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Fira del Fang de Marratxí: los artesanos piden relevo generacional para garantizar el futuro de la cerámica

Veteranos y nuevos participantes coinciden en defender el valor de la feria como escaparate del oficio, aunque advierten de que su continuidad dependerá de la capacidad de adaptación

Mayte Morte, de Cerámicas Morte.

Mayte Morte, de Cerámicas Morte. / Miquel Bosch

Marratxí

Con motivo de la XLI edición de la Fira del Fang, Marratxí vuelve a convertir la cerámica y la tradición alfarera en protagonistas de una de sus citas más emblemáticas. A través de las voces de artesanos veteranos, presentes desde los primeros años del certamen, y de participantes más recientes, la feria se revela como un escaparate fundamental para el oficio, pero también como un reflejo de sus desafíos actuales. Entre el valor de la herencia recibida y la necesidad de adaptarse a los nuevos tiempos, sus testimonios dejan entrever tanto el arraigo de esta celebración como la incertidumbre que planea sobre su futuro.

Entre las voces más recientes se encuentra la de Mayte Morte, de Cerámicas Morte, llegada desde Barcelona y participante por tercer año consecutivo. Su valoración de la fira es claramente positiva. Destaca la amabilidad del público y subraya la importancia de que una feria como esta no se pierda, ya que considera que constituye una plataforma muy interesante para dar a conocer el mundo de la cerámica. A su juicio, este sector vive en la actualidad un momento de recuperación, después de años en los que el trabajo artesanal y decorativo no era suficientemente apreciado. Ahora, sostiene, la percepción ha cambiado y la cerámica vuelve a estar en auge, algo que permite mirar al futuro con mayor optimismo. También se muestra favorable al actual formato de dos fines de semana, ya que entiende que así se reducen los riesgos derivados de la meteorología y se garantiza mejor la afluencia de visitantes, un aspecto clave para que la participación siga siendo rentable para los artesanos.

María Esperanza, de Sa Teulera de Llucmajor.

María Esperanza, de Sa Teulera de Llucmajor. / Miquel Bosch

Muy distinta, por su larga vinculación con el certamen, es la experiencia de María Esperanza, de Sa Teulera de Llucmajor, que junto a su marido, Miquel Albertí, lleva 41 años asistiendo a la Fira del Fang. Su testimonio remite a los orígenes mismos del evento, cuando solo unos pocos artesanos instalaron puestos de venta y muchas de las olleries participantes acudían únicamente con exposición. Recuerda que en aquella primera edición celebrada en Ses Tres Germanes solo ellos y dos artesanos más contaban con tenderete de venta, y que no fue hasta la tercera edición cuando los artesanos de Pòrtol se incorporaron también a esos espacios comerciales. A lo largo de estas cuatro décadas, explica, su taller ha sabido adaptarse a los cambios. Si en un principio elaboraban únicamente piezas de barro, con el paso del tiempo y la evolución de los gustos y las demandas se han orientado más hacia la cerámica. Entre sus producciones destaca una pieza singular, la escudella mallorquina, que antes se elaboraba en barro y que ahora también realizan en cerámica. Como otros participantes veteranos, considera acertada la duración actual de la feria y defiende igualmente el formato de dos fines de semana.

Pep Serra Amengual, de sa Roca Llisa.

Pep Serra Amengual, de sa Roca Llisa. / Miquel Bosch

La reflexión sobre la evolución del certamen y su porvenir aparece también en las palabras de los artesanos de Pòrtol. Pep Serra Amengual, de sa Roca Llisa 26, valora muy positivamente la actual ubicación en la plaça de Sant Marçal, convencido de que se ha ganado mucho respecto al antiguo emplazamiento de Ses Tres Germanes. Considera que Sant Marçal es un espacio más apropiado, más visible y más conocido en toda Mallorca, lo que refuerza la proyección de la fira. Sin embargo, cuando mira hacia el futuro, su análisis se vuelve más incierto. Asegura que, si la feria sufre un bajón, no será por culpa del Ayuntamiento ni por la duración del evento, sino por un problema mucho más profundo: la falta de incorporación de las nuevas generaciones a este mundo. En ese sentido, lamenta que el futuro de la Fira del Fang sea incierto, aunque todavía confía en que los jóvenes puedan llegar a sentir la misma afición que un día sintieron quienes hoy sostienen el oficio.

Elionor Amengual, de Can Bernadí.

Elionor Amengual, de Can Bernadí. / Miquel Bosch

También desde Pòrtol, Elionor Amengual, de Can Bernadí, aporta una mirada marcada por la memoria y por la necesidad de adaptación. Para ella, la primera ubicación de la feria fue la más emblemática, no solo por el edificio rústico en el que se celebró, sino también por el ambiente especial que generaba aquel espacio subterráneo, del que guarda recuerdos muy agradables. Aun así, reconoce el valor simbólico de la actual plaza de Sant Marçal, a la que considera también un lugar emblemático de Marratxí. Personalmente, le gustaría que la feria se celebrara en Pòrtol, por ser el lugar donde se encuentran las olleries, aunque admite que allí no existe un espacio comparable al de Sant Marçal. En cuanto a la duración, cree que bastaría con una semana completa, de lunes a domingo. Pero donde su discurso resulta más contundente es al hablar del futuro: advierte de que, si no se introducen cambios y no se adapta la fira a los tiempos actuales, y no a los de hace cuarenta años, será difícil garantizar su continuidad. Su conclusión resume una preocupación compartida por otros artesanos: renovarse o morir.

Toni Mesquida Amengual, de Can Vent.

Toni Mesquida Amengual, de Can Vent. / Miquel Bosch

Diagnóstico

En esa misma línea se expresa Toni Mesquida Amengual, de Can Vent, considerada la olleria más antigua de Pòrtol que todavía sigue en funcionamiento. También él considera acertada la ubicación actual, aunque recuerda que la instalación anterior, frente a Eroski, tampoco estaba mal. Sobre la duración, coincide con la mayoría de los consultados y ve correcto que la feria se prolongue durante dos fines de semana. Sin embargo, su diagnóstico sobre el futuro es especialmente rotundo: como fira d’ollers, afirma, no tiene futuro, precisamente por la ausencia de relevo generacional en la mayor parte de las olleries.

A través de estos testimonios, la Fira del Fang aparece como mucho más que un evento ferial. Es, para quienes la han vivido desde sus inicios y para quienes se han incorporado en los últimos años, un espacio de encuentro entre tradición, artesanía e identidad local. Todos coinciden en reconocer su valor como escaparate para la cerámica y como punto de contacto con el público, pero también emerge con claridad una inquietud de fondo: la supervivencia del oficio dependerá no solo de mantener viva la feria, sino de su capacidad para evolucionar, adaptarse a los nuevos tiempos y atraer a nuevas generaciones de artesanos. Entre la fidelidad a sus raíces y la urgencia de renovarse, la Fira del Fang encara así su presente con prestigio, pero también con interrogantes.

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