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150 años del tren en Mallorca

El revisor jubilado, Sion Bennàssar: «Lo que más me gustaba de trabajar en el tren era el contacto con los pasajeros»

Sion Bennàssar entró en la compañía ferroviaria en 1979 y se jubiló en 2017. En su memoria custodia numerosas anécdotas de lo más agradables

Sion Bennàssar, interventor jubiado de SFM: “Han sido 39 años muy agradables trabajando en el tren”

Ana B. Muñoz

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Rosa Ferriol

Rosa Ferriol

Inca

¿Cuándo empezó a trabajar en los servicios ferroviarios?

El 13 de julio de 1979. Empecé como especialista de estaciones de trenes. A los 45 días me nombraron jefe de estación en sa Pobla. Fue inolvidable, de especialista a jefe de estación. En 1984, ascendí a interventor mientras que cuatro años después llegué a interventor principal, cargo que ocupé hasta mi jubilación en octubre de 2017. He ejercido teniendo a mi cargo a 32 revisores.

Debe custodiar momentos muy agradables...

Guardo muchos buenos momentos. He tenido experiencias buenas pero también he vivido momentos difíciles sobre todo aquellos relacionados con accidentes. Lo mejor del tren ha sido conocer a toda la gente que he conocido a lo largo de mi carrera. De la línea Palma-Inca he conocido mucha, mucha gente. Lo que más me gustaba era el contacto con los pasajeros. En aquellos tiempos, entraban y te contaban que su hija se había quedado embarazada. Te lo contaban todo. Ahora es diferente. El otro día subí al tren. Si había 46 viajeros, 42 miraban el móvil, dos dormían y otros dos sí hablaban entre ellos. Antes el viaje en tren era muy social. A veces te podías encontrar que un viajero no llevaba la cartera y le decías «no te preocupes, me pagarás mañana». Al día siguiente, lo primero que hacía era pagarme. Tengo tantas anécdotas que no sé por dónde empezar. Un día vino la selección rusa de baloncesto, había un jugador que medía 2,22 metros, se sentó y tuvimos que despejar los asientos porque no cabía nadie más. Iba a Inca a comprarse zapatos y como llevaba un intérprete les dije en qué fábricas podían ir. Guardo recuerdos muy agradables como por ejemplo acompañar a un niño a una estación. Era muy familiar.

Sion Bennàssar, en Son Rullán.

Sion Bennàssar, en Son Rullán. / Ana B. Muñoz

¿Y sus últimos años como revisor en el tren?

Era horrible y ahora está peor. Primero, ya no hay revisores, solo guardias jurados. En 2017 ya había una masificación. Había algún trayecto con tantos pasajeros que no podías pasar y tenías que cobrar el tique en el tren. ¡Ya me dirás! En mis últimos años no viví experiencias tan agradables como antaño porque la gente es más introvertida y ni siquiera te daba los buenos días. A mí lo que me gustaba era el contacto con la gente, la socialización con los pasajeros.

¿Qué le contagió su pasión por los trenes?

Mi padre trabajaba en el tren, era el jefe de talleres. Nos presentamos en la primera convocatoria en junio de 1979. Éramos 34 y entramos 16. Fuimos ocho días a Santander. Tenía 23 años y no había salido nunca de la isla, y menos solo. Luego ya me incorporé el 13 de julio. Quiero y he querido mucho al tren porque lo llevo en la sangre. He disfrutado tanto de trabajar que algún mes en vez de cobrar, hubiese pagado. Dicen que los sacerdotes y los médicos tienen vocación pero entre los ferroviarios también hay algunos que su trabajo es vocacional.

Sion Bennàssar, en Son Rullán.

Sion Bennàssar, en Son Rullán. / Ana B. Muñoz

¿Tenía ojo clínico para pillar a los que no querían pagar?

Puedo contar mil anécdotas. Había gente que no quería pagar pero cuando se sentaban ya sabía si era una buena persona o no. Era el ojo clínico que tenía para pillarlos. Si una persona te decía «me he olvidado la cartera», ya sabía que al día siguiente me traería el dinero y a veces ni se lo cobraba porque veía que era una persona honrada, eso sí, les decía que procurara no olvidarse el monedero.

¿Debía haber gente que se las ingeniaba para no pagar?

Había, pero me hacía gracia, sobre todo, las pillerías de los niños de los colegios de es Pont d’Inca y Santa Maria. Los estudiantes miraban si el revisor empezaba por detrás y ellos se ponían delante pero eran travesuras de niños. Me sabía mal los adultos que querían pasar por espabilados. Prefería que me dijeran hoy no te puedo pagar.

¿Tuvo enfrentamientos?

Dos juicios. Uno me rompió la máquina de los billetes, el juez le puso una multa de cinco euros diarios durante un mes. Le dije al juez que no lo multara, que lo perdonaba si prometía no volverlo a hacer.

¿Cuáles fueron los peores años del tren?

Los años 80 fueron los peores tiempos del tren porque estaban a punto de cerrar pero tuvimos a un gerente Tomàs Morey que quería el tren y lo logró propulsar.

Un deseo para este 150 aniversario...

Lo vivo con mucha ilusión. Mi mayor deseo sería ver que inaugurasen el tren hacia el aeropuerto.

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