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Un empresario alemán compra la mítica discoteca Dhraa por 245.000 euros

La sociedad May Holding Baleares S.L., vinculada a la promoción inmobiliaria y a la hostelería, adquiere el complejo de casi 9.000 metros cuadrados para desarrollar un proyecto relacionado con la restauración y los conciertos en directo

Imagen reciente del patio interior de la discoteca Dhraa, degradada por el paso del tiempo.

Imagen reciente del patio interior de la discoteca Dhraa, degradada por el paso del tiempo.

La discoteca Dhraa, famosa entre mediados de los ochenta y principios de los noventa por sus fiestas temáticas al aire libre y los conciertos veraniegos de artistas internacionales, ha sido finalmente vendida a un empresario alemán por 245.000 euros. Una operación que se ha cerrado este verano y que hará que el complejo, que también incluye el restaurante Sol Naixent, cobre una nueva vida tras más de dos décadas en desuso.

Hacía años que su icónica silueta languidecía en medio de la carretera que va de Porto Cristo a Cala Millor, víctima de un esplendor apoteósico y de una caída no menos sonada. Una idea futurista nacida en 1986 de la mente de una serie de inversores locales, que contó para su diseño con los planos del afamado arquitecto madrileño José Ángel Suárez, y las aportaciones visionarias de artistas de referencia como Javier Mariscal, Miquel Barceló o Guillermo Pérez Villalta, quien diseñó un laberinto (hoy inexistente) acabado en una torre en espiral.

«Para nosotros ya no tenía futuro, porque ninguno de nuestros hijos estaba interesado en un negocio así, por eso hemos decidido vender», explica Pere Pascual, quien junto a su hermana Joana, eran los propietarios hasta ahora de Dhraa. «Desde que cerró lo habíamos ido manteniendo, sobre todo porque teníamos un vínculo sentimental, pero había llegado un punto en que se estaba degradando muy deprisa y había que hacer algo».

Ahora, los casi 9.000 metros cuadrados de Dhraa pasan a manos de la sociedad May Holding Baleares SL, cuyo responsable es Markus Wolfgang Breisch, un empresario germano residente en Porto Cristo, vinculado al negocio de las butacas para cines y auditorios, pero cuya sociedad figura asociada a la construcción y promoción inmobiliaria, y negocios de restauración y hostelería.

Según ha podido saber este periódico, Breisch no tiene la intención de reabrir Dhraa como una discoteca al uso ni con el concepto que la hizo famosa como ‘sucursal’ mallorquina de la movida madrileña de los ochenta, sino que el nuevo proyecto iría en principio más encaminado hacia la restauración y los conciertos en directo, aprovechando el gran patio central y la galería circundante que ocupa el primer piso.

Tampoco es posible, salvo un cambio en la normativa urbanística de Manacor, demoler lo ya existente y transformarlo en apartamentos o equipamiento turístico, dado también su carácter rústico. El conjunto dispone en la actualidad con los permisos de piscina, bar, restaurante, sala de fiestas y sala de exposiciones. Además de una zona de aparcamiento de 3.500 metros cuadrados con capacidad para unos 120 coches.

Nacida de la voluntad de romper con el diseño clásico de los típicos espacios de baile Dhraa fue mucho más que una discoteca al uso. Tanto que no pudo asimilar el éxito. Como una exposición de arte contemporáneo (en principio el propio arquitecto del complejo creía que el Dhraa funcionaría unos años y luego se transformaría en una gran galería), cada rincón quiso ser único y distinto, combinación de la perdurabilidad de gradas, balcones, piscinas, torres o laberintos, y la transitoriedad de la música, las fiestas y la gente que iría pasando por un espacio que nunca dejó indiferente.

De hecho su primer cartel promocional ya remarcaba que se trataba de un Centro Cultural, compuesto incluso hasta por una escuela de surf. Aún hoy su silueta no pasa desapercibida para el conductor ocasional.

Tomeu Penya residió en una cabaña en los años 60 y 70

Los terrenos donde después se construiría la famosa discoteca fueron comprados en 1967 por el padre de Pedro Pascual, quien construyó una pequeña cabaña que, con los años, sería alquilada a Tomeu Penya, por entonces un joven vilafranquer con aspiraciones de ser cantautor y poder ganarse la vida con la proyección turística de la zona. Después, toda la zona se transformó para albergar la macrodiscoteca que se caracterizó por sus momentos puntuales de fastuosidad hasta que se diluyó como hielo al sol.

Una ciudad de la noche que cambió el esquema clásico de las salas cerradas

A finales de 1984, en los terrenos propiedad de Andreu Pascual, se alzaba el restaurante Sol Naciente, los vestigios de una plaza de toros y una casa discreta. Nada que hiciera presagiar la transformación que en cuestión de meses iba a suceder.

Fue un joven empresario de 33 años vinculado a una serie de negocios en la zona, Romeo Sala, quien en todo aquello vio algo más. Hacía dos años que buscaba el lugar apropiado para una macrodiscoteca al aire libre, una ciudad de noche que cambiara el esquema clásico y cerrado. La presencia ya de un restaurante le podía dar pie a la obtención de una licencia en rústico, así que contactó con dos socios más y presupuestó su idea en 250 millones de pesetas. Eso y la consecución del interés general como espacio cultural, hicieron el resto. Todo fue posible a Dhraa. Sus años dorados abarcaron desde su inauguración, en 1986, hasta el verano de 1989.


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