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Las monedas parroquiales

Fueron fabricadas mediante una aleación de plomo y estaño a través de unos sistemas de fundición mediante tenazas o moldes de piedra

Reverso del plomo parroquial de Manacor.

Reverso del plomo parroquial de Manacor.

Existieron en casi todas las parroquias mallorquinas como moneda propia y autónoma. Su finalidad básica, además de evitar la mala imagen de los clérigos en contacto con el ‘vil metal’, era la de agilizar cobros y no acumular un exceso de dinero que pudiera ser robado. Los plomos (o pellofes en Cataluña) son el nombre con el que se conoce a las monedas que fueron acuñadas por las iglesia (y en algunas ocasiones por los consells locales) para sus transacciones económicas internas, desde el siglo XIV hasta el XIX.

Como se puede deducir, por tanto, no eran monedas de curso legal, aunque sí formaran parte de un sistema monetario paralelo al oficial, lo que hacía que se debieran canjear periódicamente por moneda ‘verdadera’.

“Nos encontramos ante una parte de la historia que es prácticamente desconocida para la mayoría de gente, incluso por muchos historiadores. Aun así, se puede afirmar que los plomos son un elemento importante que era utilizado diariamente por miles de personas. Por eso son muy apreciados por los numismáticos y coleccionistas y su valor de mercado en ocasiones es desorbitado”, explica el investigador manacorí, Jaume Rigo, quien ha presentado recientemente un amplio e interesante estudio al respecto.

En su uso eclesiástico, estas particulares monedas eran acuñadas tanto por las catedrales como por las parroquias. De este modo en Mallorca las encontramos distribuidas por casi toda la isla, en algunos municipios con gran profusión de modelos y en otros con un modelo único.

En el resto de España sin embargo, los plomos eclesiásticos se encuentran solamente en Cataluña y Valencia (sólo en la Seu), y en algunas regiones europeas donde existió un sistema similar como en el Rosselló o Perpinyà.

En el resto de la península ibérica existe una remota similitud en los denominados tantos de coro de algunas catedrales, aunque su función era diferente. “En cualquier caso, esta idea de utilizar monedas hechas en plomo no fue original de los eclesiásticos, sino que ha sido bien estudiada la existencia de plomos monetiformes hispanorromanos, especialmente en la Bética”, señala Rigo.

La adopción definitiva de plomos en los templos tuvo más que ver con los cambios que se produjeron en la Iglesia Católica desde principios del siglo XIV, y que culminaron en el Concilio de Trento (1545-1563). Se buscó una mayor solemnidad y fastuosidad en las celebraciones y una más amplia participación de los sacerdotes. Los intentos de poner orden pasarían entonces por controlar la asistencia de los sacerdotes a las celebraciones y vincular la remuneración económica a esta asistencia. Pero si se tenía que abonar una cantidad económica por cada acto, esta práctica implicaría el manejo de grandes cantidades de moneda fraccionaria, que en ocasiones no estaba disponible, especialmente en épocas de crisis económicas.

Esta necesidad unida a la existencia en Cataluña de la moneda local de plomo desde finales del siglo XIV, y a la movilidad de sacerdotes entre Cataluña y Balears posibilitó el conocimiento y la importación del sistema monetario.

La consecuencia de estos factores fue la creación de unas ‘fichas’ de uso interno de las iglesias, canjeables el último día de cada mes por moneda de curso legal, siendo devueltas al encargado de esta tarea, el bosser, para reiniciar el ciclo. Los plomos llegaron primero a la Catedral de Mallorca (8 de julio de 1522, siendo obispo Rodrigo Sánchez de Mercado), para luego extenderse por la mayoría de las parroquias.

Métodos de fabricación

Inicialmente su fabricación se hizo exclusivamente con una aleación de plomo y una pequeña parte de otros metales. El plomo aportaba facilidad en su manejo, mientras que la aleación los hacía un poco más resistentes a la abrasión. La acuñación se hizo mediante dos procedimientos: la fundición y la estampación.

Mientras que en Cataluña se pasó pronto a la estampación de pellofes sobre láminas de latón, en Mallorca parece que se utilizó exclusivamente la fundición, en la que el bajo punto de fusión del plomo (327ºC) fue determinante para su elección.

En la actualidad se conservan todavía los moldes que a lo largo de los siglos se utilizaron en algunas de las 38 parroquias que tuvo la isla desde la Edad Media hasta la Reforma que se llevó a cabo a principios del siglo XX.

Así, podemos encontrar en Alaró un molde en forma de tenazas, custodiado en la misma parroquia, y que fue reutilizado en 2005 para hacer una reedición de monedas en oro para financiar la restauración del presbiterio. Estas tenazas son similares a las que se conservan de Sencelles en el Museu Diocesà de Mallorca, y a las de Pollença en el Museu Nacional d’Art de Catalunya.

En cambio otros moldes se hicieron en piedra, como el que se encuentra en el archivo parroquial de Felanitx o también se montaron a partir de una plancha de hierro sobre madera, como los de Sóller, Santanyí (en el museo parroquial de este pueblo) o sa Pobla (conservado también en el Museu Diocesà de Mallorca).

Otras técnicas como la fundición de metales más resistentes, pero a la vez de puntos de fusión más elevados, habrían resultado demasiado costosas para ser utilizadas por las pequeñas parroquias locales. En la mayoría de los casos la tecnología era realmente básica, y el trabajo completamente artesanal.

En las primeras épocas parece que los plomos eran fabricados por los mismos sacerdotes, sin embargo más adelante, con el aumento del poder económico de las iglesias, se empezaron a encargar a artesanos externos de confianza, habitualmente en alguna sala del mismo recinto de la parroquia, sin que los troqueles o moldes salieran de allí.

Pago por actos

Los plomos eran utilizados para pagar algunos servicios especiales que los capellanes ‘beneficiados’, los presbíteros ‘acogidos’ o el monaguillo prestaban a sus respectivas parroquias o en la Catedral. “Debemos tener en cuenta que la cantidad de sacerdotes que podían pertenecer a una misma comunidad parroquial podía llegar a ser muy grande”, recuerda Rigo. “Es perfectamente comprensible que el gobierno de este colectivo tan numeroso permitiera premiar la participación en determinados actos litúrgicos, celebraciones y tareas por parte de los mismos ‘beneficiados”.

Entre estas celebraciones y tareas estaban las misas principales del año litúrgico, las procesiones, los enterramientos, cantar en el coro, participar en las rogativas, llevar la comunión a domicilio, extremaunciones, oficiar bodas y todo lo que hiciera falta por la buena organización parroquial.

Y si bien estos plomos no estaban destinados a los seglares, en ocasiones algunos sacerdotes por su cuenta e incumpliendo las normas los utilizaban para pagar productos o servicios fuera de la iglesia. Este hecho perjudicaba seriamente a la parroquia, ya que dejaba de disponer de ‘fichas de cambio’, trastocando el sistema económico interno. El establecimiento de la peseta, a mediados del siglo XIX, eliminó definitivamente los plomos de la parroquias.

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