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Un año después del incendio | S’Albufera recupera su ritmo vital

El parque natural ha superado el fuego que hace un año arrasó casi 500 hectáreas, pero va perdiendo la batalla contra la salinización

Un año después del incendio | S'Albufera recupera su ritmo vital M. Mielniezuk

Hace exactamente un año, el parque natural de s’Albufera se consumía bajo las llamas. El 26 de septiembre de 2020, un día de fuerte viento, se inició el voraz incendio presuntamente provocado que mantuvo en vilo a la sociedad mallorquina hasta su extinción, casi 48 horas después, después de haber arrasado casi 500 hectáreas del humedal más grande de Baleares y afectado a varias propiedades en el extremo sur del parque. Una cuarta parte del cañizo quedó carbonizado en uno de los mayores incendios que se recuerdan en el valioso espacio natural del norte de Mallorca.

Hoy, 365 días después, el parque natural ha superado el desastre y apenas quedan evidencias visibles del incendio. La naturaleza ha vuelto a colonizar el espacio quemado y el color verde domina de nuevo el paisaje. «En líneas generales se ha recuperado bien, ha seguido el proceso que preveíamos», explica Maties Rebassa, director de s’Albufera. El cañizo, planta característica del humedal, volvió a brotar a las pocas semanas porque «tiene agua, sol y nutrientes» y además el incendio afectó principalmente a la zona del humedal donde el agua es más dulce, favoreciendo el crecimiento de las nuevas cañas sobre las cenizas de las anteriores.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. A simple vista no queda rastro del incendio en el cañizo de s’Albufera, pero las aves que dependen en exclusiva de este ecosistema para sobrevivir todavía arrastran «el golpe» del fuego, según explica Rebassa. Aún falta tiempo para que estas especies que aportan riqueza y diversidad al parque natural vuelvan a colonizar las grandes extensiones de cañizo en las mismas condiciones que antes del incendio.

Una de las aves que resultaron más afectadas por la desaparición de gran parte del cañizo de s’Albufera es la arpella (aguilucho lagunero), que perdió todos los nidos en el área quemada y «ha tenido que buscar zonas alternativas para criar», apunta el director del parque. Otra de las especies más valiosas de s’Albufera es el Hortolà de canyet, un ave que se encuentra en peligro de extinción y que, como indica su nombre, depende del cañizo. «Ha desaparecido de la zona afectada por el fuego, pero ha empezado a colonizar las zonas de transición», indica Rebassa, una tendencia que invita al optimismo. La boscarla mostatxuda, otra ave característica de esta zona de s’Albufera, «ha reducido su población» en el parque natural.

En el extremo sur de s’Albufera la lengua de fuego alcanzó a varias casas y huertos del Camí de s’Amarador. Una vivienda deshabitada fue pasto de las llamas y año después sigue prácticamente en ruinas, aunque la vegetación que la rodea ha recuperado vigor. También se aprecia actividad humana, lo que los vecinos atribuyen a la presencia de «okupas».

Los residentes que hace un año veían con angustia la proximidad de las llamas han trabajado para recuperar los destrozos, sembrando nuevos árboles. El paisaje carbonizado se ha transformado en un entorno vivo en el que las cañas vuelven a dominar el horizonte. Solo algunos árboles muertos evidencian los estragos del fuego descontrolado.

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Salinización imparable

El fuego se extinguió hace un año, pero el problema más grave de s’Albufera no ha desaparecido. Y lo más preocupante es que avanza día a día. Es la salinización del agua, el proceso que empuja lentamente al parque natural hacia su transformación en un salobral.

Grandes extensiones del humedal como la dels Colombars (más próxima a la central de Es Murterar) en las que las cañas crecían con fuerza hace unos años, ahora son colonizadas por salicornia y cada vez son más visitadas por aves asociadas a las aguas saladas como el flamenco, mientras que las especies más valiosas del parque reducen su presencia. Es un futuro que los responsables del parque no quieren para s’Albufera, pero es un proceso «imparable», lamenta Rebassa. «El agua salina ya no solo entra desde el mar, hay surgencias interiores que ya son saladas», apunta. El cambio climático acelera el proceso. Al lado de esto, los incendios son un mal menor.

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