Vecinos de la Llotja multados por denunciar el ruido: "Estamos a merced de la apisonadora turística"
El presidente de la asociación vecinal señala que la sanción impuesta por Cort por colgar carteles "ha dolido enormemente" en el barrio
"Personas intachables llegan a perder los papeles porque llaman a la Policía Local y el problema continúa", afirma

Manu Mielniezuk

El ruido asedia desde hace años a los vecinos de sa Llotja, un barrio residencial sometido a una elevada concentración de bares, restaurantes, terrazas y locales de ocio nocturno que atraen a miles de visitantes. Música, gritos, recogida de mobiliario, televisores en la calle, alquileres turísticos ilegales y repartos a cualquier hora impiden el descanso de quienes todavía resisten allí. Y ahora, además, han sido multados.
El Ayuntamiento de Palma ordenó retirar en junio varias banderolas con el lema "El renou és tortura" que la asociación vecinal había colocado para denunciar esta situación y le impuso una sanción de 240 euros. La rapidez de la actuación municipal ha supuesto un "golpe" para un barrio que lleva años reclamando más inspecciones, presencia policial y control sobre los negocios.
"Siempre hemos vivido a merced de la apisonadora turística", afirma Jaime Herrero, presidente de la asociación de vecinos sa Llotja-Born. El dirigente vecinal reconoce que el ocio y la restauración "generan riqueza", pero advierte de que esa actividad no puede borrar a los residentes. "No podemos olvidarnos de que aquí también hay vecinos. Esto es un barrio residencial".
La campaña no pretendía enfrentarse al turismo ni perjudicar a los establecimientos. "No buscábamos insultar ni sabotear a la empresa turística. Queríamos concienciar y alentar una reflexión: ¿vale la pena seguir con una evolución que cada vez notamos que va a peor?", explica Herrero. A su juicio, la iniciativa de colgar carteles contra el ruido "debería haberla liderado el propio Ayuntamiento".
Herrero expresa la frustración del barrio porque Cort actuó "de oficio y con premura" para retirar los carteles, mientras determinadas infracciones de los locales se repiten sin una respuesta equivalente. "En el Born hay mesas y sombrillas que permanecen plantificadas por la noche, pese a que la ordenanza es clara y dice que no pueden estar en la vía pública".
La asociación calcula que en el barrio existen "entre 80 y 100 establecimientos de restauración" y reclama transparencia sobre sus licencias, horarios y terrazas autorizadas. "Queremos saber cuántos locales son legales y qué ocupación de vía pública tiene concedida cada uno. No pretendemos hacer de inspectores, pero las reglas del juego deben ser iguales para todos".
El ruido tampoco termina cuando cierran las terrazas. Continúa con la retirada de mesas, el movimiento de motocicletas, las furgonetas de reparto y las operaciones de carga y descarga. "Una vecina me contóhace unos días que estaban descargando mercancía a las cuatro de la madrugada en la calle del Mar, que es un callejón. ¿Quién controla eso a esas horas?", cuestiona.
Y este último mes el fútbol ha sido un dolor de cabeza añadido: "Nos hemos tenido que comer el Mundial con televisores en la calle a todas horas".
Herrero también advierte de que el ruido está alcanzando a zonas limítrofes de la Llotja como el Born -"se ha convertido en un circo por la constante presencia de músicos con amplificadores "- y la Seu, donde hace dos semanas los residentes denunciaron una fiesta ilegal a los pies de la Catedral.
Un barrio que pierde residentes
La exposición continuada al ruido "merma el estado de ánimo y la salud mental". "Me consta que vecinos intachables llegan a perder los papeles porque llaman a la Policía y el problema continúa", relata Herrero, . "Puedes avisar, pero ya te han despertado y ya has perdido el descanso".
El desgaste acaba expulsando a las familias. "La gente aguanta durante meses o años, pagando alquileres que no son precisamente populares o una hipoteca, hasta que dice: esto no hay quien lo soporte". Muchas de esas viviendas, sostiene, terminan convertidas en apartamentos turísticos ilegales. "Llevo veinte años aquí y he visto marcharse a muchos vecinos. ¿Tenemos que asumir que cada vez quedaremos menos?", se pregunta.
Herrero acepta la afirmación del alcalde, Jaime Martínez, de que las asociaciones vecinales también deben respetar las ordenanzas. "Un sí rotundo. Nosotros tenemos que cumplirlas", responde. Pero exige reciprocidad: "Que las cumplan todos; los locales también".
La multa duele más por su significado que por su importe. "Nos ha dolido enormemente el gesto. Han sancionado a los vecinos por visibilizar un problema histórico que el Ayuntamiento no ha resuelto". Las banderolas cuelgan ahora de balcones particulares. "Al menos tenemos derecho a decir que nosotros también existimos", señala. "Nos sentimos abandonados y vapuleados por las instituciones. El ruido es tortura y el Ayuntamiento no está a la altura", concluye.
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