Miquel Aguiló, ante el cierre de la mercería Ca Donya Àngela, la tienda más antigua de Palma: «Estoy enfadado y quiero jubilarme»
El propietario del negocio en la calle Jaume II revela su cansancio y asegura que ya se le ha «acabado la paciencia»
El anuncio del cierre ha atraído a aún más compradores. Muchos vecinos palmesanos se acercan a comprar cualquier cosa como excusa para dar conversación y ánimo

B. Ramon

El final de un negocio emblemático siempre puede ser el inicio de otro. Pero en la Palma de las franquicias y los souvenirs, el cierre de la mercería Ca Donya Àngela, ubicada en la calle Jaume II y la tienda más antigua de la ciudad, supone despedirse de otro local familiar, de otro comercio donde el propietario te saluda por tu nombre y te aconseja. Es una herida abierta que nunca sana, y que cada día que pasa se infecta sin remedio y duele un poco más.
Cuando Ca Donya Àngela fue fundada, en 1685, menos de 30.000 personas vivían en Palma. El negocio ha sobrevivido a la guerra de Sucesión española, entre austracistas y borbónicos, y a la Guerra Civil, entre franquistas y republicanos. Pero no ha podido resistir a la gentrificación, la modernidad, la falta de relevo familiar y el cansancio.
«Llevo 44 años aquí. Hace tiempo que quiero cerrar y quiero irme», explica su propietario, Miquel Aguiló, quien asegura que ha «agotado la paciencia». El propietario también añade que «está enfadado y quiere jubilarse», aunque sin dirigir su rabia hacia ningún sitio con sus palabras. Aun así, en su rostro —en unos ojos que hablan más que miran— se refleja el hastío de convertirse en parte del decorado de una Palma que ya no se reconoce a sí misma.
Entre el interminable y masivo reguero de turistas que cruzan sin parar la calle Jaume II un lunes 27 de octubre por la mañana, un grupo numeroso de alemanes se detiene unos minutos delante de la tienda. Con cara de bobo, observan la fachada, mientras alguien les explica la historia de la mercería.
«¿No ves porque se me ha acabado la paciencia?», comenta con una sonrisa irónica Miquel Aguiló, que no deja de trabajar ni un momento mientras dura la entrevista.

La mercería Ca Donya Àngela, la tienda más antigua de Palma en la calle Jaume II / B. Ramon
Más compradores
El anuncio del cierre ha atraído a aún más compradores: «Esta es la mercería que va a desaparecer, ¿no? Salió en el Diario», dice una mujer. Muchos vecinos palmesanos se acercan a comprar cualquier cosa como excusa para dar conversación y ánimo, o simplemente para charlar con Aguiló. «Que todo te vaya bien. Mucha suerte. Nosotros somos los que nos lo perdemos», le dice un vecino antes de despedirse.
El mobiliario es sobrio: un mostrador de madera y vidrio, estanterías de madera con cajoneras para guardar botones, agujas, hilos, dedales y otros pequeños utensilios. El escaparate de madera y cristal ha mantenido hasta el final el estilo característico de los años sesenta y setenta, como si el tiempo se hubiera detenido entre ovillos de hilo y botones antiguos.
El ambiente está ajetreado, pero Aguiló no deja de trabajar en ningún momento. No corre, pero tampoco se detiene, y sus clientes no tienen ningún motivo para darle prisa. «Las calzas de aquí no me hacen carreras», explica una señora mientras sonríe.
El porte de Aguiló es el emblema estereotípico del comerciante de hace cien años. Con las gafas medio bajadas, la mirada cansada pero sabia, y unos ojos que hablan más que su lengua, nunca pierde su sonrisa irónica ni la velocidad en sus respuestas.
Entre conversaciones familiares sobre el futuro del propietario, vuela entre la gente la pregunta de qué pasará ahora. Son charlas que no se tienen ante un vendedor de supermercado o de una franquicia, donde solo se busca finiquitar el trabajo rápidamente. La actitud de Aguiló, aunque lleva más de veinte minutos diciendo que debe cerrar para ir a comer, sigue siendo la misma: firme, cercana, aconsejando y haciendo bromas a sus clientes de siempre.
«No tengo mucho tiempo para la entrevista. Es muy tarde y quiero ir a comer», dice Aguiló antes de bajar la persiana.
Palma vive el final de sus negocios como quien afronta el duelo de la muerte en la vejez: duele, pero la fuerza de la costumbre ayuda a que el dolor se desvanezca en poco tiempo. Después de 340 años de actividad, cierra la última mercería tradicional que quedaba en Palma. Lo antiguo y artesanal ya no tiene cabida en una ciudad que se ha vendido y que ya no sabe volver atrás.
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