Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Una historia de viento y cerveza

«Queremos tratar de acercar la cultura de la cerveza a Manacor y a la comarca. ‘Educar’ de una manera muy cercana y apostar por un consumo responsable», confiesan Miquel Gelabert y Neus Llopis

El antiguo molino en el barrio de sa Torre se transformará en una pequeña cervecera artesanal.

El antiguo molino en el barrio de sa Torre se transformará en una pequeña cervecera artesanal.

Como la energía, podría decirse que la artesanía ni se crea ni se destruye sino que se transforma, aunque sea en otras manos y otros sectores. Pero mientras exista la ilusión por hacer las cosas desde cero y con bases tradicionales, habrá que convencerse de que es posible. Algo así pensaron Miquel Gelabert (Manacor, 1990) y Neus Llopis (Gavarda, 1991) cuando, casi por casualidad, se toparon de bruces con un cartel de ‘se vende’ colgado de la fachada de un antiguo molino harinero del siglo XVIII, ahora en uno de los barrios más populares de Manacor. «Recuerdo que era finales de diciembre de 2017 cuando finalmente nos decidimos después de pensarlo mucho. En principio no veíamos cómo podría encajar en el proyecto; buscábamos sitios diáfanos como antiguos talleres o quizá algo nuevo con más de 100 metros cuadrados para poder montar toda la maquinaria necesaria para hacer cerveza, con una terraza y espacio para nuestro propio brewpub», explica Gelabert. Tres años de papeles y obras después, Brusca (que así se llamará la marca y el pub) abrirá este verano sus puertas.

El concepto brewpub, mucho más conocido en territorios británicos y que vendría a ser todo aquel local que sirve cerveza elaborada en el propio establecimiento mediante una pequeña fábrica a la vista de los clientes, aún no tiene excesivo predicamento en Mallorca, donde se cuentan prácticamente con los dedos de una mano. Así que el círculo de búsqueda inicial, que se alargó varios meses, volvió a confluir en el molí den Picornell que, tras los trabajos de rehabilitación y restauración, ha acabado encajando como un guante en el nuevo desafío: con un patio amplio que servirá de terraza para la clientela, un salón bajo una bóveda de medio punto que llama a la tranquilidad o una microcervecera visible a través de una cristalera y desde donde saldrán hasta un mínimo de ocho cervezas diferentes (que cambiarán cada cierto tiempo) para llegar directamente a los tiradores de la barra, desde donde además de líquido espumoso también se podrá servir comida «sencilla pero de calidad».

El antiguo molino en el barrio de sa Torre se transformará en una pequeña cervecera artesanal.

Un plan de negocio en pareja «nacido de nuestros ahorros y financiado a través de una hipoteca», que tendrá otra vida distinta a la esperada cuando paró de moler hace muchas décadas. Pero para poder entenderlo todo con mayor claridad hay que volver a mirar por el retrovisor. «La idea del proyecto surgió después de realizar un máster en Tarragona y una estancia en la cervecera Anarchy Brew Co de Newcastle (Gran Bretaña)», subraya Neus, quien estudió Biotecnología, Microbiología avanzada y Bebidas fermentadas especializándose en ciencia y tecnología cervecera. Precisamente en la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona fue donde conoció a Miquel, biotecnólogo que después se decantó más por la Enología, el mundo del vino y su fermentación.

El interior, en plena reforma.

El plan, pues, es que Brusca sea un proyecto vivo cuyas cervezas, de diferentes estilos desde rubias hasta negras o rojas puedan degustarse en el local, pero también venderse al pormenor mediante botellas retornables «para no generar residuos» y que tal vez «también podrían encontrarse en determinados restaurantes, pero no en grandes superficies». «Lo que queremos conseguir es que la gente pueda venir a disfrutar de cerveza recién fabricada, fresca, sin manipular ni pasar por cambios de temperatura que pudieran venir dados con el transporte», especifica Llopis. Un kilómetro cero que permitirá controlar el proceso y, a su vez, «poder experimentar para crear diferentes sabores y aromas, gas o graduación, para que sea un proceso vivo». Lo que, con todo, no excluirá alternativas para aquellas personas que quieran una cerveza sin alcohol u otras alternativas en forma de vinos o bebidas comerciales.

La producción

En cuanto a la previsión de litros, los responsables de Brusca apuntan a que será la aceptación y la demanda lo que marcará la producción. «Estamos preparados para entre ocho y cuatro cocciones cada mes, dependerá, una o dos por semana», teniendo en cuenta que los equipos pueden admitir cocciones de hasta 600 litros de cerveza cada vez. Un cuidado que paralelamente afectará a la materia prima: «el agua pasará por distintos tratamientos para poder adaptarla al estilo de cada cerveza».

Miquel Gelabert y Neus Llopis, con sus creaciones cerveceras.

Por lo que respecta al lúpulo, parte esencial en toda cerveza, se trabajará con productores sobre todo internacionales, «porque aunque en España se cultiva, no hay suficiente cantidad y variedad. Pero sí que es interesante apoyar y fomentar proyectos que quieran cultivar estas materias primas en Mallorca». Lo que sí que es casi imposible por su complejidad en la producción e inexistencia es el uso de malta local, la malta son cereales preparados previamente para poder elaborar cerveza. «Queremos tratar de acercar la cultura de la cerveza a Manacor y a la comarca, ‘educar’ de una manera muy cercana y apostar por un consumo responsable».

La historia del Molí de sa Torre

Conocido en distintas fases de su historia como Molí de sa Torre (el barrio donde se encuentra), Molí den Fiol, de la Miquela o den Picornell, su presencia aparece ya documentada durante el primer cuarto del siglo XVIII, cuando la viuda de Joan Fiol tenía un molino de viento y un traste en Sa torre del Canonge Domenge (popularmente de ses Puntes), que después deja a su hijo y que tiene un valor de 400 libras.

Saltando a 1842, vemos que el molino es de Bartomeu Fiol Riera (nacido en 1788), hijo de Joan y Miquela y casado con Isabel Rosselló Pascual. Por lo que también era ya reconocido como Molí de na Miquela. En 1861, la hija de ambos se casó con Miquel Picornell Mut (de Porreres), con lo que el molino pasa a tomar su apellido. Según la declaración de fincas de 1879, Miquel Picornell declaraba el molino número 38, de planta baja y con una superficie de 3.600 palmos cuadrados, valor en renta de 1.975 pesetas y gravado con 79 pesetas. En el Repartiment de Consums de 1895, estaba aún a su nombre y en el padrón de 1911 consta que en él vivían: Guillem Picornell Fiol, Catalina Andreu Lliteras y sus hijos Miquela, Joana, Miquel, Catalina y Antònia Picornell Andreu.

Compartir el artículo

stats