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Las bodas de oro del Puig de Sant Pere: "Este barrio ha tenido mucha vida, ahora todo el centro de Palma lo están transformando en guirilandia"

Este 2025 se cumplen 50 años de la reforma de la barriada del Puig de Sant Pere, impulsada tras el derrumbe de un edificio que provocó dos muertes. Los vecinos han decidido celebrarlo con la recreación de una obra de teatro que homenajea a varias figuras históricas del barrio, mientras intentan preservar su identidad y sobrevivir al empuje de la gentrificación

LOCAL. OBRA DE TEATRO DE LOS VECINOS DEL BARRIO DEL PUIG DE SANT PERE.

LOCAL. OBRA DE TEATRO DE LOS VECINOS DEL BARRIO DEL PUIG DE SANT PERE. / GUILLEM BOSCH

Pere Morell

Pere Morell

Palma

Las bodas de oro son la celebración de toda una vida llena de amor y mentiras. Un acto entrañable que se disuelve ante la triste tesitura que vive la Palma actual, porque ¿cómo puede un barrio celebrar sus 50 años si no tiene vecinos que lo recuerden? Este 2025 se cumplen cincuenta años de la reforma de la barriada del Puig de Sant Pere, impulsada tras el derrumbe de un edificio que provocó dos muertes y que dio lugar a la reestructuración integral de una barriada humilde, pero con alma.

La joya inmobiliaria se ha visto envuelta en una colonización moderna por cometer el peor delito que puede cometer cualquier zona de Mallorca: tener buenas vistas al mar, lo que convierte al barrio en una mina de oro para la explotación turística.

«Se me cae el alma al ver cómo están transformando todo el centro de la ciudad en guirilandia», explica Rafa Pizarro. Hijo de andaluces, Pizarro llegó a Mallorca con 10 años, en la década de los 60, y vivió en el Puig de Sant Pere hasta 2011: «Antes todo el trabajo era de proximidad: mi padre era carpintero aquí, mi madre limpiaba en la Llotja, mi hermana hacía tapas en un bar cercano y yo trabajaba en Correos».

RAFA PIZARRO VECINO DEL PUIG DE SANT PERE

Rafa Pizarro llegó a la barriada con 10 años y vivió toda una vida en el Puig de Sant Pere. / Manu Mielniezuk

Pizarro se define a sí mismo como un «foraster integrat»: «Yo era cartero y siempre saludaba a todo el mundo con un ‘bon dia’, y mucha gente me decía: ‘Habla en cristiano’».

El palmesano asegura que antes el barrio estaba «muy dejado a la madre de Dios», pero tenía un «gran ambiente». «Éramos seis y teníamos que buscar un piso para todos; durante mucho tiempo dormí en una cama plegable en el comedor. Entiendo muy bien a la gente que hace mil kilómetros para poder comer, sea blanca o sea negra», sentencia Pizarro.

Remodelación del Puig de Sant Pere

El Puig de Sant Pere data sus orígenes en la época musulmana, reflejándose en sus calles laberínticas y estrechas. El lugar fue durante muchos años un pequeño barrio de pescadores. En 1974, el derrumbe de una vivienda provocó la muerte de dos personas, una tragedia que impulsó la renovación de un barrio muy pobre, pero bien situado.

Las nuevas casas se construyeron respetando el estilo tradicional y una de las condiciones para su adjudicación fue que se entregaran a personas que ya vivían en el barrio. Una lucha vecinal que permitió la continuidad de una comunidad de vecinos, algo impensable hoy en día, cuando cualquier intervención genera recelo entre los habitantes ante el riesgo de que la 'renovaciónse convierta en la antesala de la gentrificación.

«Esta barriada ha tenido mucha vida y una etapa muy bonita que he tenido la suerte de vivir», asegura Pizarro.

A la revalorización del barrio también han contribuido dos equipamientos clave: el museo Es Baluard, ubicado en la antigua fortaleza, y la biblioteca pública de Can Sales, ambos situados en extremos opuestos de la plaza de la Porta de Santa Catalina.

Micaela Llull, de la Asociación de Vecinos del Puig de Sant Pere, actuó en la obra de teatro.

Micaela Llull, de la Asociación de Vecinos del Puig de Sant Pere, actuó en la obra de teatro. / Guillem Bosch

Aunque no todo fue perfecto, el Puig de Sant Pere también tuvo que luchar contra la droga, que dejó un rastro de miseria y muerte. «Fue muy duro», recuerda Pizarro.

Sin embargo, a partir de los años noventa el barrio empezó a ser devorado por el lujo y a expulsar vecinos. «Ponían hoteles de cinco estrellas, con habitaciones de mil euros, y empezaron a comprar todos los negocios. Muchos hijos han vendido la casa porque no podían mantenerla y ya quedan muy pocos», sentencia Pizarro.

Obra de teatro

El viernes 19 de diciembre, Pilar Cámara, Fani Coll, Micaela Llull, Pepa Vélez y Rafa Pizarro dieron vida a las historias del lugar en ‘Barri: 50 anys del Puig de Sant Pere’, una obra de teatro impulsada por la Asociación de Vecinos del Puig de Sant Pere, Santa Creu y Sa Llonja, que nació con el gran objetivo de preservar la memoria colectiva del barrio.

Fani Coll se encarnó a sí misma en la representación.

Fani Coll se encarnó a sí misma en la representación. / Manu Mielniezuk

La presentación fue todo un éxito y la biblioteca Can Sales se llenó para escuchar historias conocidas y desconocidas del barrio. «Queríamos dar voz al barrio», explica el director del proyecto, Dani García, quien se encargó de recopilar y adaptar los textos.

Los actores y el director de la obra 'Barri: 50 anys del Puig de Sant Pere'.

Los actores y el director de la obra 'Barri: 50 anys del Puig de Sant Pere'. / Manu Mielniezuk

La obra aborda precisamente la pérdida del barrio a través de personajes como Laura Cora, una migrante italiana interpretada por Pepa Vélez. Integrada en el idioma y muy implicada en la vida comunitaria, Cora impulsó proyectos como el Repair Café, pero ha tenido que abandonar el barrio debido al precio de la vivienda.

«Queríamos homenajear a todas estas personas; a veces la gente de fuera quiere más a nuestra isla que nosotros mismos», explica Vélez. «Reivindicamos que Mallorca es un lugar abierto. Yo formo parte de esa primera generación de inmigrantes que llegó a la isla; mis padres eran manchegos y vinieron a buscarse la vida», sentencia.

Micaela Llull, de la Asociación de Vecinos del Puig de Sant Pere, también participó en la obra y explica que el barrio se ha gentrificado desde que las viviendas se han liberalizado y se pueden vender. «En los últimos diez años ha llegado mucho capital extranjero», sentencia.

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