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Es Caló d’es Moro: La locura del efecto llamada

El Ayuntamiento, a la espera de la autorización del Consell para hacer de pago el aparcamiento de Cala Llombards

Colas para acceder a Caló d'es Moro Manu Mielniezuk

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Colas para acceder a Caló d'es Moro Rosa Ferriol

La imagen de es Caló d’es Moro que recibe a los visitantes en Son Sant Joan, la misma que utiliza el Govern para promocionar la isla, sumado al «postureo» de las redes sociales y su consecuente efecto llamada da como resultado la locura que consienten vivir los bañistas para lograr su instantánea en el caló más famoso de la isla o su selfie entre aguas cristalinas. Así lo cuentan sus vecinos. Y es que queda demostrado que casi es más importante el móvil para capturar la imagen y compartirla en redes que nadar en sus aguas. De hecho, tras dos y tres horas de cola, la primera acción antes de descender a la cala es hacer el pertinente «posado» para inmortalizar la hazaña. Y digo hazaña porque no tiene otro nombre.

Muchos, la mayoría, hacen una hora de coche para llegar a Santanyí ya que proceden de distintos puntos de la isla. Ya en la rotonda de es Llombards una barrera y un cartel avisan que el aforo de es Caló d’es Moro está limitado. Caso omiso. Siguen. Aparcan en el parking de la entrada de Cala Llombards con una capacidad de entre 250 y 300 coches. Allí se encuentran con un agente y un vigilante de seguridad que informan que para acceder al Caló d’es Moro o Cala s’Almunia hay un tramo de veinte minutos andado [de mayo a octubre es ACIRE] y una vez allí se toparán con otro control de seguridad que va dejando acceder al caló en función del aforo. Salen tres, entran tres. «La mayoría lo quieren comprobar con sus propios ojos. Lo ven y luego regresan», explica el vigilante José Chaparro encargado de informar cuando los visitantes salen del aparcamiento del tiempo de espera para bajar a la cala. «Normalmente nos piden una alternativa y se van a Cala Llombards».

De hecho, la instantánea del tórrido recorrido desde el aparcamiento al deseado litoral habla por sí sola: gente que viene y va ataviada con toallas en la cabeza o en la espalda para protegerse del sol. Eso sí, todos móvil en mano. Una vez allí, te encuentras a visitantes como Miriam Moreno de Murcia. Está alojada en s’Illot pero conocía es Caló d’es Moro y quería volver a visitarlo. «No hay comparación de la última vez. Está repleto de gente. A las 10 de la mañana ya había dos horas de cola. Es de las mejores calas de Mallorca pero hemos dado la vuelta y hemos ido a Cala s’Almunia». De hecho, venían advertidas confiesa su colega Victoria Pérez. «Nos habían dicho que había horas de cola, que no viniésemos pero hemos hecho de aventureras. No hemos esperado. Cala s’Almunia es maravillosa», asegura. Y si uno saca el tema de las redes sociales los propios usuarios tienen claro el daño que pueden llegar a hacer. «Hay sitios como estos que son tesoros naturales que no se deberían subir a las redes sociales porque solo fomentan un turismo invasivo que no respeta el entorno», sentencia Pérez.

Paula Moreno, también es de Murcia pero pertenece a otro grupo de amigas que sí ha aguantado bajo un sol abrasador dos horas de cola para bañarse en las aguas des Caló d’es Moro. «Es espectacular. Hemos hecho dos horas de cola y vale la pena», sentencia tras dar un salto de alegría cuando el vigilante que controla el aforo les ha dado permiso para poder bajar a la cala.

La otra cara de la moneda la encontramos entre los propios vecinos de este tesoro natural. Algunos se marchan a las playas de ses Salines a primera hora de la mañana para «desconectar» de esta locura. Y eso que están a metros de las aguas de Cala s’Almunia. Tienen el edén en sus manos y huyen. Incluso prefieren un safareig. Es el caso de Coloma Mas. «Era un paraíso». Sus padres construyeron la casa en 1967. Las vistas de su terraza a Cala s’Almunia son espectaculares. Y si tiene abiertas las puertas, la brisa es sensacional pero debe cerrar a cal y canto. ¿El motivo? «Todo el día viene gente a pedir», lamenta Mas, muy crítica con el incivismo. «Son las doce y ha he tenido que barrer dos veces. Además, nadie lleva mascarilla ni guarda las distancias de seguridad y el virus aún sigue vigente», lamenta. De hecho, algunos vecinos denuncian que les roban sombrillas y sillas de sus propias terrazas. «Una locura» es la palabra más repetida para describir su día a día. Guillem Amengual tiene como costumbre pasear su perro por esta zona. «Hace cuatro años estábamos solos», advierte este vecino de Cala Llombards que contempla atónito la gente que aguarda dos horas para bajar a es caló. «La foto en el aeropuerto ha sido el efecto llamada y la imagen que ha utilizado el Govern ha contribuido a que pase esto. Tiene mala solución. El aparcamiento debería ser de pago», explica a modo de resumen.

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Es Caló d'es Moró Manu Mielniezuk

Andreu Cladera es uno de los vigilantes de la Fundació Amics d’es Caló d’es Moro. «Es una locura esperar una cola de tres y cuatro horas para acceder al mar cuando se tiene otra cala a dos minutos. Menos mal del servicio de vigilancia que controla el aforo porque antes de tenerlo, había hasta 300 personas», describe. Su trabajo consiste en vigilar. «La gente no respeta nada. Hace dos semanas tuvimos que parar dos fuegos provocados por colillas», advierte Cladera, que tiene claro el daño que han hecho las redes sociales. «Lo han destruido». A las nueve de la mañana ya hay 150 personas cuando el aforo es de unas cien personas, avisa. Cuando a las diez llegan los vigilantes, hacen salir a gente.

El jefe de la Policía Local de Santanyí, Tomeu Vidal, explica que tras la experiencia del verano de 2020, en enero se pusieron a trabajar en la contratación de seguridad privada, una opción que necesita autorización previa de Delegación de Gobierno. Con las restricciones de la covid, han encontrado una vía para poder controlar el aforo. Sin restricciones, será una incógnita. El Ayuntamiento está maniatado para poder actuar. De momento, Vidal confiesa que los cuatro vigilantes les alivian la carga de trabajo. «Es un servicio dinámico. Se mueven en función de las necesidades». Los puntos de control son es Caló des Moro, Cala s’Almunia, Cala Llombards y un punto informativo a la altura del aparcamiento en la entrada de Cala Llombards, un aparcamiento que ha permitido aliviar la saturación de coches que vivían las calles de este núcleo santanyiner. De hecho, antes del aparcamiento en 2017 se pusieron 1.300 denuncias, recuerda Vidal. Ante las críticas de que el aparcamiento es demasiado grande, el agente es sincero: «Es la solución menos mala para no molestar más a los vecinos». Y es que antes, los coches del aparcamiento se repartían por las calles de Cala Llombards. El objetivo es que sea de pago, advierte la alcaldesa Maria Pons pero están pendientes de la autorización pertinente del Consell de Mallorca.

¿La solución a esta saturación? «Que no se publicite es Caló d’es Moro», responde sincera la primera edil. «Que se olviden des Caló d’es Moro», pero sabe que es una misión imposible, por ello, reclama la ayuda a instituciones supramunicipales. «El Ayuntamiento solo invierte dinero». El aparcamiento costó 150.000 euros, el servicio de vigilancia otros 60.000 euros, más los agentes de la Policía y el servicio de limpieza. Sin tener ningún ingreso. «La solución debe llegar entre todas las administraciones. Nos tenemos que sentar y dar con una solución», reclama. De momento, y antes de que llegue dicha solución, la realidad es que «a las ocho de la mañana ya hay visitantes que van al caló para hacerse una foto», cuenta Vidal. El poder de las redes. Y combatir este efecto llamada tiene difícil solución.

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