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Desconexión de las grandes decisiones

La contestación, tanto social como incluso institucional, que reciben en los últimos tiempos prácticamente todos los proyectos de expansión de infraestructuras públicas constituyen una de las expresiones más elocuentes del agotamiento de recursos territoriales que padece Mallorca. Ya no hay posibilidad de dar un paso adelante sin que deje huella dañina. Frente a ello, la estabilidad y la regeneración no se vislumbran aún como alternativas suficientes para el equilibrio y la corrección de excesos acumulados. Las energías alternativas o la congelación de plazas turísticas, en sentido práctico, apenas superan el valor de las buenas intenciones.

Prueba de ello es lo que está ocurriendo en Alcúdia. Para evitar sobresaltos con el suministro eléctrico, Mallorca necesita una segunda conexión con la península. El cable tiene que entrar a la isla por algún sitio. Nadie se muestra hospitalario con su recepción. La Comisión Balear de Medio Ambiente propuso en abril pasado el umbral de la bahía de Palma, pero el Plan de Transportes de la Red de Energía Eléctrica parece haberse fijado de forma preferente en la puerta trasera de La Victòria. Con serenidad y contundencia, la alcaldesa de Alcúdia, Bàrbara Rebassa, dice que ni hablar, que permanecerán vigilantes para evitar que estropeen «nuestra joya natural». Habla así porque tiene el respaldo unánime de toda la corporación municipal.

Pero el Consejo de Ministros no atiende ni repara en los valores naturales de municipios isleños, por muy significativos que sean. Volvemos a estar otra vez enfrascados en la lucha de David contra Goliat y desconectados de las grandes decisiones de Estado que afectan a Balears. La polémica y la pugna permanecerán hasta que alguien, en Madrid, se percate de la conveniencia de hablar con los lugareños.

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