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Lletra menuda: Una constante agresión anónima

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Llorenç Riera

Llorenç Riera

Resulta enrevesado adivinar qué motivación, si es que existe, lleva a una persona a ampararse en el anonimato y cebarse con pintura contra monumentos y edificios. ¿Inconformismo? ¿Malestar consigo mismo y los demás? ¿Qué pretende con ello?

Si conociéramos la respuesta a alguno de estos interrogantes podríamos estar en un punto de partida adecuado para evitar las pintadas. Eso, aparte de la vigilancia, de luchar directamente contra ellas, dar por sentado que falta civismo elemental y ahora, fruto de la impotencia y según el Ayuntamiento de Pollença, recabar la colaboración vecinal. Pintada hecha, pintada borrada, ha venido reclamando ARCA, a lo que habría que añadir, pintada vista, pintada y autor denunciado.

Los grafitis que embadurnas propiedades privadas y monumentos públicos se han convertido en una plaga de compleja erradicación que ya castiga sin causa ni motivo a ciudades, pueblos y espacios naturales de toda Mallorca.

Está claro que con un mínimo de respecto por lo ajeno o colectivo ninguna pared o estatua, el monumento de Joan Mas, la Font del Gall o la Torre Desbrull de Pollença, que son los casos más recientes y escandalosos, hubiera sufrido agresión alguna.

La degradación no puede continuar. Una vez que el turismo de grafitis se ha colado en la masificación habrá que asociarlo al vandalismo de quienes no se identifican con el patrimonio del lugar en el que residen y emprender acciones transversales para contrarrestarlo.

A prescindir del spray y la brocha se aprende en la familia, la escuela y la sociedad. Por eso no está de más la demanda de ayuda ciudadana hecha en Pollença. Si hay oportunidad de ella y no se da se podría caer en el grafitismo por omisión o pasividad.

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