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El emperador Constantino Dragan

Matías Vallés

Matías Vallés

La destrucción integral del Passeig Marítim, al servicio de la clientela millonaria del Club de Mar, no podía dejar incólume la pieza sagrada que denuncia por contraste la prostitución del entorno. Villa Dragan no es solo una réplica exacta de Marivent o viceversa, su pervivencia señorial abofetea a quienes han destruido la isla sin escrúpulos. A falta de abatir al orgulloso paquidermo, se le cicatriza la epidermis para que se estremezca ante la amenaza latente.

En el hoy difunto Passeig Marítim sin rostro humano reinó el emperador Constantino Dragan, un rumano que se refugió del comunismo en la España de Franco. No era exactamente un demócrata, porque consideraba que la dictadura «es una forma de gobierno para momentos de necesidad». Tenía resabios antisemitas, sobre «los judíos que abundan aquí, o mejor digamos los no católicos». Sin embargo, ejercía la fidelidad a un palacio sitiado por la vulgaridad del entorno, porque «me siento obligado a mantener una parte bonita de Palma» que había adquirido por el equivalente a noventa mil euros.

Que levante la mano el mallorquín que no ha experimentado un espasmo de admiración al contemplar la torre cuadrada de Villa Dragan. Recorriendo las estancias junto al propietario, no solo se podía diagramar la equivalencia con las habitaciones que ocupaban los Reyes a apenas un kilómetro de distancia. Sobre todo, se confirmaba que ese edificio debería integrarse algún día como una pieza del patrimonio colectivo a conservar.

Se habló de Dragan con frecuencia en la segunda mitad del siglo XX, por la actividad de su Fundación. Después sobrevino el silencio y ahora la amenaza de desmoronamiento, para encajar la casona en un entorno sin ninguna pasión. Le pronostiqué con insistencia al emperador Constantino que su residencia también sería degradada, como el resto del Paseo. Era difícil de convencer:

-¿Ve esta lámpara? No hay otra igual en toda Europa, y esta casa quedará para siempre como una tarjeta de mi estancia en Palma.

En Mallorca, «siempre» se mide en totxos.

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