18 de agosto de 2019
18.08.2019
Solidaridad

Abdi, del Sáhara a Binissalem

"Lo mejor que me ha pasado es conocer esta isla. Nunca podré pagar a mi familia de acogida lo que ha hecho", confiesa

18.08.2019 | 02:45

Solidaridad. Los últimos 30 veranos han sido testigos de numerosas historias llenas de ternura entre familias mallorquinas y niños y niñas
del pueblo saharaui que pasan los meses de verano en la isla gracias al programa 'Vacances en pau'. Así llegó Abdi Erguebu Alamin con doce años. Luego estudió aquí gracias a 'Escola en pau'. Ahora, con 31 años, vive en el municipio del Raiguer y ha formado su propia familia

La solidaridad forma parte del ADN balear. Así queda plasmado en infinidad de proyectos. Un claro ejemplo son las acogidas de niños saharauis por parte de familias mallorquinas. Los últimos 30 veranos han sido testigos de numerosas historias llenas de ternura entre isleños y niños del hostil desierto sahariano. Su residencia en las islas durante el período estival es gracias al programa Vacances en pau de la asociación Amics del Poble Sahrauí.

Cambaibian los cincuenta grados del desierto por el clima mediteráneo, nuestras playas y piscinas. Aunque el programa contempla su llegada a finales de junio y su retorno a principios de septiembre, hay casos que tras repetir su estancia verano tras verano, acaban siendo acogidos, de manera definitiva, por sus familias de adopción temporal. Es el caso, por ejemplo, de Abdi Erguebi Alamin, un chico residente en Binissalem, de 31 años, casado con Uahba Mohamed Jalihenna, también saharaui. La pequeña Al-Azza es su hija.

Magdalena Rosselló Torrens (Binissalem, 1958) es madre de un único hijo, Gabriel, aunque confiesa que siempre había contemplado la opción de tener más. Conocía el programa Vacances en pau desde sus inicios. De hecho, el verano de 1999 tuvo en acogida a Mohamed de nueve años. Lo que más le motivó del programa fue la iniciativa del Fons Mallorquí de Solidaritat de crear una beca para niños saharauis con un coeficiente intelectual alto para poder estudiar aquí. Es el proyecto Escola en pau. En esa selección no logró entrar el pequeño Mohamed, pero Magdalena, muy sensible con el tema infancia, sentencia que "todos los niños merecen una educación y unas "vacances en pau". Al verano siguiente, Mohamed regresó a casa de Magdalena y coincidió con Abdi, un niño que sí había podido acogerse a la beca para cursar sus estudios.


Abdi, Magdalena y Gabriel, en el campamento saharaui. J.C.

Abdi ya había pasado dos veranos en Hospitalet de Llobregat y en Navarra. Un lugar, este último, que le había marcado. No en vano, explica Magdalena, Abdi, de doce años, se pasó la primera semana llorando, echando de menos a su anterior familia de acogida. Admite que hubo momentos en que aquella situación la superaba y contactar con esa familia fue clave para mejorar. Los niños son como esponjas, aprenden rápido y se adaptan, dicen. Abdi no fue una excepción. Así, el verano de 2001 repitió estancia aprendiendo ya el mallorquín. En septiembre de 2002 regresó para cursar primero de ESO en el IES Berenguer d'Anoia de Inca. Magdalena Rosselló asegura que la ayuda de su hijo Gabriel fue decisiva en esta nueva etapa del joven Abdi. Finalizado el curso, en verano volvió al Sáhara para visitar a su familia. Así pasaron los años siguientes hasta que Abdi logró el título de FP de Grado Medio como técnico socio sanitario en La Salle de Palma. Dos años después, obtuvo el superior. Gracias a estos estudios empezó a trabajar en una residencia en Inca.

Fue en 2013 cuando el amor llamará a su puerta. En una visita al campamento saharaui conoció a Uahba. Se casaron en 2015. Dos años después la pareja se instaló en una casa de Binissalem y recién estrenado el 2018 llegó la pequeña Al-Azza.

Actualmente, y después de haber ejercido en diferentes profesiones, trabaja como mediador intercultural en un centro de menores en Son Roca, una ocupación para la que también tuvo que estudiar y sacarse el título.


Magdalena y Abdi, en unas Festes des Vermar. J.C.

Después de toda una larga trayectoria a caballo entre el Sáhara y Mallorca, Abdi confiesa que lo mejor que le ha pasado en su vida ha sido conocer esta isla, Binissalem, su clima, su cultura... Una cultura, por cierto, muy diferente a la suya originaria. Así recuerda como la madre de Magdalena preparaba macarrones, –el plato favorito de Abdi– sin utilizar carne de cerdo. O como su abuela adoptiva, cristiana de toda la vida, le recordaba a diario si había cumplido con sus rezos islámicos. Dos hechos curiosos que bien podrían servir como ejemplos de cómo debería regir en el mundo el respeto entre religiones.

En definitiva, Abdi asegura ser muy consciente de que nunca podrá pagar todo el trabajo y esfuerzo que ha hecho por él su familia de acogida durante todos estos años. Llegado niño y hecho hombre.

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