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Lletra menuda

Campanas sin capacidad de diálogo

Los vecinos no soportan el sonido del campanario de Santa Ponça

Los vecinos no soportan el sonido del campanario de Santa Ponça / Juan Luis Iglesias

Llorenç Riera

Llorenç Riera

Un pueblo sin iglesia o, más en concreto, sin campanario, que es lo que en este caso importa, es un pueblo con comunicación restringida en su lenguaje sonoro colectivo. Las urbanizaciones crecidas al amparo del desarrollo turístico han topado con esta carencia. La solución, no siempre coordinada en lo pastoral, ha sido templo nuevo con campanario vistoso y demasiadas veces poco homologable en lo arquitectónico. Por supuesto, también campanas que se dejen oír por encima de los mil ruidos del ocio y el negocio permanente.

Es el caso de Santa Ponça. La capilla de la Pedra Sagrada guarda el valor histórico de la llegada del cristianismo a Mallorca, pero no es válida para el servicio litúrgico actual, incluso en tiempos de laicidad. La iglesia de Nostra Senyora de l’Esperança fue inagurada en 2006 y a partir de ahí se invierten los términos. Lo que debía ser punto de encuentro y convivencia se convierte en núcleo de conflicto. Todo por exceso de decibelios derramados sin control, con toda probabilidad vertidos también por una reiterada gestión ambulante del templo y por la nula voluntad de regular el sonido.

Las campanas de Santa Ponça no tiñen. No saben de envite a la oración o toque de difuntos. No repican a gloria, ni siquiera conocen el toque de arrebato. Desesperan con una llamada semanal a misa exagerada de decibelios y capacidad de hacer desistir del envite. Nadie les ha hecho saber que la acogida y el lenguaje religioso consecuente pasa por un sonido acompasado, dócil, en diálogo con la sociedad civil y descreída.

Con todo, lo más estridente de esas campanas sin afinador es el hecho de que su potente eco haya tenido que llegar al Defensor del Pueblo. Apañados vamos si ni siquiera el párroco volátil de turno o la aplicación de una ordenanza municipal pueden regular un elemento acústico de toda la vida, asumido y reconocido. La intervención de Ángel Gabilondo es un repique de lamentos y reproches documentados, una sonora campanada de coherencia que obliga a reaccionar por igual al ayuntamiento de Calvià y a la Iglesia.

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