Polémica entre los amarristas alemanes de Club de Mar a escasas semanas de su reapertura
El renovado puerto deportivo podría abrir a finales de marzo, pero entre los socios predomina el malestar por las nuevas condiciones impuestas por la Autoridad Portuaria

Imagen de uno de los cuatro nuevos edificios de la nueva sede del Club de Mar / Bernardo Arzayus
Johannes Krayer
No termina de arrancar el nuevo Club de Mar, en el Paseo Marítimo de Palma. Los modernos edificios, que debían estar operativos desde hace casi un año, previsiblemente abrirán el 30 de marzo. Para los socios se prevé una fiesta oficial en julio. El ambiente, sin embargo, difícilmente será festivo: muchos de los cerca de 200 miembros están indignados por las nuevas condiciones de concesión impuestas al club tras su renovación.
Como informó Mallorca Zeitung en agosto de 2025, durante el periodo de reforma —iniciado en 2020— los socios ya no pudieron alquilar ni vender sus amarres como antes. Debían mantenerlos durante cinco años hasta la renovación de la concesión o venderlos antes del inicio de las obras.
Ni vender ni alquilar
El verdadero golpe llegó en 2025, cuando esas limitaciones pasaron a formar parte de la nueva concesión de la Autoridad Portuaria. En la práctica, los socios siguen sin poder alquilar ni vender sus amarres. A partir de ahí comenzó la oposición.
Entre otros movimientos, surgió un grupo de propietarios alemanes de amarres que, bajo la dirección de Horst Luft (nombre ficticio), planteó inicialmente una demanda colectiva contra el club. Entretanto, Luft —que solo pasa temporadas esporádicas en la isla— ha cedido la coordinación a Thomas Ulrich (nombre ficticio), residente en Palma, quien explica la situación actual.
Una demanda contra el club sería el golpe final
Ulrich representa a un grupo de unos 15 propietarios, en su mayoría alemanes, que buscan defender sus derechos frente al procedimiento aplicado por el Club de Mar. Sin embargo, la acción legal prevista se dirigiría contra la Autoridad Portuaria y no contra el club. “Si demandáramos al club y ganáramos, sería su sentencia de muerte. Y nosotros queremos que el Club de Mar siga existiendo”, afirma.
Además, subraya que las condiciones de la nueva concesión proceden de la Autoridad Portuaria, no del propio club. Paralelamente, otro grupo de socios prepara una demanda distinta, esta vez directamente contra el Club de Mar.
Se sienten ignorados por el club
Ulrich y sus compañeros consideran que Club de Mar no les ha tomado en serio. “La asamblea de socios del verano pasado fue una auténtica farsa, completamente desorganizada, y parte de la directiva se comportó de forma grosera”, critica.
Según su relato, uno de los miembros del consejo llegó a gritar a un socio durante su intervención. “Son situaciones difíciles de imaginar entre personas civilizadas”, asegura. No obstante, el club habría dejado entrever que también estudia acciones legales contra la Autoridad Portuaria por la cuestión de los amarres.
La postura del Club de Mar
La portavoz de Club de Mar confirma esa intención: “Hemos presentado una demanda, aunque prevemos que el proceso hasta una decisión se prolongue durante bastante tiempo”. No pudo confirmar, en cambio, si Club de Mar es el único puerto al que se han impuesto estas condiciones. El grupo encabezado por Ulrich denuncia precisamente un trato desigual.
Silencio de la Autoridad Portuaria
La Autoridad Portuaria, por su parte, no ha respondido a varias solicitudes de información. En agosto pasado, su entonces portavoz explicó que la concesión otorgada al Club de Mar no permite la cesión de los amarres por parte de los socios. “Los miembros no son propietarios de los amarres, solo tienen derecho a utilizarlos mientras la concesión esté vigente”; por ese motivo, no se permite ni su alquiler ni su venta.
Posibilidad de nuevos apoyos
La portavoz de Club de Mar afirma comprender el malestar, especialmente entre quienes adquirieron el amarre como inversión. Recuerda además que el club mantiene la oferta de recomprar los amarres según las condiciones de 2020, aunque pocos socios parecen dispuestos a aceptarla, dado que los precios han subido notablemente desde entonces. “Sería un mal negocio”, critica Ulrich.
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