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Transformación

Cala Major cambia frente al mar: "Cuando llegué estaba destinado a la clase alta, bajó y ahora vuelve a subir"

Las nuevas promociones, las rehabilitaciones y la apertura de nuevos locales transforman poco a poco un barrio de Palma que gana atractivo

Una casa deteriorada al lado de una vivienda de nueva construcción.

Una casa deteriorada al lado de una vivienda de nueva construcción. / Manu Mielniezuk

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Palma

Ver la panorámica de la bahía y la inmensidad del Mediterráneo desde Cala Major sigue siendo un premio infravalorado. Dejar por un momento la Avinguda Joan Miró a la altura del Nixe Palace permite descubrir una de las mejores vistas de Palma y entender parte del atractivo de un barrio que vuelve a estar en el foco.

Algunas de las mayores recompensas esperan tras subir unos cuantos escalones. En este caso la cifra son 127. Un número temido, pero por el que vale la pena el esfuerzo físico. Al menos por un instante.

Transformación del paisaje

Allí una barrendera limpia una de las calles con esmero. «Veo el barrio precioso. El mar tiene unas aguas esmeraldas increíbles. A mí me encantan», afirma. Sonríe. Aunque señala una jardinera: «Allí se acumulan unas latas de refresco y de cervezas tiradas. No llego. Ojalá alguien las retire».

El paisaje es cruel. Varias grúas avisan del presente y del futuro. Por eso, la mirada se centra en el suelo otra vez. Allí impresiona toda la mística del Nixe. A la izquierda permanece una vivienda clásica y protegida por su valor patrimonial. Es curiosa la imagen: uno de los hoteles más caros junto a un Citroën con más de 20 años de antigüedad en el garaje del inmueble contiguo.

Allí, en esa propiedad, vive Francisco Javier Martínez. Fue director comercial de Freixenet durante 35 años. «Ahora es alemana», pronuncia con resignación sobre la empresa.

Cala Major y Sant Agustí.

Fachada del Hotel Nixe. / Manu Mielniezuk

Mejores vistas desde Palma

Su terraza compite con el Nixe por una de las mejores vistas del lugar. Martínez recuerda perfectamente cuándo compró este hogar: «En 1991. La primera noche que mi familia durmió aquí fue la misma en la que se inauguraron los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992».

«Aquí siempre nos hemos sentido abandonados por el Ayuntamiento de Palma. Ahora, con el alcalde Martínez, nos sentimos más cuidados. Al menos ves a barrenderos y más limpieza. Antes era imposible», asegura mientras confiesa una de sus mayores obsesiones: «Necesito ver el mar».

Cambios en las viviendas y en los negocios

Siguiendo el recorrido hacia el final de la Avenida se aprecian más locales destinados a los servicios. Restaurantes, bares y locales de masaje chino son los que predominan. Comienzan a verse algunas casas abandonadas, algunas incluso tapiadas para evitar que entren okupas. Se pierde, poco a poco, el lujo del inicio de Cala Major con un Marivent protagonista, la Fundació Joan Miró, un colegio internacional y algunas construcciones de obra nueva y rehabilitadas que marcan una nueva etapa. Así como la apertura de estudios de diseño y arquitectura en la zona.

Hay muchos contrastes en un lugar que, como el resto de la isla, está virando hacia la inversión extranjera. «Ha cambiado a peor», asegura seguro de sí mismo José, que de la mano de Conchi, su mujer, recorren un barrio que conocen a la perfección porque residen aquí desde 1981.

Invasión de las aceras

«Las terrazas de los bares ocupan todas las aceras. Aparcamiento no hay. Las bicicletas y los patinetes tampoco nos respetan. ‘O te apartas o te aparto’, dicen sin bajar de sus vehículos», señalan y subrayan: «Negocios tradicionales casi no hay. Para comprar pan o vamos al Eroski o al Forn Sant Agustí, si no es muy caro».

En la Avinguda, que difícilmente termina, no tiene ningún respiro de los vehículos a motor. Solo los semáforos alivian el ruido de su trayecto desde Calvià a Palma. «Pensábamos que con la autopista irían más por allí, pero como está llena vienen por aquí», finalizan.

La Carnicería Cala Major es uno de los pocos locales de toda la vida. Tiene un dueño argentino y una propietaria española. «Cuando abrimos en 2014 el barrio estaba de capa caída. Ha mejorado mucho», subraya ella.

Su teoría de la evolución tiene una base cíclica: «Cuando llegué aquí hace 30 años estaba destinado a la clase alta. Bajó y ahora vuelve a subir», sentencia.

Cala Major y Sant Agustí.

Una vivienda señorial en la Avinguda Joan Miró. / Manu Mielniezuk

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