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Feliciano Fuster no dejó herederos

Feliciano Fuster no dejó herederos

Feliciano Fuster no dejó herederos / J. Frau

Matías Vallés

Matías Vallés

Feliciano Fuster, para los amigos ‘Felisiano’, es la intersección de Juan March Ordinas y de Felipe González. Entre las personas con las que me he relacionado, solo su capacidad de gestión superaba a su inteligencia. La fijación materna lo empujó a esa soledad que obliga a multiplicar las compañías, dentro de una vida de estudio con tintes monacales.

El ingeniero industrial Fuster, que siempre se definió como «carbonero», diseña en solitario el mapa energético español. Gozó de la confianza absoluta de La Moncloa y de Solchaga, hasta que llegó el revanchista Aznar. No fue ministro porque un sexagenario quedaba descartado para el cargo en la transición adolescente, necesita una biografía sin la que no se puede presumir de conocer una etapa fundamental de la historia de España.

Pese a su posat mallorquín, ‘Felisiano’ era un durísimo competidor en las tareas empresariales o deportivas que acometía. No sobresalía con una raqueta en la mano, pero obligaba a su rival a emplearse a fondo para derrotarlo al tenis. Llevaba el país y la energía en la cabeza, de ahí la sorpresa de que hubiera omitido el trámite sucesorio de un testamento elaborado con calma y precisión.

‘Felisiano’ apreciaba la rutina, incluido su compromiso gastronómico con las legumbres de un restaurante situado junto al Paseo Mallorca. Cuando se le detectó en estado avanzado la enfermedad que le derrotaría, a una edad más cercana de los noventa que de los ochenta, no había redactado el destino de los tesoros acumulados.

En la habitación del dolor, siempre a solas, Fuster improvisa por primera vez en su vida. Redacta un testamento ológrafo, con una caligrafía surgida de la repetición de los cuadernos Rubio. Reparte, distribuye, asigna, confirma una deuda con el Opus Dei inexplicable para quienes le admirábamos.

El caos del legado material del ingeniero, denunciado ahora en Santa Margalida, no solo define a los depredadores que hayan «vendido o subastado» el patrimonio ajeno y enajenado. Demuestra sobre todo que Feliciano Fuster no dejó herederos a su altura, ni materiales ni mucho menos inmateriales.

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