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Opinión

La corrupción es genética en Mallorca

Los mallorquines no quieren construir, quieren corromperse. El delito es el mayor aliciente de una corrupción que no es endémica sino genética, anudada en la doble hélice descubierta por el James Watson fallecido este mes. «Prevaricación urbanística» es la condena más suave imaginable para los últimos veinte años de la urbanización de es Guix, publicitada como «el nuevo pueblo de Escorca».

La Audiencia ya no persigue la corrupción, de ahí la sorpresa de su sentencia reconfortante. Este diario publicó en 2007, en solitario y en medio de un estruendoso silencio ambiental, la página web que promocionaba «una estructura urbana» en Lluc, con imágenes de colmenas dignas de Cala Llamp. Por una vez, y no habría más, el Consell de Progreso de Francina Armengol frenó la salvajada a un centenar de metros del templo sagrado.

Por tanto, los manejos delictivos ahora condenados en es Guix solo pretendían restituir la normalidad genética mallorquina, frente a la aberración del urbanismo ordenado. Cuando los propietarios de s’Estalella de Campos demandaron la protección de su finca, se anunció la construcción de una central eléctrica en dicha porción del litoral. Era el justo castigo a la provocación.

Es Guix no supone un hecho aislado. En el vecindario hubo «un nuevo pueblo de Valldemossa» a cargo de Rosa Estarás que por fortuna no fructificó, y un gigantesco «Petit Deià» que ha destruido para siempre la patria de Robert Graves. Los promotores de estas salvajadas fueron políticos ascendidos a continuación, por haber restaurado el compromiso mallorquín con la corrupción.

El alcalde de Escorca cuando aflora es Guix era Antonio Gómez, que se pronunciaba a favor del proyecto con más fervor que el consejero delegado de la inmobiliaria implicada. Este tesón le valió la vicepresidencia del Govern, cuando el PP todavía consolidaba mayorías absolutas. Y los periodistas aislados, que denunciaron es Guix como una afrenta a la tradición católica, descubrieron un día que el Obispado había convertido en hotel al propio monasterio. Ni los promotores y condenados del «nuevo Escorca» hubieran llegado tan lejos.

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