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Litigio por el convento de Sant Jeroni en Palma: una sentencia clara y un patrimonio a la intemperie

La resolución última del Supremo sobre el convento de las Jerónimas fija la propiedad pero deja efectos inciertos sobre el destino del recinto y sus bienes

Las monjas se comprometieron a no vender el convento de Sant Jeroni

Las monjas se comprometieron a no vender el convento de Sant Jeroni

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Llorenç Riera

Llorenç Riera

Palma

Una sentencia en su contra, nunca oportuna, no era el equipaje deseado por el obispo Sebastià Taltavull para presentarse este fin de semana ante León XIV en Madrid. También es un estorbo en el bagaje disperso de un prelado en retirada que en estas últimas semana se esfuerza en acentuar su talante abierto y su perfil social. El Tribunal Supremo ha dicho la última palabra. El convento de Santa Elisabet de Palma, ahora cerrado, es propiedad reconocida de las monjas Jerónimas y la diócesis pierde el derecho, reconocido en primera instancia, de mantenerlo inmatriculado. Se acaban doce años interminables de pleitos y silencios que han transmitido una imagen nada gratificante porque la sociedad, más práctica y resolutiva en general, encaja mal que unas monjas y unos obispos –empezó Javier Salinas– pleiteen aferrados a un gran inmueble apetitoso que también es Bien de Interés Cultural, con lo cual consolida su valor patrimonial mucho más allá de las tiranteces de sacristía y los recelos curiales.

Han ganado las monjas en una sucesión de pleitos innecesarios. Para determinar la propiedad documentada del convento de Santa Elizabet no hacia falta pasar por el juzgado de Primera Instancia, la Audiencia Provincial y el Tribunal Supremo. Bastaba con echar mano de la minuciosa historia del lugar publicada en 2002 por quien fue capellán del monasterio, Josep Estelrich. Sus investigaciones clarificaron que las Jerónimas tomaron posesión del monasterio en 1485 después de que, desde 1317, lo hubieran habitado de forma sucesiva Beguinas y Terciarias. No quedó afectado por una desamortización a la que se aferraba el Obispado para asentar la propiedad diocesana.

Las Monjas Jerónimas dejaron su monasterio de Sa Calatrava de Palma en 2014. Desde entonces permanece cerrado no solo en el aspecto físico y material, le invade la oscuridad también en lo concerniente a su futuro y a un patrimonio de inventario no contrastado ni actualizado. De hecho, este mismo periódico sorprendió a las religiosas en agosto de 2017 llevándose cuadros de Santa Elizabet. Inmediatamente después, el Consell trasladó “provisionalmente” parte de los bienes a Sant Bartomeu de Inca. Es el único monasterio jerónimo que queda en Mallorca, pero con una comunidad prácticamente extinguida, del mismo modo que está en claro declive la Orden, tanto en su rama femenina como masculina. Las Jerónimas no han seguido el camino de las Capuchinas o Agustinas que han suplido la falta de relevo generacional en sus históricos monasterios de Palma con la incorporación de otras religiosas de carismas afines.

El Obispado no tenía razón al atribuirse la propiedad de Santa Elizabet, pero no es menos cierto que, de no haber intervenido, el destino del convento navegaba en la confusión. Han abundado los rumores de convertirlo en un hotel, al igual que ha ocurrido con otros monasterios similares de la península. Pero no hace falta ir tan lejos, el vecino Montesión, abandonado por los Jesuitas ya está en camino de ser una residencia no accesible para los más desfavorecidos.

La madre federal de las Jerónimas, Angeles Sanz Rodríguez, se ha alegrado de que la sentencia a su favor sea el “último capítulo de esta controversia”. Archivadas quedan las expresiones de disgusto, las buenas intenciones inconcretas y las peleas soterradas durante una década con un obispo que ahora, para más inri, deberá pagar las costas. En tales circunstancias, la alegría de las monjas se convierte en la preocupación de la sociedad mallorquina por lo menos en cuanto al bien patrimonial que va mucho más allá del valor religioso, porque ellas siguen sin definir ni explicar el destino último de Santa Elizabet y sus obras de arte. El papel de la letrada que les ha asistido durante la sucesión de pleitos, Pilar Rosselló, tampoco ha contribuido a clarificar la hoja de ruta a seguir a partir de ahora. Permanece la sospecha. El nítido fallo del Supremo, por si solo, es insuficiente para despejarla. Tampoco era su misión. Eso corresponde en exclusiva a la parte ganadora.

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