell como espacio de encuentro.
A partir de esa base quieren incorporar nuevas propuestas relacionadas con el bienestar, la sostenibilidad, el arte y el crecimiento personal. Su objetivo es que el Castell siga siendo un lugar donde las personas puedan detenerse, compartir experiencias y conectar con el entorno. Talleres medioambientales, encuentros artísticos, actividades vinculadas a la meditación o propuestas relacionadas con la salud emocional forman parte de una idea común que busca reforzar el carácter acogedor del refugio sin perder la esencia que ha definido este espacio durante los últimos años.
El gran problema: la gestión del agua
Durante los fines de semana de mayo comenzaron a familiarizarse con la gestión cotidiana del refugio. Fue entonces cuando descubrieron hasta qué punto la logística condiciona la vida en la cima. Todo debe subir a la montaña. Alimentos, herramientas, materiales y suministros llegan a la espalda de las personas o mediante los asnos Tita y Damià.
«Hasta que no lo vives, no entiendes realmente lo que significa quedarse sin agua»
La gestión del agua se ha convertido en uno de los mayores desafíos. El suministro depende de un camión cisterna que llega aproximadamente una vez al mes, de una red de voluntarios que ayuda a poner en marcha el sistema de bombeo y distribución, y de la capacidad de recoger y almacenar el agua de lluvia en los aljibes. «Hasta que no lo vives, no entiendes realmente lo que significa quedarse sin agua», explican.
El coste económico es elevado y obliga a controlar cada litro consumido. Por ello, una de sus prioridades es concienciar a los visitantes sobre el uso responsable de este recurso. Incluso estudian habilitar un sistema de donativos voluntarios que contribuya a sufragar parte de los gastos derivados del abastecimiento.
A pesar de las dificultades, destacan la disposición de la Fundación Castell d'Alaró y del Ayuntamiento para buscar soluciones. Reconocen que muchos asuntos dependen de otras administraciones y que los procesos suelen ser lentos, pero valoran la voluntad de colaboración que han encontrado.
La vida a 822 metros de altitud
La nueva vida en la cima comienza mucho antes de que lleguen los excursionistas. A las 6.15 de la mañana, María contempla el amanecer sobre la isla. En los días despejados distingue la bahía de Alcúdia y el Puig Major antes de iniciar su rutina de meditación y ejercicio. Anna, en cambio, prefiere las puestas de sol. Cuando el movimiento disminuye y el Castell recupera el silencio, se sienta a contemplar cómo cambia la luz sobre la Serra de Tramuntana. Entre ambas horas transcurre una vida marcada por el ritmo de la montaña y por pequeños detalles, como el búho que habita en los alrededores y que ya consideran un vecino más.
Más allá de la hospedería y el restaurante, las tres son conscientes de que el Castell ocupa un lugar especial en la memoria colectiva de Alaró. La capilla donde se encuentra la Mare de Déu del Refugi continúa bajo la responsabilidad de la Iglesia, aunque ellas colaboran en su mantenimiento. La imagen sigue despertando una profunda devoción entre muchos vecinos. «Hay personas que suben expresamente a verla. En momentos difíciles, seas creyente o no, mucha gente acaba encontrando el camino hacia el Castell», explican.
Esa dimensión espiritual forma parte también de su propia experiencia. Para María, el Castell es un referente vital. Para Anna, un santuario. «Hay una paz y un silencio que invitan a la contemplación. No hay ningún día que haya subido al Castell y me haya sentido peor al bajar», confiesa.
«Lo importante no somos nosotras. Lo importante es este lugar»
Cuando se les pregunta cómo les gustaría mirar atrás dentro de siete años, ninguna hablan de cifras, balances económicos o éxitos personales. La respuesta vuelve una y otra vez al mismo lugar. Son conscientes del peso histórico, cultural y emocional que el Castell d' Alaró tiene para el municipio. Recuerdan que la palabra «donada» está ligada al servicio y entienden su papel como una responsabilidad temporal al servicio de la comunidad. Su deseo es sencillo: que quienes suban dentro de siete años sigan encontrando acogida, paisaje, silencio y un lugar donde detenerse.
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