Tots Sants
Un cementerio en alerta, algunas nubes negras y mil historias
Los avisos por la DANA provocaron una menor afluencia al camposanto de Palma, que ayer cerró a las 14 horas por la alarma meteorológica. Pese a todo, no faltaron los fieles con esta cita anual para recordar a sus seres queridos

Hubo afluencia en el cementerio, pero menos en comparación con otros años / Guillem Bosch

En las catacumbas del cementerio de Palma, en la lápida más alta, donde acaba el pasillo. Allí descansa la abuela de Maria Bel y de Esperança, que murió atropellada por el tren de Inca.
Lo contaba ayer Maria Bel mientras, subida a una escalera, quitaba el ramo que trajeron el año pasado («en teoría deberían haberlo retirado», señalaban las hermanas) y ponía el de este año: gladiolos, siempre gladiolos. La abuela Esperança así lo pidió, que fueran a verla y que le pusieran gladiolos. Su madre les pidió rosas, deseo con el que también cumplen cada año.
«Venimos cada año porque la abuela lo hacía y nosotros lo seguimos haciendo; nuestros hijos estoy segura de que ya no lo harán», decía Maria Bel ya saliendo de las catacumbas.
Para ellas llevar las flores por Tots Sants es una manera de recordar la memoria de su abuela y también lo que vivieron con ella, ya que el 1 de noviembre cada año la acompañaban al cementerio: «Veníamos andando desde la calle Sant Miquel y hacíamos todos un recorrido». Cumplida la misión, las hermanas se apresuraban: «Todavía nos pillará la lluvia».

Catacumbas del cementerio de Palma / Guillem Bosch
Aunque finalmente el agua en Ciutat se hizo esperar varias horas más, toda la mañana la presencia de nubes cada vez más negras (y el recuerdo de las imágenes de Valencia) pesaban en la mente de muchos de los presentes.
Los avisos por la llegada de la DANA hicieron mella y el cementerio de Palma registró menos afluencia que otros años, pero no faltaron los fieles con la cita de Tots Sants, que se concentraron todos por la mañana ante el cierre adelantado (a las 14 horas) por la alerta meteorológica.
Muchas personas, como Esperança y Mariabel, cumplieron con su visita anual al camposanto, pero el recinto tiene un grupo de fieles que acuden cada semana «o casi cada día». Es el caso de Josefa Avellanedo, vecina de Son Cotoner, que cada poco le dice a su marido: ‘Antonio, vamos a darnos una vuelta'.Y se bajan a visitar la tumba de sus padres, su hermano y otros familiares.
El padre de Josefa murió allí mismo, en el cementerio: «En la tumba de esa esquina», contaba ayer señalando el punto exacto. Era albañil y un día (era sábado, puntualiza Josefa: los detalles quedan grabados a fuego en estas situaciones) estaba haciendo unos arreglos, resbaló y cayó en el agujero de esa tumba abierta, golpeándose la nuca con una viga.
Durante años, en un nicho situado a escasos 30 metros de donde había fallecido. Desde la tumba se veía perfectamente dónde había muerto. Luego la familia lo trasladó a otro tumba. Para Josefa es importante ir a visitar a sus difuntos: «Siempre lo he hecho». Ayer, acompañado por su prima Carmen, tampoco faltó.

Dos vecinos frente a una de las tumbas del cementerio de Palma. / Guillem Bosch
Muchas de las tumbas del recinto (las que tienen aspecto de más abandono) tienen una pegatina puesta por la funeraria municipal rogando a sus propietarios que se pongan en contacto. Otras lápidas están impecables y muestran un esmerado cuidado, como la de Alexander García Campos.
Falleció con 36 años y desde entonces su madre acude a visitarlo dos o tres veces por semana: «Es mi hijo, no lo puedo dejar, siento que tengo que venir», contaba ayer su madre, mientras arreglaba las plantas con flores que tiene sembradas delante, recolocaba algunos recordatorios apoyados en el nicho, pasaba un trapito para quitar alguna mancha. «Si no vengo, siento que le estoy abandonando», resumía emocionada.
Reflejo de la ciudad
Como todos, el cementerio de Palma encierra miles de historias. Y recoge además de la historia de la ciudad, recordaba ayer el gerente de le Empresa Funeraria Municipal (EFM), Carlos Martínez de Tejada: «En 1562 la peste bubónica dejó más de 15.000 muertos, y buscando un sitio alejado de la ciudad para enterrarlos, se dejaron finalmente aquí, en las tierras de la familia Trilli», relataba Martínez, en la puerta del cementerio, que, no fue inaugurado hasta mucho después, en 1821, con el nombre de Son Tril·lo, una denominación que ahora la EFM quiere recuperar.
Las pandemias, los cambios de costumbres y de gustos, la Guerra Civil y la represión posterior, los terribles sucesos, los años de bonanza, los avances sociales... todo puede leerse en este camposanto, que refleja también a los palmesanos.

Muchos ciudadanos acudieron al camposanto durante la mañana / Guillem Bosch
Y es que aunque la muerte nos iguale a todos, este espacio de la memoria muestra la diversidad de sus habitantes y sus familias. Así, conviven las flores de plástico con las rosas frescas; los adornos escultóricos y las solemnes frases con los escudos de equipos de fútbol y peluches; los nichos humildes con los mausoleos regios y las tumbas cuidadas con las sepulturas olvidadas... Parece que todo cabe en un recinto que sigue en transformación, buscando, en palabras de Miquel Gomila, responsable del departamento de operaciones y de mantenimiento desde hace 16 años, convertirlo en un espacio accesible y agradable, que facilite el encuentro y el recuerdo.
Los responsables de la EFM no sabían muy bien qué esperar de la atípica jornada de Tots Sants de ayer (la segunda más rara después de la de 2020, año de la pandemia). Normalmente, entre el 30 de octubre y el 3 de noviembre pasan por el cementerio de Palma alrededor de 25.000 personas: el grueso, unas 15.000, suelen ir el 1 de noviembre.
Tras el ajetreo de la mañana, ayer a las 14 horas se cerraron las puertas de acceso y el cementerio quedó vacío y silencioso. Esperando la lluvia.
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