Patrimonio
Lo que esconde por dentro el edificio de Gesa en el Paseo Marítimo de Palma
La visita, organizada por el COAIB, muestra cómo la construcción continúa resistiendo el paso del tiempo a pesar de llevar años abandonado

FOTO: M. Mielniezuk | VÍDEO: Karla Huízar
Dos ejemplares de este mismo periódico presiden una de las mesas de la primera planta del edificio de Gesa en el Paseo Marítimo de Palma. Son dos ediciones de 1996 y, aunque hayan transcurrido 30 años, los problemas de los isleños continúan siendo los mismos. “La ocupación en hospitales y clínicas de Mallorca llega a límites de saturación” y el más moderno: “Baleares alcanza un récord histórico de turistas en invierno al rozar el millón”. Problemas enquistados, como el futuro del propio edificio. El Ayuntamiento se hizo con este espacio hace un año, pero su propuesta de construir dos equipamientos municipales soterrados, un aparcamiento subterráneo de 700 plazas y la prolongación de la calle Joan Alcover hacia el Passeig Marítim ha recibido el rechazo de Vox y de la izquierda.
Impresiona entrar por primera vez en un símbolo de la fachada marítima de Palma como es el edificio de Gesa. Hace prácticamente 20 años que está abandonado, pero continúa formando parte de la rutina de miles de residentes, de mallorquines y de turistas que pasean por los alrededores, o recorren en coche el Paseo Marítimo. A lo lejos, impone. Y por dentro, todavía más. “Querían algo con impacto que reflejara la importancia de Gesa en el progreso y la capacidad tecnológica”, explica José Ferragut, sobrino de quien ideó la construcción, y el guía de la visita organizada por el Col·legi Oficial d’Arquitectes de les Illes Balears (COAIB), que se adelanta al futuro: “Me imagino que no llegaré a ver el final del edificio”.
Entrada al edificio
En la puerta de acceso, una veintena de personas esperan para acceder al edificio. Sobre todo, son arquitectos o relacionados con esta profesión. También hay alguna artista y alguna funcionaria. Antes de entrar, hay un pequeño jardín con una bicicleta rota en el centro, un baño portátil en una de las esquinas y muchas, muchas, malas hierbas que crecen.
Hay que ponerse un peto y un casco y, en algunas zonas que no hay luz, los voluntarios alumbran con linternas. Tras la puerta principal, se intuye una realidad que luego no se cumple. A la izquierda, decoran la primera sala una mesa de Coca Cola, una escoba con su recogedor y a la derecha, una mesa como si fuera de un portero o de un vigilante de seguridad con un ventilador en el suelo y demás utensilios en desuso. Parece que sería la tónica habitual de la visita, pero nada más lejos de la realidad.
Auditorium sin uso
Los elementos decorativos son bonitos. Resisten el paso de los años, incluso tras la presencia de algunos ocupantes que han habitado el lugar. Una pared tapiada con ladrillos evidencia la preocupación por evitar nuevas entradas en un lugar emblemático. Muchos muebles están recogidos y apartados en una esquina. El auditorium está en un muy buen estado con sus butacas y chapas de madera en las paredes.
La visita sigue hacia la primera planta, donde había algunos de los despachos de dirección. Se comienzan a observar algunos de los privilegios de su ubicación: sus vistas al mar y a los lugares emblemáticos de la ciudad como el Castillo de Bellver, la Catedral o el centro histórico. Impresiona tener la oportunidad de ver desde un poco de altura lo que se acostumbra a caminar o a recorrer en coche zonas a ras de suelo. Hay algún boquete en el techo y, en el suelo, signos de humedad.
Vistas al mar
Se tardan unos buenos segundos en cruzar toda la planta para seguir con el recorrido. Comienzan las oficinas. Son espacios diáfanos con pocos muros. El mobiliario está amontonado cerca de las paredes y en el suelo, la moqueta revive una estética vintage que, con un poco de cariño, pueden tener una segunda vida.
En una de las salas, dos ejemplares de este diario presiden una mesa cercana a las ventanas enfrente del mar. Y, en el espacio más próximo al Palacio de Congresos, excrementos de animales secos y algunas plumas resaltan en una habitación en la que debieron coincidir muchos trabajadores.
Una carta de amor
El recorrido sigue en la sexta planta. El espacio es exactamente igual que las oficinas del primer piso. Solo tiene dos diferencias: las vistas son mejores porque se gana altura, pero lo más llamativo es una carta que permanece en una de las mesas apiladas de la sala, como si el tiempo se hubiera parado. Es una historia de amor que acaba con unas conclusiones desoladoras: “Hoy tengo 39 años; estoy interno en un hospital, soy inútil y voy a morir abandonado por mis padres, amigos y por ella. ¿Su nombre? Cocaína. A ello le debo mi amor, mi vida, mi destrucción y mi muerte”. Es un texto atribuido a Freddie Mercury, que lo escribió antes de morir de SIDA y que fue impreso el 26 de abril de 2005.
Se continúa subiendo escaleras en el último tramo de la visita. Muchos excrementos de pájaro secos anticipan la llegada de la azotea. Es quizás la parte más descuidada con varios grafitis más, pero vale la pena por las vistas panorámicas de toda la bahía y el centro histórico. Disfrutar de este paisaje tras tantos años cerrados es la imagen de una oportunidad que la ciudad dejó escapar.
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