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La deriva del mal pagador

La deriva del mal pagador

El principal problema está en que el dinero es de todos y con él se deben conducir por canales de eficacia las necesidades y servicios que requieren los vecinos. Si habláramos de cuentas particulares, allá el afectado por su mala administración. No es el caso.

Nadie fía ya al ayuntamiento de Binissalem. Sus empleados, hombres y mujeres adultos, profesionales y con sentido de la responsabilidad se entiende, deben pasar por el mal trance de ser considerados niños de antaño cuando necesitan proveerse de algo. Deben pedir el dinero contado y devolver el cambio.

Es la máxima expresión de una gestión municipal a la deriva. Todas las miradas están sobre el alcalde, Victor Martí. La oposición no ahorra críticas sobre su modo de hacer: no deja ver las facturas, tampoco convoca plenos dentro del plazo máximo establecido y no ha sido capaz de elaborar un presupuesto municipal. Ni siquiera está en disposición de atender el teléfono.

Hablamos de un Ayuntamiento que para acabar de naufragar en lo económico, lo cual implica hacerlo también en casi todo lo demás, por diversas circunstancias, tiene la secretaría y la intervención desocupadas.

El buen nombre de Binissalem en general, la dignidad de los funcionarios y la atención al conjunto de los vecinos, requieren un vuelco integral en el modo de hacer municipal. Aparte de un imperativo legal, es de sentido común que la casa consistorial debe tener las cuentas claras y la liquidez a punto.

El alcalde, si quiere ser merecedor del cargo que ocupa, debe entrar en modo transparente y entrar en diálogo con el resto de grupos políticos del consistorio y con la ciudadanía. La Policía Local y la brigada de obras tienen problemas para repostar combustible. Todo ocurre porque se ha vaciado el depósito de la buena gestión local y de la rendición de cuentas. Así no se puede seguir porque de este modo no hay ayuntamiento capaz de responder a su denominación o identidad.

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