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Lletra menuda | El impacto de la permisividad

Distintos intereses y circunstancias propicias van a desembocar en los próximos meses en una mayor proliferación de parques fotovoltaicos en el campo mallorquín. Fora vila cede terreno a la producción de energía más limpia al precio de dejarse ensuciar ella misma. Ocurrirá así porque la Administración destensa las exigencias, porque el gas, y en consecuencia la combustión, dispara precios y también, por supuesto, porque el castigo infringido al clima exige más que aconseja modificar las formas productivas de energía.

Pero si no se va con tacto y se tiene una visión más sensible y global este cambio de generación eléctrica dejará demasiadas secuelas en una Mallorca vapuleada en sus consumos de territorio limitado. Por mucho que diga lo contrario, la administración autonómica no parece disponer de esta sensibilidad necesaria. Si la tuviera no jugaría a ejercer de Poncio Pilatos ni ensayaría la anárquica práctica de echar balones fuera.

La dirección general de Agricultura baja el listón. Cuando le pidan informes relativos a un proyecto de parque solar en terrenos rústicos inferiores a cuatro hectáreas mirará a otro lado. No solo eso, se muestra más complaciente para informar favorablemente si superficies superiores tienen valor agrario bajo, puede compensarse con otra apta para cultivos o afectan a explotaciones ganaderas de tecnología compatible con la extensión de placas solares. Con estos pasos atrás de un departamento de Agricultura mutado en conveniencias y oportunidades de generación energética, la Comisión Balear de Medio Ambiente adquiere mayor peso para inclinar la balanza hacia un lado o hacia otro a la hora de decidir dónde y cómo puede quedar un parque solar invasivo de fora vila.

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