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El Black Cat, el Aries o el Rosamar, un pequeño recorrido nocturno por la desaparecida historia LGTBIQ+ de Gomila

ALAS Balears organizó una visita guiada por el mítico bario para recordar la vibrante vida nocturna de los 70 y 80, un espacio seguro para el colectivo en la ciudad de Palma

Jordi Sánchez

Jordi Sánchez

Palma

Gomila ya no es lo que era. De noche, durante las décadas de los 70 y los 80, por sus calles se respiraban aires de libertad. En parte, también de cierta modernidad. En aquella época fue un espacio refugio para el colectivo LGBTIQ+, que encontraba en muchos bares y discotecas un lugar seguro en el que poder expresarse y sentirse uno mismo. Ahora ya no lo es tanto. Algunos todavía recuerdan con melancolía las fiestas en el Black Cat, en el Aries o el Rosamar. Otros se preguntan qué ha pasado para que todo haya terminado así.

Para resolver estas y otras muchas dudas, y para permitir a la ciudadanía y al colectivo conocer cómo era la noche en Gomila en aquellos tiempos, la ONG ALAS Balears, dedicada a promocionar la salud sexual y a atender, asesorar y dar apoyo a las personas afectadas por el VIH, organizó el pasado viernes una visita guiada por las zonas en las que un día se ubicaron los bares y discotecas más emblemáticos del barrio, una actividad enmarcada en el Proyecto Chem-Salut. Fue un recorrido dirigido por una de las educadoras de la entidad, Martina Serra, en el que testimonios directos de la época pudieron rememorar a través de sus experiencias cómo era la vida nocturna en uno de los momentos más rompedores que ha vivido Ciutat.

Unas cuarenta personas participaron en la actividad, que arrancó a las 19:30 de la tarde, ya de noche, para sumergirse de lleno en la historia del lugar. Tras salir de la plaza Gomila y pasar por delante del antiguo bar El Chotis, local de rock en el que no se bebían cubatas y por el que en su día pasaron personalidades como Yoko Ono o Ava Gardner, el grupo bajó por las escaleras del Edificio Mediterráneo para avanzar por la primera línea del Paseo Marítimo hasta la plaza Economo Parera. "Hemos visto películas de Madrid, de Barcelona, pero imágenes de la noche de Palma y de Gomila es más difícil encontrar", dijo Serra. Acto seguido Serra sacó un mini proyector del bolsillo para recuperar sobre la pared blanca de un edificio imágenes de archivo de 1987 rodadas por Televisión Española en la zona. Una original forma de presentar y ayudar al espectador sumergirse en el ambiente de la época.

Tras poner a los participantes en contexto, la ruta prosiguió hasta la puerta de Son Catlaret, frente a la cual, en los 80, se erigía la mítica discoteca Black Cat. En la parcela en la que se ubicaba el local ahora se está levantando un moderno edificio de viviendas. Aun así, fue un momento emocionante para algunos, que durante unos minutos se transportaron de nuevo a las interminables noches que vivieron en Gomila. Entonces intervino el artista mallorquín Jordi Maranges: "Hay muchos sitios que ahora son hoteles o restaurantes de todo tipo, pero creo que la zona todavía mantiene ese toque decadente. Antes veníamos de noche y, cuando veníamos de día, era como entrar en otra ciudad. A oscuras, te daba igual si todo se caía a trozos porque no lo veías. De día se ve diferente".

El recorrido continuó hasta la calle Robert Graves, a los pies del barrio El Terreno, cerca de la cual el grupo volvió a detenerse para recordar el local Aries y el papel que jugó para el colectivo hace varias décadas. La conversación derivó hacia la relación que hubo entre la vida LGTBIQ+ y una zona tan turística como Gomila: "Antes había turismo LGTB. Palma era una capital de eso. Recuerdo que había muchísima gente que venía a hacer turismo, pero ahora Mallorca ha quedado desvinculado de ese tema. No sé por qué sucedió", explicaba Pau Roselló, otro testigo vivo de la noche de los 80.

La llegada del VIH lo cambió todo. "Antes del sida se vivía todo de una manera mucho más lúdica. Supuso u antes y un después. Hubo mucho miedo, mucho estigma, no sabías de donde te venía", recordaba Roselló. Pero no solo fue el sida lo que terminó mermando el ambiente de la zona, el cierre progresivo de locales y bares también influyó sobremanera en el cambio de paradigma de la zona. "Uno detrás de otro iban cerrando y luego ya no podían abrir por tema de licencias", comentaban algunos de los asistentes. Otros insinuaban que la llegada del empresario Bartolomé Cursach también tuvo un impacto significativo. "Todo el que quería abrir tenía que pagarle".

Marina Serra, en los últimos compases del recorrido, reflexionaba en voz alta sobre la importancia de que existan espacios libres y abiertos al colectivo: "Afecta no tener lugares donde expresarnos, reconocernos y encontrarnos". Se habló también del Status, un local de ambiente en que irónicamente "te llamaban la atención si te besabas", y de El Sombrero, garito subterráneo y clandestino regentado por la histórica Pepa, "una de las más veteranas".

El recorrido, sin embargo, finalizó con otra pequeña reflexión, esta vez a cargo de Cati, testimonio del lesbianismo de entonces. "La dificultad que teníamos nosotras era que teníamos que hacer algo más clandestino, pero teníamos amigos gais que nos ayudaban. Tampoco podíamos compartir lugares sexualizados como las saunas y, si eras abierta y ligabas más, estabas mal vista tanto como lesbiana como heterosexual". Ahora, Cati cree que el apoyo entre unas y otras es fundamental para mantener la salud del colectivo en tiempos "difíciles": "Debemos apoyarnos siempre".

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