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La calle de Palma que dice adiós a la mercería Àngela se rinde al turismo: ya cuenta con una tienda de souvenirs cada 20 metros

El cierre de negocios centenarios evidencia la transformación de Jaume II en una arteria pensada para visitantes y no para residentes

Jordi Sánchez

Jordi Sánchez

Palma

La calle Jaume II de Palma ya no es lo que era. Lo que en su día fue una de las arterias comerciales más valoradas por los residentes de Ciutat se ha convertido en una simple vía de paso para turistas completamente despojada de su esencia e identidad local. Tiendas de venta de ropa, de gafas, heladerías, locales de souvenirs y hasta un negocio de cannabis conforman la fotografía de un espacio carcomido por la gentrificación y la masificación. Un claro ejemplo, como muchos otros en Palma, del cambio de paradigma al que viene enfrentándose la ciudad desde hace décadas.

Pasear un sábado por la mañana de finales de octubre -o cualquier otro día de temporada turística- por Jaume II y escuchar alguna conversación en castellano, o con suerte en catalán, es prácticamente imposible. El perfil del viandante es diverso, pero no local. Cruceristas, viajeros llegados en avión o turistas alojados en las cercanías de la calle conforman en gran parte la marabunta que sube o baja la calle.

El recorrido por los 160 metros de vía es incómodo. Los residentes ya curtidos cubren el trayecto entre Cort y la plaza Mayor por la calle Colón, con dos aceras y un espíritu menos 'comercial'. Sin embargo, los turistas, atraídos por la masa, terminan paseando por una arteria de tan solo 3 metros de ancho por la que miles de sus homólogos transitan a diario, espantando así a cualquier viandante con acento local.

En Jaume II, además, las tiendas de souvenirs y las de ropa han copado el mercado existente. De las primeras hay unas siete, algunas más evidentes que otras: el transeúnte se topará con alguna de ellas aproximadamente cada veinte metros. De las segundas uno pierde la cuenta en seguida.

Negocios como la joyería Bitla, la bisutería San Joan, la conocida tienda de Paraguas, el clásico colmado La Montaña o la tienda de ropa Xino's, de Pedro Mesquida, son los últimos vestigios de un comercio tradicional que durante décadas abasteció a los vecinos de Palma y que hoy lucha por sobrevivir frente a la marea turística

Jaume Segura, veterano vecino de sa Calatrava, se tiene que apartar a un lado de la calle para atender a este diario. "Ya no vuelvo más", espeta tras chocar con el brazo de un turista. Cuenta cómo hace "muchos años" venía con su mujer a Jaume II a por "cuatro cosas". "Pues se compraba el paraguas, de paso cogías unas medias y también te cruzabas con algún que otro conocido. Esa era la vida de Palma. Ahora ya no tiene, eso no existe. Hace tiempo que ya no sé ni dónde ir a comprarme los zapatos", relata antes de irse, tras verbalizar una realidad para él muy incómoda.

Una víctima del turismo

En este contexto de clara pérdida identitaria, ayer saltaba la trágica noticia: después de 340 años de actividad, la histórica mercería Ca Donya Àngela, ubicada en el número 33 de la calle Jaume II y conocida como la tienda más antigua de Mallorca, anunciaba el cierre de sus puertas de forma definitiva. Comerciantes de la zona especulan con que un "chino de souvenirs" ocupará su lugar. Un negocio que se convierte en una nueva víctima de 'la gallina de los huevos de oro' de Baleares: el turismo.

Por desgracia, el de Ca Donya Àngela no es un caso aisaldo en Palma. En tan solo dos años, comercios emblemáticos como la tienda de ropa infantil Colorins, la tienda de productos artesanales Son Vivot, Calçats Melchor, el anticuario Antiga, la Joyería Valentín o la sabateria Pedro Lladó han bajado la persiana por un motivo u otro, marcando así el fin de toda una generación de negocios locales que durante décadas respondieron con cercanía a las necesidades de los ahora padres, madres, abuelos y abuelas de Ciutat.

En definitiva, lo de Ca Donya Àngela no es solo el cierre de una mercería en Jaume II, sino el síntoma de una ciudad que se vacía de contenido mientras presume de éxito económico. Palma lleva años sacrificando su tejido vecinal y comercial en nombre del turismo, pero cada persiana que baja deja cada vez más claro que ese modelo ya no es tan sostenible. La capital balear se ha convertido en un escaparate para quien viene de fuera, mientras quienes la habitan pierden espacio, identidad y voz. Jaume II ya no es una calle: es el espejo de una ciudad que, en su afán por venderse, corre el riesgo de no reconocerse.

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