¿Para qué sirve la PAC? El ejemplo del cereal en Mallorca
Jóvenes agricultores explican por qué las ayudas son clave para que el cereal siga siendo viable

Vista general de campos de cultivo en Sant Joan. / Manu Mielniezuk

Joan Roig y José Antonio Suárez, dos jóvenes agricultores al frente de la finca de Son Burixó, en Sant Joan, explican hasta qué punto la Política Agraria Común (PAC) se ha convertido en un sostén en un contexto marcado por el encarecimiento de los costes y una burocracia que no siempre se ajusta a la realidad insular. Roig, centrado sobre todo en la parte cerealista, lo resume de forma tajante: “Lo primero que la gente debe entender es que sin la PAC es muy complicado tener una explotación cerealística viable”. Su diagnóstico parte de una cuenta sencilla: mientras el precio del cereal se ha mantenido estancado durante años, e incluso ha caído, los costes de producción no han dejado de dispararse. “Insumos, abonos, fertilizantes, combustible... todo ha incrementado su precio. Si todo sube y el precio se mantiene igual que hace 10, 15 o 20 años, el rendimiento de la explotación como máximo puede ir a empatar, y nadie trabaja para empatar”.

Roig y Suárez posan para esta entrevista en Son Burixó. / MANU MIELNIEZUK
Ese es, precisamente, uno de los nudos del problema: en el cereal, el agricultor apenas tiene margen para fijar precios o diferenciar su producto. “No puedes decir: mi trigo valdrá 3 euros porque nadie te lo va a comprar”, explica Roig. A diferencia de lo que ocurre con la fruta, donde la calidad, la selección o el trato del producto pueden marcar diferencias ante el consumidor, en el cereal la lógica del mercado es otra. “Con la fruta te puedes diferenciar porque puedes buscar la calidad y no la cantidad. La gente ve un melocotón de más calidad o menos. Pero en el caso del cereal, los animales no lo distinguen”. En los cereales, el precio es el que es por factores extraagrícolas y te debes adaptar a lo que te marca el mercado. En ese contexto, la ayuda europea pasa a ser una pieza estructural del sistema. Roig lo plantea sin rodeos: “Cuando haces números, te das cuenta de que pagando la cebada a 20 céntimos o el trigo a 19, los números no dan. Sin subvención y si el año no es bueno, no cuadran”. Suárez coincide plenamente en ese diagnóstico y describe un día a día marcado por la adaptación constante: “Debes tomar decisiones momento a momento y siempre calculando si te compensa o no”.
Adaptar al lugar
Sin embargo, la PAC no solo representa una fuente de ingresos necesaria para mantener la actividad, también implica más carga burocrática. En ningún momento cuestionan que existan controles."Me parece bien porque la PAC se debe destinar a las personas que hagan bien las cosas para compensar la falta de rendimiento”, admite Roig. El conflicto aparece cuando esa lógica de control se aplica con criterios homogéneos a territorios muy diferentes.
Suárez compara esa situación con la Península para mostrar hasta qué punto la misma normativa puede generar impactos muy distintos. “Allí un propietario puede tener cinco fincas de 30 hectáreas y pedir el DNI a cinco personas no te lleva mucho trabajo. Pero en Mallorca hablamos de fincas pequeñas y tienes que pedir el DNI a muchos propietarios”. La diferencia no es menor: el tiempo y el esfuerzo que aquí exige reunir la documentación, localizar a los titulares y justificar cada parcela se multiplica de forma desproporcionada. Roig lo ejemplifica con su propia explotación. “Mi explotación es de 140 hectáreas. Si en la Península tienes 140 hectáreas con cuatro propietarios, te interesa tenerlos atados a diez años vista. Pero aquí, en estas 140 hectáreas, tengo 80 titulares de parcelas. Tengo una barbaridad de fincas de 1.800 metros”. Esa hiperfragmentación no es una anécdota, sino una característica estructural del campo mallorquín. “En vez de hacer una normativa tan genérica, se debería mirar un poco más la idiosincrasia del lugar”, reclama Suárez.
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