Hace unos días el vigilante del cementerio municipal de Artà expulsó, por lo visto de mala manera, a una vecina que había entrado al camposanto para visitar la tumba de un familiar. El motivo alegado fue que con ella había entrado su perra, lo que fue causa de una discusión que acabó, efectivamente, con la mujer y el animal fuera del recinto.

Aspirando como aspira a ser un municipio 'Pet Friendly', o sea amigo de los animales, es extraña la reacción del trabajador de la concesionaria que se ocupa del cementerio. Y más cuando la normativa local, estipula que la presencia de perros, "acompañados del propietario y debidamente atados con una correa o arnés, está permitida en los cementerios municipales".

En cambio la ordenanza municipal reguladora de la convivencia, defensa y protección animal en el entorno urbano, en su artículo décimo explica que "queda siempre prohibida la presencia de perros, equinos y otros animales en las zonas destinadas a juegos infantiles, así como en zonas ajardinadas, exceptuando aquellas donde se indique expresamente el permiso".