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El restaurante Flamingo de Porto Cristo reserva hasta un 60% de sus mesas para clientes locales: "Le debemos mucho a la gente de aquí"

"Si no cuidamos al cliente mallorquín, perderemos a quien nos ha apoyado toda la vida”, razona el responsable y cocinero Jaime Cuadrench Berlinger

Sebastià Sansó

Sebastià Sansó

Porto Cristo

Bajando la Costa d’en Blau de Porto Cristo (oficialmente calle Bordils), una pronunciada pendiente en primera línea de mar que lleva a la playa urbana y junto a una pequeña zona de pinar salvaje, se esconde el Flamingo, el restaurante más famoso y representativo del paso del tiempo en el pueblo. Unas escaleras conducen primero a un edificio no demasiado grande (de planta baja y comedor) y después se abren a una terraza sobria, pero con unas vistas espectaculares. Hace unos años, justo al terminar la pandemia y el pertinente confinamiento, la llegada masiva de turismo hizo peligrar su idiosincrasia: la de un lugar creado y pensado para clientes locales que veía cómo los extranjeros “colonizaban” un escondite culinario intencionadamente discreto. Ahora, Jaime Cuadrench Berlinger, responsable del Flamingo desde la jubilación de su padre Pepe, vuelve a abrir la temporada de servicio con una peculiar cuota de reservas, autoimpuesta por la necesidad de seguir entendiendo los diálogos de un pueblo que ya no se sentía cómodo tal y como iban las cosas. “Nosotros estamos encantados de que las personas que llegan a la isla puedan disfrutar de lo que tenemos aquí”, empieza diciendo Cuadrench (Porto Cristo, 1978), “pero después de la pandemia, y con mucho dinero ahorrado, el turismo se disparó de tal manera que la sobredemanda superó la oferta real”. “Es cierto que los agroturismos y los alquileres vacacionales nos han dado una vida increíble, pero llegó un punto, hace unos tres años, en que la demanda ya era tal que el volumen foráneo se comía al cliente local”.

“Tomamos la decisión de reservar entre un 50 y un 60% para el cliente mallorquín, sobre todo durante los meses de verano, que es cuando esta problemática es más evidente”

Jaime Cuadrench Berlinger

— Responsable del Flamingo

La solución, pues, fue tan lógica como inusual en la mayoría de restaurantes baleares: instaurar una cuota de reservas que priorizase al cliente mallorquín, “que es quien siempre ha apoyado al pequeño comercio y a los pequeños restaurantes como el nuestro. Es un sentimiento de querer hacer piña con la comunidad”. “El problema era que los turistas ya llamaban tres o cuatro días antes para reservar mesa y, claro, cerrábamos el turno con un montón de clientes extranjeros; eso hacía que, como consecuencia, la gente de toda la vida ya no tuviera opción de salir a comer aquí. Y eso nos daba pena”.

Jaime Cuadrench Berlinger, responsable del Flamingo.

Jaime Cuadrench Berlinger, responsable del Flamingo. / Sebastià Sansó

Cuadrench, que ha continuado con la tradición tanto estética como de cocina tradicional del Flamingo, reflexiona: “También debemos tener en cuenta que ahora salir a comer o cenar es un lujo por el coste de vida que tenemos, que te obliga a quitarte extras de alguna otra parte si quieres salir los fines de semana. Familias que antes iban de restaurante una vez por semana han pasado a venir una o dos veces al mes. Pero cuando decidan venir, tenemos que asegurarnos de que encuentren mesa”.

Más de la mitad

“Tomamos la decisión de reservar entre un 50 y un 60% para el cliente mallorquín, sobre todo durante los meses de verano, que es cuando esta problemática es más evidente”. El responsable y cocinero de la Costa d’en Blau no tiene ninguna duda: “Le debemos mucho a la gente de aquí, es un agradecimiento constante, porque estuvieron en los malos tiempos del confinamiento y en los meses posteriores. Tenemos que saber adaptarnos a las circunstancias para conservar lo que tenemos”, dice sentado en una de las terrazas más bellas de la costa este de Mallorca.

“Le debemos mucho a la gente de aquí, es un agradecimiento constante"

Jaime Cuadrench Berlinger

— Responsable del Flamingo

Aun así, pese a la fama de sus vistas colgadas en las redes sociales, la cocina no ha cambiado en las casi cuatro décadas que la familia Cuadrench gestiona el establecimiento. “Aquí tenemos las ideas claras sobre lo que sabemos hacer. Es una cocina básica, en el sentido de que hacemos carne y pescado a la brasa, calamar, paellas… pero utilizando siempre alimentos y productos de calidad, siempre piezas enteras. También es cierto que no nos caracterizamos por las modernidades, pero tampoco queremos perder el carácter de terraza que hace las cosas que sabe hacer mejor, sin excentricidades. Si no, ya no seríamos el Flamingo”, sentencia con una dosis de humildad.

La cartelería más singular

Los carteles que anuncian parte de las especialidades del Flamingo —platos, pizzas o postres— son sobradamente conocidos entre los vecinos de Porto Cristo y los manacorins que veranean en la costa. Rótulos de cocineros, personajes de Disney, los hermanos Marx, pulpos o flamencos que recuerdan el nombre del local y que tanto pueden “venderte” sangría como una copa gigante de nata con fresas. Todos pintados con colores vivos, básicamente entrañables y miles de veces fotografiados por clientes y curiosos que bajan por la entrada del restaurante.

“Son un homenaje a mi padre, Pepe ‘El Bandido’. Es una persona muy conocida en Porto Cristo y que ya trabajó en el Tànit o en el Saboga antes de hacerse con el Flamingo en 1991 con otro socio. Los pinta él mismo. Están hechos sobre madera y de manera muy artesanal. Ahora son muy vintage, pero en la década de los 80 eran muy característicos de la zona de costa mallorquina. De hecho, él cogió la idea de locales y restaurantes de primera línea de mar como los de Cala Millor, Cales de Mallorca o sa Coma”, recuerda. “Puede que la gente piense que ya está desfasado, pero para nosotros es un legado cultural, un poco como un museo. Es cierto que ya se ha convertido en una publicidad y un reclamo”.

"Queremos que la gente de aquí se sienta cómoda para volver cuando quiera"

Jaime Cuadrench Berlinger

— Responsable del Flamingo

Sin prisas

“Siempre tenemos abierto del 1 de marzo hasta finales de octubre. Intentamos no variar los precios y, si algún año lo hacemos, procuramos que las subidas sean mínimas. Es lo que le decía, queremos que la gente de aquí se sienta cómoda para volver cuando quiera o para tomar una cerveza, un café o un pa amb oli en la terraza, sin la presión de tener que irse pronto por mucha gente que haya. Es nuestra filosofía, y como en todos estos años nos ha ido tan bien, ya no la queremos cambiar”. “Si la temporada no se tuerce, se presenta muy bien, aunque no creo que sea tan masiva como desde hace tres o cuatro años. Pienso que volveremos a la normalidad de antes de la pandemia después de la vorágine”. Preguntado sobre si la base de clientes locales le bastaría, Cuadrench dice que “podría vivir con la gente local, aunque el turismo es un buen complemento en verano. El cliente local es el motor, siempre ha sido así; por eso mismo hay que defenderlo. Además, es el más crítico si lo haces mal o te desvías del camino; son los que hacen las críticas más constructivas, porque son quienes se quedan”.

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