Restauración
Cierra la pizzería Giovanini tras 35 años, uno de los últimos refugios de la clientela mallorquina en La Lonja
Este viernes se despide una pizzería de La Lonja, de ésas de toda la vida. Después de 35 años, la pizzería Giovanini cierra. El contrato de Miguel Turmo expiró, y la oferta de renovación era por más de 6.000 euros al mes. «Me hubiese gustado seguir, pero era imposible», asegura.

Miguel Turmo, en la entrada de la pizzería / GUILLEM BOSCH
La pizzería Giovanini de Palma apaga hoy su horno. Este restaurante histórico de La Lonja cierra después de 35 años de actividad. La persona que lo ha llevado todo este tiempo, Miguel Turmo, con la compañía de su inseparable cocinero, Leo Gámez, entregará las llaves en noviembre. El elevado alquiler que le pedía el propietario del local, un signo de la burbuja inmobiliaria, era inasumible para él. Desaparece así uno de los últimos ‘refugios’ culinarios de La Lonja para la clientela local, por el buen trato, la calidad de su comida y los precios ajustados.

Leo Gámez, en la cocina en la que ha trabajado durante los últimos 35 años / GUILLEM BOSCH
En su último día, se celebrará en el restaurante una cena con familiares y amigos. «Yo quería que el uno de noviembre ya estuviese cerrado, ¡por el Día de los Muertos!», ríe Turmo.
Su contrato acababa el último día de este mes de noviembre. Con el actual, pagaba 1.600 euros al mes. «Ahora el dueño me pedía entre 6.000 y 8.000 euros al mes. Cuando me lo dijo, ni me lo pensé ni negocié. Le dije directamente: ‘Te daré las llaves en noviembre, cuando acaba el contrato’. Yo hubiese seguido, porque me quedan 21 meses para jubilarme, pero era imposible», relata a este diario Turmo.
«Esos alquileres no los paga prácticamente nadie en La Lonja actualmente. Es verdad que hay uno que paga unos 10.000 euros, ¡pero es que es toda una finca! Si me hubiese dicho, entre 2.500 y 3.000, igual me lo pensaba», manifiesta. Él lleva vinculado toda su vida a la calle Apuntadors de la Lonja, donde está la pizzería.
Sexta Flota
Aquí, en la antigua casa de comidas La Paloma, se conocieron sus padres, originarios de Huesca y Madrid. Aquí pasó su infancia. Aquí jugó con los soldados estadounidenses de la Sexta Flota que hacían escala en Palma. Aquí se hizo adulto. Y aquí ha trabajado la mayor parte de su vida.
Turmo ha vivido la evolución de la Lonja, hoy convertida en una zona tomada por restaurantes y bares que están enfocados en la clientela extranjera y que los palmesanos no suelen frecuentar.
Como él, la historia del Giovanini es un reflejo también de cómo ha cambiado el barrio. Empezó siendo un almacén de un restaurante.
A principios de los ochenta fue un bar de heavies. Se llamaba Bar El Castillo. Iban muchos chavales, cuenta Turmo. Aparcaban sus motos enfrente. Los problemas de tráfico eran tremendos. Unos empresarios de la zona, cansados de las aglomeraciones que provocaba el local, lo alquilaron. Montaron un piano-bar: Los Tapices.
La Lonja iba evolucionando hacia una zona de bares de copas. Cada fin de semana, multitudes de jóvenes mallorquines se desperdigaban por las callejuelas de la Lonja en busca de fiesta, para desesperación de los vecinos.
Después se montó la pizzería. El nombre de Giovanini se explica, porque uno de los empresarios que estaba detrás era el dueño de otra pizzería de la zona: Giovani, al lado del Abaco.
Casi 35 años
En ese momento, principios de los noventa, entró en escena Turmo. Poco se imaginaba que iba a empezar una aventura empresarial de casi 35 años.
«A mí me llamaron esos empresarios, a los que conocía. ‘Mira de coger el local, todo está montado ya, es una oportunidad’, me dijeron. Yo estaba trabajando en el Casino y en marzo de 1991 lo cogí», recuerda, antes de incidir en cómo se ha ido transformando la clientela de esta zona.
«Antes, en la Lonja, había más cliente local. Había más sitios para tomarse un vino, sin más. Estaba el Pope, que era un restaurante que tenía tapas. Hacían también un menú del día. Estaba La Cueva, otro bar a la que la gente iba a tomarse un vino. Cuando abrió el Abaco, ya empezó a haber una transformación fuerte. Se empezó a ver gente muy elegante en la calle. Hoy en día, hay muchos sitios. Sitios caros, pero eso no quiere decir que sean buenos», comenta.
«Sensación agridulce»
Deja el negocio con una sensación «agridulce». Dice que ahora va a disfrutar más de la vida. Viajando, por ejemplo, porque hasta ahora sólo lo podía hacer una vez al año. Pero también le da «mucha pena». «He tenido mucha relación con los clientes», dice Turmo, quien explica cómo esta misma semana ha quedado para desayunar con un cliente inglés habitual del restaurante.
Pero había más ‘devotos’ de la pizzería, como un mallorquín que, desde hace 25 años, iba a comer cada sábado. O dos matrimonios extranjeros que se hicieron amigos al coincidir en el restaurante siempre que estaban de vacaciones en Palma. O los niños que iban con sus padres a comerse una pizza y que siguieron haciéndolo una vez se hicieron mayores, en compañía de amigos o parejas. O el cónsul alemán que comía diariamente un plato de espaguetis. Sin falta.
Todos ellos se quedarán un poco huérfanos a partir de ahora, porque un sitio al que uno va con frecuencia por gusto, año tras año, no deja de ser un poco un hogar.
¿Qué futuro le ve Turmo al negocio que vendrá en vez del Giovanini? «¡Seguro que un sitio más para turistas!», responde con sorna este palmesano.
Pero ésa será ya otra historia. Un capítulo más en la vida de este local de la calle Apuntadors, que, a su manera, simboliza la evolución contemporánea de La Lonja y, a su vez, de la ciudad.
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