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Un llonguet en el Plata con Miquel Aguiló, propietario de la mercería Àngela, la tienda más antigua de Palma: «Los extranjeros no compran; miran, entran y se van sin saludar»

La casualidad junta a este diario con Tolo Serra, propietario del Bar Plata, y con Miquel Aguiló, en una conversación que gira en torno al estado de la ciudad, la gentrificación y los problemas que sufren los comercios emblemáticos para seguir siendo un punto de reunión para los vecinos.

«Para tener un negocio de estos en el centro tienes que estar un poco trabucat»

Un llonguet en el Plata con Miquel Aguiló.

B. Ramon

Pere Morell

Pere Morell

Palma

«Perdón por las formas en la entrevista de antes, pero tenía el reloj con el horario antiguo y pensaba que era bastante más tarde de las 2 y quería ir a comer». La casualidad, o quizás la obra del destino, quiso que este diario se vuelva a cruzar con Miquel Aguiló en el Bar Plata, tras haberlo entrevistado una hora antes por el cierre de su mercería Ca Donya Àngela, ubicada en la calle Jaume II, después de 340 años de actividad.

Con un llonguet en el estómago y junto a Tolo Serra, propietario del bar, Aguiló, el dueño de la tienda más antigua de la ciudad, debate sobre el estado de Palma, la gentrificación y los problemas que enfrentan los comercios emblemáticos para seguir siendo puntos de encuentro para los vecinos.

«La ciudad ha cambiado mucho, los extranjeros no compran; miran, entran y se van sin saludar», explica Aguiló. El comerciante revela que le ha sorprendido el ruido generado por el anuncio del cierre de su mercería: «Me esperaba algo pero no esto, aunque ahora gano más porque la golosina esa del cierre ha atraído a más gente».

«Para tener un negocio de estos en el centro tienes que estar un poco trabucat», comenta Aguiló, señalando a Tolo Serra, que replica: «Él ya cierra, pero yo aún lo mantengo». El propietario del Plata es uno de los pocos remanentes del alma que se fragmenta de la ciudad: «Todo es diferente ahora».

Aguiló asegura que ganaría mucho más alquilando el local. Hace ocho años contó que le habían ofrecido «más de 100.000 euros al año de alquiler». Recuerda claramente a Bordados Valldemossa, uno de los poquísimos locales tradicionales que quedan en la calle Sant Miquel, que reveló con pesar: «Podría ganar 8.000 euros si alquilara el local, mucho más dinero del que consigo trabajando, pero son 53 años de mi vida».

Ante el debate generado sobre que la gente con local en propiedad gana más alquilando que trabajando, Tolo Serra interviene: «Dicen los profesores de la universidad que si un autónomo no gana lo suficiente trabajando ocho horas, debe cerrar. Yo he trabajado hasta 12 horas muchas veces, con clientes que a veces no agradecen nada».

Aguiló asegura que muchos comercios sirven también como servicio público, para contentar vecinos y ser puntos de encuentro: «Deberían hacer algo para mantener eso, han cerrado muchos». A lo que Serra exclama: «¿Qué puedes hacer contra esto? Contra estos cierres, ¿cómo lo paras?»

Los dos coinciden en que se debería hacer algo para mantener la esencia de lo que era Palma. «Nosotros hacemos ciudad. Si nuestros negocios se vuelven parkings o tiendas donde no te saludan, luego nos echarán de menos», asegura Serra.

Aguiló se queda un rato más en el Plata mientras Serra sigue trabajando para servir a los vecinos. Una representación de la lucha que libran los pocos comercios tradicionales que quedan en Palma para no convertirse en meros museos o escaparates, y poder dar vida a una ciudad que se autodestruye poco a poco.

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