Son Gotleu se debate entre el miedo, el estigma y la resistencia
Vecinos con décadas de residencia allí describen un barrio marcado por la droga, la okupación y señalan a los migrantes
Otras voces rechazan esa lectura y reivindican el trabajo comunitario que se está haciendo y más implicación de Cort

Una de las características calles de Son Gotleu. / Guillem Bosch

En Son Gotleu se respira desánimo aliñado con miedo, frustración y abandono institucional. El barrio lleva mucho tiempo metido en un bache y, pese al valioso trabajo de la Plataforma de entidades y servicios de Son Gotleu, vecinos que acumulan décadas de residencia allí describen más inseguridad y un empeoramiento de sus condiciones de vida. Piden anonimato -"no pongas nada que dé pistas sobre quién soy porque aquí me conoce mucha gente"- y a menudo culpan de los problemas a una parte de la migración llegada en los últimos años.
Mercedes lleva más de veinte años en el barrio y ya ha tomado una decisión. "Estoy vendiendo la casa", cuenta. Llegó a Son Gotleu hace más de veinte años y asegura que entonces ya había problemas, pero no como ahora. "Antes no había gente pinchándose. Los ves en calles y parques, a cualquier hora del día", dice. Habla de un barrio tomado por puntos de droga, de casas vacías en las que siempre intentan meterse okupas y de una violencia que se ha vuelto cotidiana.
"Tengo miedo. De día todavía se puede salir a la calle, pero vas con miedo hasta de que alguien te pida un cigarrillo y se ponga agresivo", resume. Su conclusión es tajante: "Los que no se van es porque no pueden".

Vecinos con décadas de residencia en Son Gotleu vinculan la inseguridad en el barrio con la inmigración. / Guillem Bosch
Rosario lleva cuarenta años al frente de un bar en Son Gotleu y tampoco recuerda una etapa tan mala. "Yo nunca lo he visto tan mal", dice mientras señala a un grupo de jóvenes de origen magrebí en la calle. "Venden droga, y todas las mañanas igual. No hacen nada". Ella abre solo hasta la tarde. Por la noche, ni se plantea levantar la persiana. "Si esto lo ves mal ahora, imagina cómo se pone por la noche", lamenta.
Ana llegó hace 26 años, cuando Son Gotleu seguía siendo, en sus palabras, "un barrio de trabajadores", bien comunicado y cerca del centro. Ahora vive encerrada en su vivienda. "Cuando vuelvo del trabajo me meto en casa y ya no salgo hasta la mañana siguiente", cuenta. Le preocupa sobre todo su hija. Dice que desde el balcón ve a gente pinchándose, que en la calle se vende droga y que el ruido y la tensión son constantes.
En su edificio quedan siete propietarios; el resto, asegura, son okupas. "Nos cortaron la luz de la escalera, hicieron polvo la puerta de la calle, se enganchan a la luz. Es un desastre, encima tenemos que pagar lo que rompen otros", denuncia. Para ella, la solución pasa por más policía, aunque lamenta que a menudo "la Policía Local te dice que es cosa de la Policía Nacional, y estos que no es cosa suya".
Paquita, con más de cincuenta años en Son Gotleu, ya no sale cuando anochece. "Por la noche tengo miedo de que me quiten el bolso", admite. Recuerda un barrio muy distinto, con vínculos de vecindad y ayuda mutua. "Si nos pasaba algo, nos ayudábamos", evoca. Hoy, dice, la mayoría de quienes pudieron marcharse ya lo han hecho. En su edificio solo viven españoles en seis de las 24 viviendas. En el de su hija, cuenta, casi todos son okupas y nadie paga agua ni electricidad. "Al final ellos, que son los delincuentes, van por la calle con la cara alta y nosotros vamos mirando al suelo", lamenta.

Otras voces reclaman más trabajo comunitario e implicación municipal. / Guillem Bosch
El contrapunto a este relato tan repetido lo pone Aina Mascaró, psicóloga y durante 18 años mediadora cultural en el centro de salud del barrio. Rechaza reducir Son Gotleu a un titular de conflicto. Ha pisado mucho sus calles y recuerda que la base del trabajo comunitario sigue siendo la Plataforma por Son Gotleu, nacida en 2003 para responder a la llegada de población migrante con escuela de verano para niños y alfabetización para adultos.
"Es un barrio obrero, de paso y de llegada", explica. Y cree que parte del rechazo vecinal nace del miedo al cambio. "Es un barrio en el que constantemente hay personas nuevas. Los cambios nos dan miedo, y ese miedo es más grande cuanto más mayores somos", sostiene.
Mascaró reclama una mirada diferente para interpretar una realidad que considera muy compleja. En este sentido, advierte de que la palabra integración es peligrosa cuando en realidad se usa para exigir asimilación. "Las relaciones son cosa de dos, no podemos esperar que hagan lo que a nosotros nos parece bien", dice. Y recuerda que la migración responde a motivos muy diversos: pobreza, guerra, estudios, proyectos familiares o afectivos.
A su juicio, el gran fracaso no está solo en la convivencia, sino en la falta de una estrategia pública seria. "Lo que Son Gotleu necesita son proyectos integrales de barrio. No que cada concejalía vaya a la suya", resume. Aceras, iluminación, asfaltado, equipamientos o escoletas son necesarios, pero no bastan si se abordan por separado. "Hay más proyectos e inversiones que en otros barrios, pero salen como setas, de forma aislada", critica.
También cuestiona el estigma que persigue al barrio. "Solo sale en las noticias cuando hay peleas o contenedores quemados", lamenta. Frente a esa imagen, Mascaró reivindica escenas cotidianas de apoyo mutuo y convivencia: "Conflictos hay en todos los barrios de Palma, pero si pasan en Son Gotleu se le da más repercusión. En cambio yo veo relaciones de convivencia preciosas, como por ejemplo cuando los jóvenes salen a la calle cuando viene el butanero para ayudarle a subir las bombonas a los pisos", relata esta psicóloga.
Daniel Oliveira: "Falta de implicación del Ayuntamiento"
Daniel Oliveira, regidor del PSOE en Palma, también conoce bien las interioridades de Son Gotleu y se expresa en la misma línea que Mascaró. Asimismo, atribuye parte de los problemas del barrio a la "falta de implicación del Ayuntamiento" y defiende que el barrio necesita más presencia institucional y mejoras urbanas.
Oliveira indica que esa ausencia institucional "favorece este ambiente" y considera que con más mediación y trabajo comunitario, "no habría tanto incivismo". En este sentido, destaca que Son Gotleu cuenta con "una red de mediadores brutal" y con un tejido vecinal, educativo y social que, a su juicio, no está recibiendo el apoyo suficiente.
El concejal también rechaza que la respuesta pase por señalar a la población migrante. "Lo fácil es culpar a la inmigración", ha advertido, antes de insistir en que la solución pasa por "hacer un trabajo comunitario para prevenir".
El oasis africanista de Son Gotleu cumple diez años
Aina Mascaró descubrió otra forma de mirar África cuando cayó en sus manos Todo se desmorona, la gran novela del nigeriano Chinua Achebe. Hasta entonces, explica, había leído sobre el continente a través de autores que viajaban allí y contaban su experiencia desde fuera. Pero aquel libro lo cambió todo. "Cuando descubrí la literatura africana escrita por africanos se me abrió una ventana al mundo", resume.
De aquel momento nació en 2016 el club de lectura africanista de la biblioteca de Son Gotleu, que a finales de este mes de mayo cumplirá diez años de vida. Mascaró, psicóloga y durante años mediadora cultural en el centro de salud del barrio, sintió entonces la necesidad de compartir aquel hallazgo. "Cuando leí Todo se desmorona necesité compartirlo, que llegara a más gente", recuerda.
El arranque no fue sencillo. El primer día no acudió ningún lector. Solo estaba el profesor Mbuyi Kabunda, referente en estudios africanos, a quien Mascaró había invitado. Pero hubo un segundo libro, después un tercero, y así hasta consolidar una cita estable que hoy reúne cada dos meses a una docena de personas.
El club funciona como un espacio pequeño, tranquilo y libre de prejuicios. "Es bonito porque tú y yo podemos leer el mismo libro, pero tener una opinión completamente diferente. Eso te da mucha riqueza", afirma Mascaró.
La selección de títulos se ha ido abriendo con los años. Al principio, esta psicóloga proponía las lecturas. Ahora también lo hacen los propios participantes, con una condición: quien sugiere un libro debe encargarse de conducir la sesión en la que se comenta. Si nadie propone, Mascaró prepara una lista. Entre sus autores de referencia cita a Achebe y al keniano Ngũgĩ wa Thiong’o, "otro pilar" de esa literatura africana que considera "muy buena y desconocida".
Con el tiempo, el Ayuntamiento aceptó comprar los libros para la red de bibliotecas municipales, lo que ha permitido sostener el proyecto. Por el club han pasado también lectores africanos, aunque no de manera estable. La mayoría de participantes habituales son vecinos de distintos barrios de Palma atraídos por una literatura que, en palabras de Mascaró, obliga a cambiar el punto de vista. "Tenemos que desplazar el centro y descolonizar nuestra mente. Y esta literatura te ayuda a eso", sostiene.
En un barrio tantas veces explicado desde el conflicto, este club plantea otro escenario: gente leyendo, escuchando y conversando sin prisa. "En medio de todo este ruido que nos rodea, necesitamos espacios de calma, relax y silencio. Y leer te da eso", defiende Mascaró. "Todos lo necesitamos; somos como un oasis".
El grupo ronda ahora los doce o trece lectores y no aspira a crecer mucho más. Mascaró cree que, por encima de quince personas, se perdería la intimidad que tienen ahora. Quien quiera sumarse, explica, puede acercarse a la biblioteca de Son Gotleu y preguntar por el club.
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