08 de junio de 2017
08.06.2017

Un cura a contracorriente castigado por su humanidad

Los sublevados sabían que la eliminación del capellán serviría de aviso a otros clérigos que habrían querido ayudar a los perdedores

08.06.2017 | 00:20
Jeroni Alomar Poquet.
Jeroni Alomar Poquet, el capellà Poquet (Llubí, 1894-Palma, 1937), era un cura a contracorriente en un momento histórico en el que la Iglesia se posicionó a favor de la sublevación franquista, implacable contra cualquier conato de republicanismo. Los suyos le dieron la espalda. Su único pecado fue el de ayudar a algunos represaliados republicanos a huir a Menorca para salvar su vida. Un acto humanitario que acabaría costando su propia vida.

Antes de su detención, las autoridades gubernativas y eclesiásticas conocían las actividades de Jeroni Alomar y fue advertido de lo que se jugaba si seguía adelante con su actitud colaborativa con el bando perdedor. Prefirió no hacer caso. Lejos de amedrentarse, denunció la detención de un hermano suyo, militante de Esquerra Republicana, lo que le costó las recriminaciones del obispo Miralles, que veía en la figura del capellà Poquet una patata caliente que ni la Iglesia ni el poder militar sublevado sabían cómo resolver.

Finalmente, se optó por la vía directa. El 13 de mayo de 1937 fue juzgado junto a otras siete personas, acusado de "delito consumado de rebelión" contra el Glorioso Movimiento Nacional.

El fiscal solicitó la pena de muerte para el clérigo 'llubiner' y la defensa admitió el delito de auxilio a la rebelión y otro de traición. Su destino estaba escrito. La petición de indulto solicitada por el obispo llegó tarde.

Los responsables del golpe de Estado y sus aliados eclesiásticos sabían que su muerte ayudaría a que otros miembros del clero se lo pensaran dos veces antes de prestar una mano a los republicanos. Su asesinato ejerció de aviso, y funcionó. Jeroni Alomar fue el primer y último capellán represaliado por los sublevados en Mallorca.

Jeroni Alomar Poquet murió fusilado el 7 de junio de 1937, a las cinco de la madrugada, en el cementerio de Palma. Ayer hacía 80 años de este suceso tan triste. Cuentan las crónicas que antes de morir, el capellán 'llubiner' se quitó la sotana y gritó "Paz y justicia" y "Viva Cristo Rey".

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