02 de agosto de 2019
02.08.2019

Pollença gana la batalla de la igualdad en los moros y cristianos

Un batallón de 180 mujeres se incorporó por primera vez a la lucha por el bando cristiano desde la calle de Sant Jordi

02.08.2019 | 22:41
Pollença gana la batalla de la igualdad en los moros y cristianos

Miles de pollencins salieron ayer a la calle ataviados con camisas blancas de dormir –los cristianos– y con vistosas ropas de colores –los piratas turcos–. Este año se vivió el simulacro de los moros y cristianos de la Patrona con una novedad importante: la incorporación del batallón de mujeres, que cumplió su cometido a la perfección y siguiendo escrupulosamente el protocolo recientemente establecido [vea aquí las imágenes de la fiesta].

La suma de las mujeres al combate había despertado gran expectación desde que se anunció hace unas semanas. La féminas se congregaron ayer en el Ateneu y a las 18 horas entonaron su canción: la noia navegant. Las portavoces del colectivo la Mala Pècora: Magdalena Cifre y Marina Pastor mostraron la alegría de todas las integrantes momentos antes de comenzar y agradecieron la participación de las casi 180 mujeres que integraron el batallón de cristianas.

Después de cantar ante el Ateneu se dirigieron a la calle de Sant Jordi donde se colocaron tras su barrera particular a la espera de la llegada de los piratas para unirse a la batalla. Las mujeres lo hicieron esgrimiendo sus armas particulares: los husos de rueca y las hoces de madera, para evitar peligro de heridas.

La festividad de la Patrona marca una fecha clave en la vida de Pollença, pues en ella se rememora la invasión corsaria y posterior victoria local del 30 de mayo de 1550.

Antes de la batalla, la calle Major fue recorrida por la procesión en la que niños salen vestidos representando a los principales personajes de la Patrona. Tras ellos, la imagen antigua de la Mare de Déu dels Àngels, l'Ajuntament Vella, los sacerdotes y monaguillos, y para cerrar la banda de música.

Leyenda

No es preciso indicar que el guión del simulacro posterior se siguió a la perfección y aunque el bando pirata amenaza cada año con ganar la batalla, siempre se contiene para que la leyenda se cumpla.

Los defensores de la villa, capitaneados por el héroe local, Joan Mas, volvieron a vencer a las tropas del almirante otomano Dragut –que en realidad se llamaba Turgut Rais–.

El 'mesclat' corrió también por calles y gaznates en una jornada en que el exceso se adueña del sentir popular; pero todo está permitido el día de la Patrona. La batalla fue intensa y presenciada por una gran multitud que también tuvo que lidiar con pisotones y empujones.

El salto de Joan Mas de la ventana situada en una vivienda de la calle Major fue el momento en que probablemente hubo más silencio en toda la tarde. Algún grito se escuchó por parte de los amigos del héroe local reclamando ese silencio.

A las siete de la tarde saltaba de la ventana Joan Mas para encararse en la primera escaramuza con Dragut. Se cruzaron las espadas y Jaume Simó, que este año se encargó de protagonizar a Joan Mas, alzó la voz para gritar: "Mare de Déu dels Àngels, assistiu-mos! pollencins, aixecau-vos, que els pirates ja són aquí".

En ese preciso instante cesó el silencio que se había hecho minutos antes y los amigos de Simó deshicieron la barrera para que miles de cristianos se abalanzaran sobre los otomanos con un griterío ensordecedor. Tal fue el ímpetu, que Simó cayó en el segundo asalto contra Dragut, pero se levantó inmediatamente.

El cruce de espadas entre Mas y Dragut, interpretado por Andreu Cladera, animó a los seguidores de un bando y otro a la batalla. La segunda escaramuza entre se produjo en la plaza situada junto a la iglesia de Sant Jordi, donde la historia sitúa uno de los puntos claves del Día de la Desgràcia. Los moros retrocedieron ante el empuje apasionado de los defensores locales, ayudados por las mujeres, una vez incorporado l'Ajuntament Vella a la lucha. Éstos pudieron liberar a los prisioneros que Dragut había encerrado en el templo pollencí.

La fuerza exhibida por las milicias populares obligó a las tropas corsarias a retroceder hasta el campo de fútbol, donde la tradición ubica el combate definitivo.

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