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Tribuna

También eso dolió

Cacerolada este lunes en la plaza de Cort contra la tala de los bellasombras.

Cacerolada este lunes en la plaza de Cort contra la tala de los bellasombras. / B. Ramon

Olivia Cerdeiriña

Olivia Cerdeiriña

También dolió cómo acabó todo.

De noche. Cuando la ciudad duerme y no pregunta.

Cuando no hay miradas, ni tiempo para comprender, ni posibilidad de detenerse a pensar.

Dolió que la intervención comenzara así, casi en la clandestinidad, como si la urgencia no pudiera soportar la luz del día. Como si aquello que se iba a hacer no debiera ser visto, ni acompañado, ni explicado.

Dolió el cordón policial.

No por la presencia de la policía en sí, sino por lo que simbolizaba: la separación entre la ciudadanía y un espacio que siempre había sido suyo. Personas mayores, vecinos de toda la vida, gente que solo quería mirar, entender, despedirse, quedaron al otro lado de una línea que no protegía árboles ni personas, sino una decisión ya tomada.

Dolió porque no había caos, ni violencia, ni peligro inmediato que justificara ese despliegue. Solo había gente triste, confundida, intentando asimilar que algo que formaba parte de su paisaje cotidiano estaba a punto de desaparecer.

Y dolió —y en mi «yo técnico» quizá más que nada— comprobar, una vez avanzados los trabajos, que los árboles en sus discos no presentaban pudriciones. Que al seccionarlos no apareció ese interior degradado, sino madera estructural, tejidos íntegros, vida...

Ahí el dolor se volvió más profundo.

Porque ya no era solo la pérdida.

Era la duda.

La duda de si aquello tenía que hacerse así.

La duda de si no había margen para otra gestión.

La duda de si la prisa, el silencio y el blindaje eran realmente compatibles con una decisión técnica sólida y serena.

Los árboles cayeron.

Eso ya es un hecho.

Pero lo que queda es una herida menos visible: la sensación de que algo se rompió entre la institución y su gente. Que faltó tiempo. Que faltó escucha. Que faltó la humildad de admitir que, ante un patrimonio vivo y maduro, la cautela no es debilidad, sino una responsabilidad.

Aquellos árboles no eran solo individuos vegetales: eran paisaje, memoria, infraestructura viva, patrimonio natural compartido.

Y duele pensar que quizá, solo quizá, si todo hubiera ocurrido a la luz del día, con diálogo, con contraste y sin prisas, hoy no estaríamos escribiendo esto.

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