Bares normales, entrega 20
Pedro y Katty traspasan el bar La Última Parada: «Inventamos el bocadillo trifásico en Mallorca, nos ofrecemos a enseñar todo lo que sabemos»
Pedro Fernández y Katty Borrás se jubilan. Son una institución entre el vecindario de Camp Redó en Palma. Regentaron el bar del mercado municipal del barrio hasta su cierre y en 2019 se trasladaron al local de la calle General Riera que antaño coincidía con la última parada del bus y por donde también pasaba el tranvía hasta Establiments. Buscan a un sucesor que ame la profesión y la buena cocina tanto como ellos

Bar La Última Parada / Bernardo Arzayus

Pedro Fernández pasa la bayeta sobre la barra del bar La Última Parada, en la calle General Riera de Palma. Son cerca de las 16 horas y es hora de bajar la barrera. Cuenta que va a cumplir 67 años. «He esperado a mi mujer para jubilarme», espeta señalando a su parienta, Katty Borrás. Llevan año y medio buscando sucesor digno para su negocio. «Nos gustaría que fuera un matrimonio como nosotros o una familia que llevara las cosas un poco como las estamos haciendo ahora», revela esta pareja que lleva batiéndose el cobre durante 45 años en el Camp Redó, en Palma.

Pedro Fernández y Katty Borrás, en el bar Última Parada, para el que buscan sucesor / Bernardo Arzayus
Fueron el alma del bar del mercado de Camp Redó
Pedro y Katty son toda una institución en la zona. Despacharon durante muchísimos años en el bar central del mercado municipal del barrio, un punto neurálgico ahora cerrado a cal y canto y que suma enteros a la degradación de un gran barrio que tiene todo el derecho a estar en la agenda del alcalde de turno, sea de derechas o de izquierdas. El matrimonio también defendió un exitoso puesto de comidas preparadas justo al lado del bar. «Fuimos de los últimos en marcharnos del mercado. Todavía mantenemos a muchos clientes de allí», apuntan. Además de sus antiguos parroquianos y vecinos de este barrio humilde de Ciutat, «también merendaban aquí bomberos y personal de Radio Nacional de España, ahora tenemos a muchos funcionarios que trabajan en las dependencias del Consell que están en el edificio de la Llar de la Infància, justo aquí enfrente». Es el caso, por ejemplo, del alcalde de Moscari, Rafel Gelabert, trabajador de la institución insular que paga en la barra después de haber disfrutado de un plato de merluza a la mallorquina.
"Me ofrezco a enseñar todo lo que sé"
La etapa de Pedro y Katty en La Última Parada arranca tras cerrar las puertas del establecimiento que regentaban en la plaza de abastos, dos bares a menos de medio kilómetro el uno del otro. La búsqueda de locales no duró demasiado. «Era el año 2019. Se traspasaba este, que estaba muy viejo, y le hicimos una reforma para poder trabajar como tocaba», cuentan. Ahora les toca retirarse a ellos por edad. «Tenemos dos hijos que se dedican a otros menesteres y están muy bien. De momento, no encontramos reemplazo. Me ofrezco a enseñar todo lo que sé, no quiero que se pierda nuestra manera de trabajar. Ha pasado por aquí gente interesada, pero no lo hemos visto nada claro. También se interesaron empresarios chinos, pero al final no cuajó la cosa», comentan. «Este bar funciona y nosotros queremos que siga funcionando», añaden con ojos de cariño.

Clientes durante el desayuno / Bernardo Arzayus
Última parada del autobús y también parada del tranvía a Establiments
La trayectoria del bar La Última Parada -que tuvo otros dueños- ya supera el medio siglo y esconde un secreto de la historia de Palma. Su nombre ya ha perdido el sentido inicial, pero cuando se fundó era muy elocuente. Allí se levantaba la última parada del autobús y también pasaba el tranvía hasta Establiments. Unos metros más allá, donde hoy se encuentra el Carrefour, estaban las puertas de las cocheras y talleres de Cas Capiscol de lo que primero fue la Sociedad General de Tranvías, quebrada en 1971. Luego se transformó en Sociedad Anónima Laboral Mallorquina de Autobuses o SALMA, que tras su fracaso se convirtió en Empresa Municipal de Transportes en 1985.
Pero todo esto no tiene que ver únicamente con un medio de transporte, «también es mi última parada», confiesa Katty. «De aquí a la jubilación, me prometí. Desde que entré en este bar tuve claro que no iba a ir a otro lugar, por eso no le cambiamos el nombre», reconoce.
¿Qué es el bocadillo trifásico?
La Última Parada de los postreros seis años es un heredero directo de la cocina que Pedro y Katty practicaban en el mercado. «Hacemos desayunos, tapas y plato del día». Son los inventores confesos del bocata trifásico: «Con lomo, queso, bacon, pimiento verde a la plancha y cebolla. Ahora otros ya lo hacen, pero lo creamos nosotros y ha tenido mucho éxito», aseguran.
Lo que han dejado de cocinar es el pulpo, «lo trabajábamos muchísimo en el mercado, pero ahora está a un precio… Hacíamos pica-pica o trempó de pulpo».
Pedro es quien maneja las cazuelas. Se vino de Linares (Jaén) a Mallorca con 15 años. Como muchos peninsulares del sur, no vieron futuro al trabajo en el campo. «Mi padre cosechaba algodón». Y se decantó por la hostelería cuando la balearización comenzaba a apretar. A los 16 empezó a trabajar en la cocina de la policlínica Miramar de Palma. Y compaginó este trabajo con el del bar en el mercado, que lo llevaba con su hermano. «Me llamaron de la mili, me destinaron a Burgos. Allí también cociné. A mi regreso me casé con Katty y nos pusimos al frente del bar», relata. Han sido muchos años de desparpajo entre fogones, sirviendo callos, lengua, frit, albóndigas, champiñones, carne en salsa y ensaladilla. «Los payeses que venían al mercado nos tenían mucho cariño. Nos dio mucha pena cerrar. Pensamos que el Ayuntamiento no apostó por la plaza de Camp Redó, no escuchó los problemas que había y acabó todo yéndose a pique», rememoran.
'Variats' famosos por su carne en salsa
A día de hoy siguen despachando variats en La Última Parada. «Solo de un tamaño, mediano, pero es grandecito, lo servimos generoso. Cuesta 8,25 euros. Mucha gente viene a propósito por el variat. Gusta mucho nuestra carne en salsa», subrayan. No falta la tortilla de patata casera, «de las gorditas». «Hacemos también bocata del día, a 5,50 euros con la bebida. Los lunes hay bocatón de tortilla de patatas. El jueves, de calamares. También hay pepito de pollo y el viernes, bocadillo de barra con hamburguesa y queso», enumeran.
El plato del día, a 6,50 euros, es cien por cien casero. «Los jueves hay paella. Hacemos sopas mallorquinas o potajes los martes. Los miércoles toca pescado. Tenemos un cupo de platos al día. La gente que viene diariamente se apunta al plato del día, a la lista que tenemos».
A pocos minutos de echar la barrera (ya son las cuatro de la tarde), reina el silencio. Horas antes la música antigua invadía la sala. «Siempre la ponemos y gusta mucho a nuestros clientes. Antes han sonado Nino Bravo, Julio Iglesias o El gato que está triste y azul de Roberto Carlos». El ambiente es familiar. Vierten en la taza el mejor café de la zona. «Es una mezcla propia de tres tipos diferentes».
Con la jubilación, Pedro tiene claro a qué dedicará su tiempo, además de a su familia. «Pertenezco a una hermandad de católicos. Cocinaré para los jóvenes y ayudaré al prójimo».
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