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Lletra menuda | Temporal natural, calma administrativa

Los comportamientos abruptos y exagerados de la naturaleza siempre dejan huella personal y colectiva. Por lo general, lo hacen en sentido negativo, pero la condición del recuerdo que se consolida depende en gran medida de la gestión posterior que se haga de la desgracia sobrevenida. Habrá que pensar en establecer unos protocolos de actuación, término ahora en boga, para estos casos, porque los incidentes son cada vez más frecuentes y se decantan por la virulencia. Hace un año que un cap de fibló se cebó con los pinares de la Serra y causó destrozos añadidos en viviendas de Banyalbufar, Esporles y Valldemossa. Unas 700 hectáreas de terreno y los vecinos, claro, siguen pagando las consecuencias del monumental enfado de la naturaleza. Todavía con la cicatriz del susto en el cuerpo, los afectados dicen mantener una sensación agridulce.

Se consideran bien tratados por las administraciones insular y local y desamparados por la estatal, precisamente la que podría poner mayor remedio a la reparación de los daños sobrevenidos en pocos minutos.

A lo largo del año transcurrido desde el cap de fibló, el alcalde de Banyalbufar, Mateu Ferrà, ha sido una de las principales voces, y con mejor argumento, de la indignación que se siente ante la callada por respuesta, por parte del Gobierno, a la petición de declaración de zona catastrófica. Los daños son evidentes en la Serra, están a la vista de todos.

¿Madrid solo considera catástrofe la pérdida directa de vidas humanas o es que ha incorporado los grandes vendavales al catálogo de olvidos, por lo que respecta a Balears?

De momento, con la mejor voluntad, solo sabemos que el temporal natural se corresponde con la calma, que no bonanza, administrativa.

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