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La residencia de Santa Maria, un lugar que cambia vidas

Marisa Ramis entró hace dos años en el centro de mayores Cas Metge Rei, débil y pesando 38 kg después de sufrir un traumatismo craneal, pero «hoy soy la más activa de aquí, un terremoto»

Marisa Ramis, la ‘santamariera’ a la que la residencia le ha cambiado la vida. | M. CRESPÍ

Marisa Ramis, la ‘santamariera’ a la que la residencia le ha cambiado la vida. | M. CRESPÍ

«Aquí me han ayudado mucho. Entré que no me aguantaba, entubada y pesando 38 kg. Estaba muy débil, apenas podía levantarme, pero ahora soy la más dinámica». Con esta frase, Marisa Ramis, natural de Santa Maria, ejemplifica el cambio radical que ha supuesto para ella la entrada hace casi dos años en la residencia de ancianos Cas Metge Rei de este municipio de es Raiguer. «Para ella, la residencia ha sido la salvación», sentencia el gerente del centro, Pere Seguí.

Marisa se crió en una familia de nueve hermanos y, a través de su carrera de piano, se dedicó toda su vida a la docencia. Pasó por los colegios de Madre Alberta, La Salle o Santo Tomás de Inca como profesora de música, educación física y psicomotricidad con los más pequeños. Al finalizar la jornada laboral daba clases de gimnasia rítmica y de bailes regionales, entre otras actividades. «Estaba todo el día enseñando, soy muy activa, activísima», relata. Sin embargo, en los años 90 una caída en el centro escolar de Inca le provocó la rotura de un pie que le impidió seguir dando clases. «Esto me hizo entrar en una depresión horrorosa, ya que el trabajo era mi vida. Estuve un tiempo muy mal y ahí empecé a tener problemas con el alcohol», explica la mujer.

Una espiral de «desgracias»

Poco a poco consiguió alejarse de la bebida, pero desde hace unos cuatro años su vida empezó a cambiar por completo. Recayó en el alcohol, y estando ingresada en el hospital se le diagnosticó una obstrucción intestinal, una enfermedad gravedad que bloquea parcial o totalmente los intestinos. «Me debilitó mucho. Estuve cerca de un año entre hospitales tratándome, comiendo únicamente puré, no podía ingerir nada más. La bebida era lo único que calmaba mis nervios, y se me juntó con una depresión, la enfermedad de la barriga y con que vivía sola, fueron una serie de desgracias», cuenta Marisa.

Por si fuera poco, hace tres años en una boda sufrió una caída que le provocó un traumatismo craneal grave. «Los médicos decían que no podría volver a hablar, y que si sobrevivía era mejor que muriera, por la calidad de vida que tendría. Durante unas semanas estuve consciente pero sin poder abrir los ojos, y los médicos explicaban que tenía el cerebro muerto, con el cráneo prácticamente roto», relata.

La residencia, la salvación

Lentamente, «mi cráneo se iba recolocando». Marisa Ramis entró en la residencia de Cas Metge Rei en septiembre de 2019, en silla de ruedas, entubada y pesando solamente 38 kg. Desde su experiencia con la docencia de psicomotricidad fue haciendo pequeños ejercicios para ejercitar su cerebro y volver a aprender a coordinarse. «Me contaba los dedos una y otra vez, simulaba que tocaba el piano, colocaba y recolocaba fichas de dominó de infinitas maneras, aunque apenas podía ver a causa de las secuelas del traumatismo, y también intentaba dibujar, aunque casi no distinguía los colores», recuerda.

Con el paso de las semanas fue ganando peso, y en una resonancia posterior el médico «alucinó, decía que era casi milagroso que estuviera así después del traumatismo que había tenido». Marisa se convirtió progresivamente en una de las internas de la residencia más activas y dinámicas. «He hecho un cambio espectacular. Hago gimnasia en la residencia, y después voy a hacerla en el centro de día del pueblo, prácticamente me he autoimpuesto ser la encargada de limpiar el patio... siempre encuentro cosas que hacer», explica entre risas. La enfermedad intestinal, los problemas con la bebida, la depresión y el traumatismo para ella ya son hechos que forman parte del pasado. «No pensaba nunca encontrar un ambiente tan familiar como el que hay en esta residencia, aquí soy feliz», subraya.

«Lo más bonito de este proceso es que ha sido una mujer encantadora, se ha adaptado muy bien a la residencia, se lo ha tomado como su casa. Pero cuando llegó, todo esto no lo podía hacer, ya que apenas podía caminar y estaba muy débil. En cambio, ahora siempre quiere estar activa, está muy animada con todas las actividades», destaca el gerente del centro, Pere Seguí. «Creo que es una manera de animar a la gente a entrar en las residencias, entender que no son asilos entendidos a la manera antigua», finaliza.

Cas Metge Rei, una residencia que está libre de coronavirus

El centro para personas mayores de Santa Maria, a parte de cambiar la vida de Marisa Ramis por completo, es una residencia que se ha mantenido libre de la presencia del coronavirus desde el inicio de la pandemia. En marzo este diario explicaba que tanto este centro como el de Santo Domingo en Pollença, habían conseguido vacunar con las dos dosis a todos los residentes sin notificar ningún caso positivo. «Los residentes tienen un poder de adaptación enorme, y quitando dos o tres casos, lo llevan mucho mejor de lo que podría llegar a pensar», declaró Seguí. En el caso de este centro, sí hubo trabajadores que se contagiaron, pero los protocolos funcionaron y el virus no penetró en la residencia. «Sin que ningún usuario estuviera infectado, por el positivo de un trabajador estuvieron los 40 residentes confinados durante diez días, hemos extremado las medidas», declaró el gerente del centro. Este hecho, el no tener ningún contagiado, fue celebrado con una coreografía de la canción ‘Color esperanza’, de Diego Torres.

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