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El olvidado astillero de la Calatrava emerge gracias a una investigación

Juan Tous publica un libro en el que rescata la memoria de una atarazana que operó en el siglo XVIII en el foso del Baluard del Príncep

Su historia también es la del 'mestre d'aixa' Juan Real y los apreciados jabeques que construyó allí

Dibujo del astillero del siglo XVIII que dio origen a la investigación de Juan Tous.

Dibujo del astillero del siglo XVIII que dio origen a la investigación de Juan Tous. / Cristóbal Vilella

Jaume Bauzà

Jaume Bauzà

Palma

El foso que se extiende a los pies del Baluard del Príncep acogió en el siglo XVIII el astillero de la Calatrava, un espacio que se borró de la memoria de los palmesanos hasta que Juan Meliá Tous lo ha rescatado del olvido. El descubrimiento casual de un dibujo en el Archivo de Simancas dio pie a este coronel de artillería retirado a investigar sobre esta atarazana y recoger su historia en 'El Astillero de la Calatrava'. El libro se presentará en la Biblioteca de Cort el 18 de diciembre a las 19:00 horas.

"Ha sido una labor detectivesca porque hay muy poca documentación sobre la existencia del astillero", explica Tous, nacido en Palma en 1941 y afincado en Canarias. Casualmente, este estudioso de la historia naval vivió en las Casas Militares que se levantaban junto al Baluard del Príncep y que se demolieron en 2007, dando lugar a la actual plaza de la Porta del Camp.

"Aquel dibujo fue fundamental y el hecho de que estuviera en el Archivo de Simancas tiene una explicación. En Madrid solicitaron a Cristóbal Vilella, un pintor mallorquín que vivía en El Terreno, información sobre los jabeques que se construían en el Baluard del Príncep. Porque en el momento de botar algunos de ellos hubo un gran temporal y se quedaron medio hundidos. Así que Madrid quería una imagen de lo que había pasado y Vilella hizo un dibujo secuencial", destaca Tous.

Y resulta muy descriptivo. Se ven tres jabeques semihundidos en el agua, un espacio en tierra el que se realizan labores de reparación y construcción de barcos, y al fondo siete arcos que se han restaurado recientemente y que se levantaban en el acceso a la Porta del Camp. Fue el punto de partida de una investigación en archivos y museos para rescatar del olvido la existencia de un astillero que operó al menos desde 1750 (la primera referencia documental de la que hay constancia) y que cesó su actividad a finales del siglo XVIII.

El astillero de la Calatrava ocupaba el actual foso del Baluard del Príncep.

El astillero de la Calatrava ocupaba el actual foso del Baluard del Príncep. / DM

Para reconstruir la historia del astillero, Tous ha seguido las huellas de un personaje fundamental, el 'mestre d'aixa' Juan Real, un mallorquín que en su día fue muy solicitado por su arte para la construcción naval y que desarrolló parte de su trabajo en el astillero de la Calatrava (así era conocido por la sociedad palmesana de entonces). "Buscaba las maderas en los bosques de la isla y elegía las más adecuadas para construir los jabeques, lanchas y galeras, aunque en esa época esta última tipología ya no estaban tan de moda", subraya este investigador, que también lamenta el desconocimiento que existe sobre Real.

Los jabeques, "genuinamente mallorquines"

"Este maestro construía los barcos que luego mandaba Antoni Barceló, conocido como el Capità Toni. Este sí un personaje muy conocido que de alguna manera eclipsó al 'mestre d'aixa'", apunta Tous.

Otro de los protagonistas del libro y de la historia del astillero son precisamente los jabeques, "barcos genuinamente mallorquines, aunque de origen sarraceno, que en aquella época estaban muy de moda y que se utilizaban tanto para la guerra como para el transporte de pasajeros". De hecho, apunta el autor, con estos buques "se iniciaron las rutas de navegación entre Mallorca y la península, sobre todo a Barcelona".

Los barcos que construyó Juan Real en el astillero de la Calatrava también combatieron en el sitio de Gibraltar o en Argel. Fueron años de esplendor para este espacio que empieza a desdibujarse a finales del siglo XVIII y del que se pierde su rastro en el XIX. "Y así habría seguido siendo si no hubiera encontrado aquel dibujo", celebra Tous.

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