Urbanismo
Los parques urbanos de Palma democratizan la sombra
Según los especialistas en urbanismo y salud medioambiental, el gran reto será que el confort climático se entienda como un derecho básico y no como un privilegio inmobiliario

En grandes zonas verdes con abundante arbolado se han llegado a registrarentre 3 y 5 grados menos. / Manu Mielniezuk
Para vivir más y mejor, la sociedad busca incansable a través de sus pantallas suplementos milagrosos y rutinas virales, sin reparar en que, tal vez, el secreto de la vitalidad se esconde a la vuelta de la esquina.
Mañana, 24 de mayo, se celebra el Día Internacional de los Parques, una jornada dedicada a aquellos espacios que aportan a nuestras ciudades mucho más que belleza. Entre el tráfico, el asfalto y la prisa cotidiana, las zonas verdes urbanas ofrecen refugio, descanso y un lugar para encontrarse con los demás y con uno mismo. Por eso, médicos, psicólogos, biólogos y buena parte de la comunidad científica coinciden en señalar la importancia de dotar a las urbes de parques para mejorar la calidad de vida de quienes las habitan. Tanto es así que la OMS ha llegado a referirse a estos elementos urbanísticos como infraestructura de salud pública y sostiene que invertir en zonas verdes reduce costes sanitarios, previene enfermedades y tiene beneficios económicos.
Radiografía de Palma
Las autoridades sanitarias e instituciones internacionales recomiendan mínimos urbanísticos para dotar de dicha salud ambiental a las ciudades actuales y, aunque Palma está muy lejos de esos índices, avanza hacia la buena dirección.
El dato oficial más citado por el área de Urbanismo y Sostenibilidad de Cort es que Ciutat dispone de aproximadamente 6,2 m² de zonas verdes por habitante. Aunque el objetivo del Ayuntamiento es 9–10 m²/habitante en próximas décadas, el valor actual se considera muy bajo para una ciudad con tanta presión urbanística y turística. Según señaló este diario en febrero, Palma cuenta actualmente con unos 64.200 árboles —6.000 más que hace una década—, lo que equivale aproximadamente a un árbol por cada siete habitantes. Sin embargo, existe una desigualdad importante entre zonas: Son Vida o Génova tienen mucho más verde, mientras barrios densos del centro como Pere Garau o Camp Redó cuentan con muy pocos parques urbanos. La evidencia científica confirma que los barrios con menos renta suelen tener menos acceso a zonas verdes de calidad y que eso tiene efectos directos sobre la salud y la esperanza de vida.
«No es casualidad que las inmobiliarias usen la estrategia del arbolado para vender viviendas. La gente presume de tener casas cerca de zonas verdes. Hoy en día es un lujo» indica Marcos Castillo, ingeniero agrónomo, experto en arboricultura y tesorero de la Asociación Balear del Árbol (ABA). Por eso, muchos expertos en salud pública consideran que aumentar las zonas verdes en barrios vulnerables no es solo una cuestión estética, sino una política de justicia social. «Está claro que hay barrios en los que es más difícil por diseño y espacio introducir árboles, pero siempre debería ser una prioridad urbanística».
A la pregunta de qué es más eficiente: construir unos pocos parques de gran tamaño que actúen como pulmones térmicos o muchos pequeños refugios que funcionen como un sistema circulatorio, Olivia Cerdeiriña, bióloga y consultora medioambiental especializada en agroecología y proyectos ecoregenerativos, lo tiene claro: «Palma necesita ambas escalas conectadas entre sí». Sin embargo apunta: «los espacios pequeños tienen una ventaja estratégica: son más rápidos y baratos de implementar. Renaturalizar una plaza dura, ampliar alcorques, conectar parterres, incorporar pérgolas vegetales o despavimentar zonas concretas puede generar mejoras térmicas inmediatas».
Los espacios urbanos contemporáneos de Palma fueron diseñados en su momento pensando en el turismo y no en soportar temperaturas extremas. «El tiempo está cambiando y eso dificulta la supervivencia de especies que hasta ahora servían, como el celtis australis que por temperatura y enfermedades, está empezando a fallar. Sería necesario hacer un nuevo estudio para saber que árboles del sur España o norte de África se pueden incorporar y así nos aseguraríamos de que pueden soportar las próximas las olas de calor», reflexiona Castillo, a lo que Cerdeiriña añade: «La jardinería xerofítica (basada en especies autóctonas y adaptadas al clima mediterráneo) puede reducir el consumo de agua hasta un 70%, frente al césped convencional». La bióloga, sin embargo, considera que no es tan importante la cantidad de verde, sino en cómo está distribuido: «Un único parque aislado no enfría igual que una red conectada de calles arboladas, patios, cubiertas vegetales y pequeños refugios climáticos repartidos por la ciudad».
Recomendaciones urbanas
Una investigación elaborada entre los Países Bajos y España publicada en la prestigiosa revista científica Environment International concluyó que las personas que vivían en entornos con más vegetación tenían menos probabilidades de consumir antidepresivos. Esto explicaría el impacto que tienen también sobre el tejido social de una ciudad, especialmente entre los sectores más vulnerables. En los niños, el tiempo en el parque se traduce, según los especialistas, en un mejor desarrollo cognitivo y un mayor rendimiento escolar. A los mayores, estos espacios les ayudan a combatir el aislamiento, mantenerse activos y reforzar el sentido de pertenencia a la comunidad. No obstante, pocas cosas reflejan mejor el valor de los parques que la calidad del aire de la ciudad: la vegetación urbana filtra contaminantes y absorbe partículas, y en grandes zonas verdes con abundante arbolado se han llegado a registrar entre 3 y 5 grados menos. Esto afecta directamente a las personas con enfermedades respiratorias -cada vez más comunes- y a las sensibles ante las olas de calor -cada vez más frecuentes-.
Por todo ello, se sugiere que todas las personas que viven en una ciudad tengan acceso a espacios verdes de calidad de al menos 0,5 hectáreas y a unos 5 minutos andando. Otra recomendación cada vez más popular es la regla 3-30-300, un principio de urbanismo moderno formulado en 2021 por el investigador y silvicultor urbano neerlandés Cecil Konijnendijk que, de manera muy simple, define un estándar de salud urbana: ver al menos 3 árboles desde casa; vivir en barrios con 30% de cobertura arbórea y tener un parque a menos de 300 metros. Del mismo modo, la OMS indica que las ciudades deben disponer de un mínimo de entre 10 y 15 metros cuadrados de zona verde por habitante.
La ciudad del futuro
Hace poco más de una semana, el Ayuntamiento dio oxígeno acerca de la transformación sostenible de la ciudad y anunció un nuevo proyecto para reconvertir el antiguo Velódromo de El Tirador en una gran zona verde que conectará el Passeig Mallorca y el Parc de sa Riera. Aunque la transición ya está en marcha, muchas ciudades como Palma aún arrastran modelos urbanísticos heredados de un clima que ya no existe. Para Cerdeiriña, «la ciudad del futuro no puede limitarse a resistir el calor; tiene que ser capaz de enfriarse de forma natural. Y Mallorca tiene además una ventaja enorme: la arquitectura tradicional mediterránea ya sabía cómo convivir con el calor. Patios, porches, persianas, muros gruesos, calles estrechas o vegetación interior son soluciones climáticas extremadamente sofisticadas que hoy podemos reinterpretar. De hecho, algunas de las soluciones más innovadoras para el futuro quizá no consistan en inventar más, sino en recuperar inteligencia climática que ya existía».
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