El calendario en Binissalem se mide de ‘vermada’ en ‘vermada’: crónica de una fiesta consagrada al 'raïm'
Cuando la última carroza se quema y los racimos se pisan por última vez, el pueblo da por cerrado un ciclo vital que volverá a renacer con las primeras uvas del año siguiente. Sa Vermada no es solo una fiesta: es identidad, orgullo y memoria compartida. Ayer Binissalem lo volvió a demostrar.

Sion Moyà y Llorenç Torrens / Silis Campins
En Binissalem el calendario no empieza en enero ni acaba en diciembre: se mide de Vermada a Vermada. Cuando la última carroza se quema y los racimos se pisan por última vez, el pueblo da por cerrado un ciclo vital que volverá a renacer con las primeras uvas del año siguiente. Sa Vermada no es solo una fiesta: es identidad, orgullo y memoria compartida.
Sion Moyà y Llorenç Torrens, tercera generación de los joves des Trui, lo saben bien. Han crecido con el traje de trepitajor, fideus de Vermar y guerras de raïm; han heredado el legado de sus padres y abuelos y lo han transformado en una celebración popular que hoy atrae a miles de visitantes sin perder su esencia. «El mayor peligro sería que la gente no entienda el legado —advierte Moyà—. Si quitas el espíritu de Binissalem, solo queda un plato de fideus que puedes hacer cualquier día».
Sa Vermada es hoy el gran emblema de Binissalem, pero no siempre fue así. «La fiesta grande del pueblo eran las de Sant Jaume», recuerda Llorenç Torrens. «Nuestros padres vivieron la transición hasta que Sa Vermada se convirtió en un acto más conocido que Sant Jaume».
Los precedentes se remontan a 1965, cuando el club de jóvenes Atlant organizó en Can Gelabert organizó una fiesta privada en Can Gelabert. Aquellos primeros actos eran «solemnes y de grupos reducidos para que no se perdiera las antiguas tradiciones de Binissalem», explica Sion. Poco a poco, la vendimia pasó de celebrarse en pequeños círculos a convertirse en un sello de identidad sin precedentes.
Sa Vermada empieza oficialmente a finales de agosto con la elección de los vermadores. «Lo hicimos coincidir con el concurso de fideus y hubo un poco de controversia, pero al final se complementó. Es el primer acto que marca la fiesta», explica Moyà.
Tradicionalmente, los vermadores se elegían entre la quinta que cumplía dieciséis años. Tras el parón de la covid, se amplió a los diecisiete y se añadió un vermador más: tres chicas, entre ellas la vermadora major y tres chicos. «Cuando fui ‘vermador’, había poca participación. Ese año se abrió la votación a todo el pueblo y no solo a los jóvenes hasta los veinticinco años. Representan la cara visible y deben cumplir con los actos institucionales.
El traje que se utiliza siempre son los mismos y pertenecen al Ayuntamiento», además, «cuando tienes dieciséis años no eres consciente, pero es un orgullo haber representado a Binissalem durante ese año», explica Sion.
Pero también hay críticas. «El año pasado se propuso que la elección de Vermadores y Vermadors se hiciera por sorteo y no por elección popular. «El pueblo tiene todo el derecho a elegir quién lo representa. Además, se prohibió decir los ‘malnoms’ de los representantes, cuando en Binissalem los ‘malnoms’ identifican a las familias, jóvenes y forman parte de nuestra identidad. A mí me conoces como Sion Capçana y a él como LLorenç Piti». «Hay gente que viene a vivir a Binissalem y no los tiene, pero eso no significa que los de aquí no los tengamos», afirma Llorenç. «Cuando hay cierta voluntad de imposición y de apropiarse de una tradición, no debería permitirse», reivindica Sion.
La guerra de ‘raïm’
Después del Txupinasso llega la ‘Guerra de Raïm’. «Los dos primeros años había una bandera con los colores de Binissalem y de los ‘trepitjadors’. La intención era ponerla en en el centro y que el primero que la cogiera se convirtiera en abanderado, al final bordaba su nombre en la bandera. Esta tradición se perdió hace quince años, pero este año la recuperamos», explica Llorenç. Y bromea Sion: «Esperemos que no la coja nadie que no sea binissalamer».

Llorenç Torrens, 'Piti' / DM
Cada año se utilizan unas doce toneladas de uva no apta para el consumo. «Después de la guerra vas a casa y tu madre no te deja entrar en la ducha: primero toca manguera en el corral, y luego te pones el traje de ‘trepitjador’», ríe Moyà. «Es que no se puede explicar ese momento, no hay palabra que lo describe», añade.
El día siguiente tiene lugar el concurso de trepitjadors. «Son grupos de cuatro: dos pisan la uva mientras los otros recogen el most. Es un acto más familiar y solemne».
La indumentaria es otro de los ejes de la fiesta. «Todo binissalamer nace con el traje tanto de ‘trepitjador’ como de ‘pagès’», comenta Torrens. «Aunque se tiene bastante claro el código de vestimenta, también hay controversia sobre todo en el traje de ‘pagesa’ hay más variaciones: el delantal, el rebusillo, así como en otros pueblos todos los trajes son idénticos, aquí buscamos un poco la comodidad porque día se camina muchísimo».
Moyà reivindica el papel del traje de trepitjador: «El ‘cassot’ era el traje oficial de Trepitjador y estaba hecho de tela de espato, luego evolucionó al traje blanco como lo conocemos ahora», «No es una fiesta de blanco. El ‘cassot’ es el traje identitario de Binissalem, el que nos distingue y se compone de dos piezas. Desde la asociación de Joves des Trui hemos decidido ponernos firmes: si quieres participar en la comida de los ‘trepitjadors’ tienes que llevar el traje oficial. Es una manera de mantener la tradición y preservar la identidad».
El ‘Txupinasso’
«El ‘Txupissasso’ es impresionante, creo que hay pocas cosas que puedan igualarse, es cuando se abre la puerta a las dos mejores semanas del año, solo de pensarlo se me pone la piel de gallina», afirma Llorenç. Con el tiempo se ha consolidado como uno de los actos más emotivos de Sa Vermada, pero no siempre fue como lo conocemos. «Jordi Músic salía vestido de Dionís. No era un inicio de fiestas, sino un manifiesto más eclesiástico, más solemne. Además tiene un carácter griego, espartano», recuerda Moyà.
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