Jóvenes agricultores en Mallorca: “Es de locos meterse en este mundo sin tener un plan b”
Joan Roig y José Antonio Suárez se dedican al campo en un contexto marcado por la incertidumbre, la burocracia y la subida de costes: «Hemos cogido el relevo de Son Burixó porque empezar de cero es muy difícil»

Manu Mielniezuk

Joan Roig y José Antonio Suárez representan a una generación de jóvenes agricultores que intenta mantener vivo el campo mallorquín en un contexto marcado por la incertidumbre, la burocracia y la subida de costes. Ambos gestionan Agrícola Son Burixó en Sant Joan y conocen de primera mano una realidad que exige una dedicación total y una capacidad constante de adaptación. «Es un mundo lleno de incertidumbres», sentencia Suárez que deja claro que el secreto para poder vivir del campo en Mallorca es diversificar y no apostar solo a un único producto.

José Antonio Suárez y Joan Roig, en Son Burixó. / MANU MIELNIEZUK
«Nos dedicamos al campo porque nos gusta». «Es el músculo más fuerte que tenemos. Nos lo han inculcado desde pequeños», confiesa Suárez. «Aquella semilla que sembraron nuestros abuelos ha germinado, ha crecido, ha florecido y ahora miramos de recoger sus frutos», interviene Joan Roig. «Siempre hemos estado vinculados a fora vila pero solo hace tres o cuatro años que estamos al frente de una explotación», puntualiza Roig. «Hemos cogido el relevo de Son Burixó porque empezar de cero es muy difícil», reconocen. «Para dedicarte al campo debes tenerlo montado de antes porque si no es muy complicado: debes encontrar tierras, comprar maquinaria...». A eso se añaden otros obstáculos, como la demora en el cobro de ayudas o factores externos que escapan de tu control como el conflicto en el Oriente Medio que ha disparado el precio del combustible agrícola.
«Para dedicarte al campo debes tenerlo montado de antes porque si no es muy complicado"
Así su incorporación al sector ha sido una forma de continuidad. Ahora controlan todo el proceso, desde el inicio del ciclo hasta su final. Eso les ha dado una visión completa del trabajo agrario, pero también les ha hecho más conscientes de su fragilidad. Ambos forman parte de una generación joven, pero ninguno oculta que ha entrado en el sector primario con una red de seguridad. Joan Roig es bioquímico y profesor. José Antonio Suárez sigue estudiando y al finalizar el año será ingeniero agrónomo. Los dos lo dicen sin rodeos: el plan B es casi imprescindible.

Frutales en Son Burixó. / Manu Mielniezuk
«Los dos nos hemos planteado si fora vila nos puede dar para vivir, pero tenemos un plan B”, explica Roig. En su caso, decidió lanzarse a ser payés cuando consiguió una plaza como docente y tiene media jornada. «Y si un día tengo que vender los tractores, la maquinaria y volver a dedicarme solo a la docencia, me sabrá mal, pero sé que tengo las espaldas cubiertas». La conclusión es reveladora: «Es de locos meterte en este mundo sin tener un plan b». «Es lo que hemos tocado en casa. Mi padre era chófer de la EMT y su socio trabajaba en el Ayuntamiento de Palma», razona.
En Son Burixó cultivan melocotones pero también tienen otros árboles frutales. Joan Roig además se dedica al cereal mientras que Suárez lleva la ganadería en la finca de Son Gil. Entre ambos ya existe una colaboración práctica y una idea de futuro compartida: unir esfuerzos cuando se retiren los socios veteranos. La lógica que defienden es la de la cooperación y no la competencia. «No nos debemos hacer la competencia; hay que intentar darnos una mano entre los pocos que somos. Si no, la estrategia es equivocada y te lleva al abismo directamente», sostienen.
Diversificar
Ante este escenario, Suárez defiende una estrategia clara: diversificar. «El secreto en Mallorca está en diversificar para poder vivir del campo. Entre que son explotaciones pequeñas, en el momento que solo haces un producto, te estancas. Lo mejor es diversificar porque si un año te falla un producto, puedes compensar con el otro». También ve necesario reducir intermediarios y ganar valor añadido. «Las perspectivas de futuro son apostar por la diversificación y reducir peldaños de la cadena de valor de tu producto. Si uno hace cereales, mirar de vender la harina; si hace fruta, hacer mermeladas. Disminuir los intermediarios hace que puedas sacar mayor rentabilidad a tu explotación».
«El secreto en Mallorca está en diversificar para poder vivir del campo»
Los dos jóvenes agricultores han dejado claro que el campo es un mundo lleno de incertidumbres. «Miras el tiempo cien veces por semana», admite Joan Roig. «El factor del tiempo, por ejemplo, no lo puedes controlar», señala. En el campo, el reloj no funciona como en otros sectores. Todo depende del clima, de la lluvia, del frío, del momento exacto para sembrar, abonar o recoger. Al tiempo, hay que añadir otros factores que nada tienen que ver con la agricultura. El momento actual lo resumen como un «momento de cambio y de incertidumbre» marcado por la subida del precio de carburantes y fertilizantes, la presión burocrática, la reducción de superficie cultivable y unos precios de venta que a menudo llegan ya prefijados al agricultor.

Roig y Suárez posan para esta entrevista en Son Burixó. / MANU MIELNIEZUK
Sin ninguna duda, la PAC se ha convertido en un sostén imprescindible para que muchas explotaciones sigan siendo viables. En el caso del sector cerealista, explican que los precios del cereal llevan años estancados o incluso a la baja, mientras que los costes de producción —abonos, fertilizantes, combustible o insumos— no han dejado de subir. En estas condiciones, producir cereal apenas permite cubrir gastos, de modo que las ayudas públicas son las que acaban compensando la falta de rentabilidad. «En el caso de los melocotones nos podemos diferenciar buscando la calidad pero en los cereales, los animales no lo distinguen. El precio del cereal es el que es por factores extraagrícolas».
Controles necesarios
Los jóvenes agricultores aseguran que los controles de la PAC son necesarios porque las ayudas «se debe destinar a las personas que hagan bien las cosas para compensar la falta de rendimiento», pero son conscientes de que a veces la normativa no se adapta a la realidad de Mallorca. En municipios del Pla como Sant Joan, donde predominan las pequeñas parcelas, los acuerdos de uso de la tierra suelen ser verbales y con muchos propietarios distintos. Eso obliga a reunir documentación, localizar titulares y justificar constantemente cada parcela, un proceso que consume mucho tiempo y choca con un sistema agrario muy fragmentado. Roig pone como ejemplo su propia explotación: para gestionar 140 hectáreas trabaja con unos 80 titulares distintos, una situación muy diferente a la de otras zonas peninsulares, donde grandes superficies pueden depender de solo unos pocos propietarios. Los cerealistas mallorquines intentan agrupar e intercambiar parcelas para hacer más eficiente el trabajo, pero ese modelo choca con una burocracia pensada para otras realidades. Por eso reclaman una normativa que tenga en cuenta la idiosincrasia insular.

Árboles frutales en Son Burixó. / Manu Mielniezuk
Roig y Suárez también denuncian una contradicción que, a su juicio, define la Mallorca actual: mientras aumentan la población y el turismo, el producto local escasea y el sector primario se debilita cada vez más. A esta situación se suma la pérdida de superficie cultivable, ya que muchas parcelas acaban vendiéndose para usos residenciales o especulativos en suelo rústico, lo que dificulta todavía más el acceso a la tierra. Hay que tener en cuenta que el paisaje rural que sostiene buena parte del atractivo turístico de la isla depende precisamente de que haya payeses que lo trabajen y lo cuiden; sin esa actividad agraria, alertan, Mallorca corre el riesgo de perder no solo producción local, sino también una parte esencial de su identidad y de su valor paisajístico.
Ambos coinciden en desmontar la visión romántica del campo: no es un trabajo convencional, sino una forma de vida marcada por la dedicación total, la carga mental constante y una rentabilidad muy ajustada. «No hay que romantizarlo», advierte Roig, que resume con crudeza una realidad poco atractiva para quien no sienta una verdadera vocación. En la ganadería, añade Suárez, la exigencia es todavía mayor, porque el cuidado de los animales no entiende de horarios y problemas sanitarios como la lengua azul agravan aún más la fragilidad del sistema. Por eso, sostienen, el relevo generacional no depende solo de que haya jóvenes con vocación, sino de que el campo permita una vida compatible con la sociedad actual. «Se trata de intentar conciliar la vida actual con el papel de agricultor para vivir y no ser esclavo. Estamos en esta fase de intentar descubrirlo».
En este contexto, el futuro del campo mallorquín no parece pasar por grandes discursos, sino por medidas muy concretas: adaptar la normativa a la realidad insular, facilitar el acceso y la gestión de la tierra, asegurar precios dignos, acortar la cadena comercial y apoyar de verdad a quien mantiene vivo el territorio. Mientras tanto, jóvenes como Joan Roig y José Antonio Suárez siguen al pie del campo, entre tractores, fruta, cereal, ganado, papeles y previsiones meteorológicas, intentando que la semilla sembrada por sus abuelos no se pierda.
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