Resistencia
Los últimos de la antigua cárcel de Palma: "¿Te piensas que nos gusta vivir sin agua ni luz y rodeados de basura?"
Siete personas explican cómo residen en unas condiciones insalubres en una de las zonas del abandonado centro penitenciario
Han rechazado el desalojo voluntario de Cort, pero quieren levantar la voz: «No nos han ofrecido absolutamente nada, no estamos aquí porque queramos»

Redacción digital
Redacción
Osama sale de su habitación compartida sin camiseta. Quiere sentir el sol después de estar varias horas a oscuras. A lo lejos oye cómo los coches entran y salen de Palma. Camina con unas chancletas en un patio improvisado de la antigua cárcel. Hay algunas latas tiradas en el suelo, un televisor destrozado, algún cristal roto y, a solo unos diez metros, se acumula la basura de las 20 personas que viven en esta zona y que no han abandonado de forma voluntaria antes de que haya finalizado el plazo para desalojarlo. Solo 101 personas resisten porque no tienen «a dónde ir».
De Marruecos a España nadando
Osama se jugó la vida para llegar a España. Hace dos años y cuatro meses se lanzó al mar desde Marruecos. Después de ocho horas nadando llegó a Ceuta. Tuvo suerte. Su hermano, que intentó lo mismo, murió en el mar. Durante cuatro meses Osama estuvo en una situación de asilo y viajó a Algeciras, Málaga, Valencia y Palma. «Antes vivía en un piso y trabajaba de socorrista», cuenta sobre su empleo antes de que perdiera la tarjeta roja y con ella la opción de trabajar en Mallorca a sus 25 años.
«No tengo papeles, el Ayuntamiento de Palma no nos ha dado ninguna opción. No puedo hacer nada», se lamenta sobre las nulas opciones que tiene de prosperar mientras espera a la regularización de su situación.
Vive en unos 35 metros cuadrados con ocho personas más. Al oír la conversación, Eddine entra en escena. Tiene 22 años y hace tres que llegó a España con una patera. Trabajó durante dos años como camarero en un restaurante de Santa María del Camí hasta que lo echaron por no tener papeles. «Hasta ahora todavía no he vivido ningún momento feliz», confiesa mientras Luisa Santiago Santiago baja de su hogar.
Sin propuestas del Ayuntamiento de Palma
Es la persona más respetada de esta zona de la antigua de cárcel que esquiva los controles de la Policía Local de Palma para acceder y salir. Todos la quieren. Tiene 58 años y vive junto a su marido desde septiembre del 2022 en la antigua cárcel de Palma. Niega rotundamente que Cort les hayan propuesto una solución habitacional: «No nos han ofrecido nada. Nadie estaría aquí sin agua ni luz rodeado de basura por no aceptar una casa».

Hamza El Ayoubi y Lucía Santiago posan para este diario. / Redacción
Sobre la asistencia municipal que proporcionan en la entrada de la cárcel donde hay situada una carpa policial denuncia que la ayuda es inexistente: «Nos explicaron que solo podían darnos una ayuda económica cuando encontráramos una casa. Y, además, de los dos números que me dieron uno es de la Cruz Roja y el otro, al llamar, resulta que no existe».
Hace más de ocho años que están esperando una vivienda del Ibavi (Institut Balear de Vivenda). «Estamos apuntados y vamos renovando las inscripciones cuando toca, pero todavía no nos han dicho nada», resume.
"¿Qué casa alquilo con 1.000 euros?"
Su situación cambió cuando su marido perdió su trabajo como encofrador al quedarse ciego del ojo derecho. «Perdimos el trabajo y la casa. Nos convertimos en okupas», narra mientras se sienta en una silla aquejada de dos hernias y artrosis: «Compraron la casa, nos dieron 4.000 euros para salir y vinimos aquí después de pagar 70 euros».
El marido de Luisa recibe 1.000 euros mensuales por incapacidad y ella asegura que no tiene acceso a ningún tipo de renta mínima vital porque es pareja de hecho de él. «Con 1.000 euros, tenemos que mantenernos los dos y con lo sobra, ¿a qué casa podemos aspirar?», reflexiona sobre la dificultad de acceder a la vivienda en Mallorca a un precio asequible.

La antigua cárcel de Palma desde fuera. / Redacción
Albergues llenos
La posibilidad de acudir a un albergue para ellos no existe por dos razones: la primera, tienen que dormir vestidos y con los zapatos puestos para que no los «roben» y la segunda, muchas veces está lleno.
Más de un centenar de personas han abandonado el recinto antes de que finalice el proceso de desalojo, aunque Luisa asegura que se han marchado por una razón sencilla: «No saben leer».
Su intención es aguantar: «No me voy de aquí porque no tengo dónde dormir. Aquí tengo mi cama, mi sofá y mis cosas».
Reto al alcalde de Palma
Desde que viven aquí, su salud social y mental ha empeorado. Tiene depresión y los domingos familiares han cambiado para ella. «Te conviertes en un deshecho social o tienen miedo o les dan asco los olores. Tengo nietos y bisnietos y solo uno viene a verme», explica y añade: «Nadie de los que vivimos aquí quiere estar aquí, pero tenemos que seguir viviendo aquí. Las paredes al menos tapan la lluvia y el frío».

La basura que se acumula en la antigua cárcel de Palma. / Redacción
Reta también a Jaime Martínez, alcalde de Palma, a que sepa lo que es vivir en estas situaciones: «Lo invito a pasar aquí 24 horas, a ver si tiene narices».
Se unen también Hamza El Ayoubi y Haroune, que llegaron en patera a España. Todos prestan atención a Luisa, que sabe perfectamente por lo que están algunos. Luisa tiene muy claro su sueño y todos las secundan: «Cuando abro los ojos por la mañana y veo que estoy aquí me da un bajón. La felicidad para mí es tener una casa. Prefiero tener un hogar que cualquier cantidad económica».
Al escuchar las palabras de Luisa, Osama, Eddine, Hamza y Haroune piensan durante un instante cómo les ha cambiado en cuestión de varios meses. «Estábamos mejor en Marruecos. Teníamos a nuestra familia, comida y un hogar. Pero no podemos volver así, regresar sin papeles sería como una humillación para nosotros», cuentan entre los cuatro.
Entrada de la cárcel por Ocimax
En el otro lado de la cárcel, el que está cerca de Ocimax, el paisaje cambia por completo. Varias carpas como la de la Policía Local de Palma controla las entradas y las salidas de todos los residentes en la antigua cárcel.
Haïthem es uno de ellos. Lleva ocho meses viviendo en la cárcel: «Ahora estamos tranquilos, está todo mucho más controlado».
Sin embargo, lamenta que no les han dado ninguna solución y que tiene solicitados los papeles para regular la situación: «Si nos echan a todos a la calle sin comida, tendremos que buscarnos la vida».
Sking llegó a España hace cuatro años y, desde que se le caducó el NIE, tuvo que acudir a la antigua cárcel de Palma para dormir. Coincide en la falta de ayuda de Cort a la hora de proporcionarles una alternativa: «No nos han ofrecido nada».
«Necesito los papeles para trabajar y conseguir pagarme una habitación. No es fácil estar aquí. Queremos un lugar mejor, vinimos a cotizar», incide y añade: «Las personas hacen caca donde pueden, yo voy al McDonald’s».
Un drama humano con una difícil solución.

Interior de la cárcel antigua. / Redacción
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