Jóvenes margers en Mallorca: «Si te metes en este oficio, no te faltará trabajo»
El oficio de marger sufre una brecha generacional tras el cierre de las escuelas de margers en los 2000, pero aún sobreviven jóvenes que, huyendo de la oficina, se quedaron aprendiendo de los ‘mestres margers’
«La educación no valora ni fomenta el trabajo artístico y físico. Todo tiene que ser conceptual y sentado», explica el marger Pep Roig

Luana C.L.

Pesa más un pico que un lápiz, pero ocho horas en una oficina cerrada, soportando mucha corbata y muy poca vergüenza, pueden volver loco a cualquier alma libre. Ante esa tesitura, algunos prefieren trabajar duro, vendiendo su fuerza física y creatividad antes que aguantar el corporativismo.
En Mallorca, el noble y milenario oficio de marger surge como una alternativa. Sin embargo, sufre sufre una brecha generacional tras el cierre de las escuelas de margers en los 2000, pero aún sobreviven jóvenes que, huyendo de la oficina, se quedaron aprendiendo de los ‘mestres margers’.
«Trabajé cuatro meses delante de un ordenador y dije: ‘nunca más’», explica Joan Bestard. El esporlerí estudió Sociología y luego trabajó en una cooperativa, donde conoció a la mayoría de payeses de Esporles. «Estaba trabajando en una finca del pueblo cuando un mestre marger me dijo: ‘Venga, chaval, ven conmigo, que te voy a enseñar mi oficio’», relata Bestard. De aquello ya han pasado cuatro años.
Casualidades de la vida, el esporlerí recibe a este diario en la misma finca donde empezó todo, ya que ha sido contratado para arreglar un marge. «Es un oficio muy duro, pero siempre estoy en lugares privilegiados: casi siempre veo el mar y la montaña», explica Bestard.
La demanda en esta profesión es muy alta. «Si tú quieres ser marger, mañana mismo vienes y te empiezo a enseñar», le ofrece Joan Bestard a este diario, completamente en serio. «No sobran margers en Mallorca; cada vez hay menos y los que quedan son mayores», asegura.
Tras el cierre de las escuelas, solo se ofrecen algunos cursos de pocos días por parte del Consell. Las otras opciones para aprender el oficio de marger son el Manual del marger, de Francesc Xavier Solé, o empezar como peón junto a un maestro que enseñe mientras se trabaja. La disponibilidad de los mestres margers para enseñar suele ser plena, ya que no encuentran a nadie que pueda ayudarles de forma constante en sus obras.
«Voy loco por encontrar a alguien que venga a trabajar conmigo y poder enseñarle. Ahora, estos días, vendrán a ayudarme algunos amigos, pero no se dedicarán por completo ni se convertirán en expertos. Si existiera una formación profesional o se reabrieran las escuelas, los jóvenes que salieran seguro que tendrían trabajo», explica Bestard.
Trabajando en una finca de Deià se encuentra uno de los aprendices más noveles. Joan Mas lleva dos semanas como peón y está siendo enseñado por el marger Toni Coll. «Es cierto que el primer año de peón no haces mucha cosa: miras y ayudas en lo que puedes», explica Mas. Un aprendiz puede estar más de un año antes de poder levantar una pared, uno de los motivos por los que se necesita más gente cualificada en un oficio que requiere amplios conocimientos.
Escuelas de margers
Toni Coll lo explica: el marger no puede enseñar tanto en la obra como en una escuela «porque estamos trabajando y tenemos que sacar un rendimiento». Coll aclara que Joan Mas ya ha trabajado antes en el campo y tiene voluntad, aunque advierte: «El primer mes todo el mundo está muy ilusionado».
Junto a ellos está Gabriel Bibiloni, picando piedra. Lleva más de dos años como marger. «Para aprender a picar piedra tienes que haber roto muchas», dice sonriendo.
El palmesano aclara que llegó al oficio casi por casualidad: «Me presenté a una oferta de trabajo para jóvenes y luego hice un curso. Lo que me hizo quedarme fue poder conocer rincones de la Tramuntana y mantener una tradición milenaria de la cultura de la piedra».
Brecha generacional
Bibiloni explica que entre los margers ya se produjo una fuerte brecha generacional en los años 80, aunque el oficio se recuperó, y advierte de que ahora podría volver a suceder. «Es necesario abrir las escuelas para los jóvenes».
El joven muestra con orgullo a este diario el marge de cuatro metros que arreglaron montaña arriba, sin máquinas porque no llegaban: «Un buen marge puede aguantar centenares de años». Bibiloni estudió Historia en la UIB y añade: «En el Pla hay algo de pared seca, pero es en la Serra donde están los marges. Todo esto es patrimonio».
En el idílico paisaje de sa Dragonera trabaja Pep Roig, uno de los pocos humanos que habitan una isla dominada por las sargantanes en tierra y las gaviotas en el cielo. Cada lunes peregrina hacia la isla junto a Jordi Palmer y Juanca Robaina para vivir allí durante cuatro días.
Una oferta de trabajo del Consell les dio la oportunidad de trasladarse a esta isla aislada. El encargo: arreglar un marge de más de cuatro metros. El trabajo requiere transportar piedras de hasta casi cien kilos, lo que demuestra que los margers no solo deben estar en gran forma física, sino también tener una alta tolerancia al riesgo y al peligro.
«Es un poco salvaje este trabajo a veces», explica Roig mientras desciende por andamios improvisados para mostrar una obra de más de un mes. Un marge que, ejecutado con técnica, «puede durar hasta 500 años». El palmesano asegura que es una profesión muy bonita «porque impacta muy poco en el medio ambiente» y también muy agradecida, «porque siempre ves los resultados».
Roig estudió Bellas Artes en Barcelona, especializándose, como no podía ser de otra manera, en escultura: «Antes trabajaba manteniendo fincas y los fines de semana me entretenía haciendo marges y aprendiendo». Cree que en la educación no se valora ni se fomenta el trabajo artístico y físico: «Todo tiene que ser conceptual y sentado».
Junto a Pep Roig acudieron a su llamada Jordi Palmer, de 29 años, y Juanca Robaina, de 24. «Vine porque Pep me dijo que necesitaba a alguien con urgencia. Nunca había trabajado de marger y lo vi como una oportunidad para aprender», explica Robaina.
Aun así, asegura que estas obras en sa Dragonera han sido «un privilegio y una experiencia enorme».
La Conselleria de Educación y Universidades pondrá en marcha, a partir del curso 2026-2027, los nuevos estudios del certificado profesional de Construcción en Piedra Seca, una titulación oficial y única que responde a las demandas históricas del sector.
Sin embargo, estos anuncios son recibidos con desconfianza por Lluc Mir, presidente del Gremio de Margers: «Anuncian esto a bombo y platillo y luego pasan los meses y no dicen nada».
Mir insiste en que la falta de formación reglada está lastrando el futuro del oficio. «Nos tenemos que conformar con cursos de pocos días, de los que sale gente, pero es algo simbólico», señala. El presidente del gremio recuerda que las antiguas escuelas de margers, activas desde finales de los años 80 hasta la primera década de los 2000, funcionaban con buenos resultados. «De cada diez alumnos, seis acababan trabajando con un maestro. Eso garantizaba el relevo generacional y una formación sólida», explica.
Sin embargo, el marger lamenta que el sector lleve más de quince años sin ese relevo. «Se está perdiendo. Cada año pedimos que vuelvan las escuelas y no obtenemos respuesta».
Mir defiende recuperar el modelo de escuelas taller, donde los aprendices podían formarse mientras trabajaban y recibían una compensación económica, aunque fuera simbólica: «Hay que tener voluntad para trabajar y aprender, pero también hace falta un incentivo. No se puede pedir a la gente que trabaje gratis o solo por amor al arte».
«La administración tiene que implicarse y reabrir las escuelas de marger. Hay muchísimo trabajo y no encontramos jóvenes formados», advierte Mir. «El día que no queden profesionales veremos qué pasa. En cualquier otro sitio los marges serían una joya. Aquí parece que la Tramuntana sí lo es, pero nosotros no tanto», sentencia.
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