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DEGRADACIÓN COMERCIAL

Los últimos comercios tradicionales del carrer Sant Miquel: «Estamos todos sentenciados a muerte»

Tras la mudanza de Teixits Bellver a Los Geranis tras 60 años en el emblemático enclave de Palma, solo tres comercios tradicionales sobreviven a la gentrificación. En una calle donde, antiguamente, los comerciantes y dependientes de las distintas tiendas se juntaban para ir a desayunar

Bordados Valldemossa es el único negocio de bordados del centro de Palma.

Bordados Valldemossa es el único negocio de bordados del centro de Palma. / B. Ramon

Pere Morell

Pere Morell

Palma

¿Por qué alguien decidiría mantener su pequeño negocio en el centro de Palma? Enfrascado en una lucha imposible contra el canto de sirenas de las franquicias. Con días «sin un duro en la caja». Con una ciudad con cada día más turistas y menos personalidad. Sencillamente, es un remedio contra la muerte.

«Si paso por mi tienda y veo que han puesto una tienda de zapatos, a los tres días me entierran», explica Joan Binimelis de Bordados Valldemossa, una tienda de artículos de costura tradicional.

La mudanza de Teixits Bellver a Los Geranis tras 60 años en el carrer de Sant Miquel dejo un poquito más huérfano al emblemático enclave de Palma. Aun así, todavía sobreviven pequeños comercios tradicionales en la calle. Tres pequeñas aldeas galas que resisten ante el yugo del imperio turístico que todo devora y gentrifica.

Bordados Valldemossa es el único negocio de bordados del centro de Palma. Lleva ya 53 años en el Carrer Sant Miquel. Su creador, Joan Binimelis, a sus 85 años aún acude a la tienda cada mañana como «hobby» y para «moverse y hacer trui», ya que se lo recomienda su médico.

«Antiguamente, había mucha demanda, ya que la tradición decía que las familias empezaran a hacer los ajuares de novia el mismo día que nacían las niñas», recuerda Binimelis. Sin embargo, «esta tradición ha desaparecido», y hay días donde su negocio «no hace ni un duro».

El anciano explica que la gran masificación turística no le beneficia: «antes los turistas gastaban mucho más, venían franceses a que les bordásemos el punto mallorquín, ahora me mantienen los nativos».

Joan Binimelis no sufre el drama del precio del alquiler que ataca al comercio tradicional: «El local es mío, si tuviera que pagar el alquiler haría tiempo que habríamos cerrado y yo estaría en el cielo», asegura el hombre.

Si tuviera que pagar el alquiler haría tiempo que habríamos cerrado y yo estaría en el cielo

Joan Binimelis, dueño de Bordados Valldemossa

«Podría ganar 8.000 euros si alquilara el local, mucho más dinero de lo que consigo trabajando, pero son 53 años de mi vida».

Binimelis lamenta la gentrificación de todos los barrios y las calles de la ciudad: «Los barrios no son lo que eran, antes cada uno tenía una carbonería, una lechería, una carnicería, un colmado... Ahora ¿Dónde puedes comprar leña en Palma?», asegura.

«Es ley de vida, todos nosotros estamos sentenciados a muerte», se lamenta el hombre.

Joan Binimelis formó parte de la Associació de comerços de Sant Miquel, estuvo 33 años en la directiva, pasando por todos los puestos posibles y llegando incluso a presidir la asociación.

«Antes éramos 96 asociados, ahora solo quedamos 3, porque las franquicias no quieren entrar», sentencia Binimelis.

Otro de los 3 comercios que quedan en el carrer de Sant Miquel es la Merceria Plovins. Joan Plovins es la tercera generación que regenta la tienda, la cual lleva en la calle desde el 1941.

«Antes vendía agujas, tejidos... ahora lo que se vende son calzoncillos, calcetines y estas camisetas de Menorca que le encantan a los turistas y a los locales», explica Joan Plovins.

La Merceria Plovins

La Merceria Plovins / B. Ramon

El hombre lleva en la tienda desde el 1985 y le falta «poco tiempo para jubilarse». Plovins cree que el precio de la vivienda afecta también a todos los negocios tradicionales.

«Dicen que el pequeño comercio en Palma no se debería perder, pero cada vez es más difícil que la gente viva en Palma», relata Plovins. Aun así, el comerciante asegura que la gente de «los pueblos» podría bajar a la ciudad a comprar, ya que están «al lado de Intermodal y la Plaza de España».

El hombre tiene la suerte que su abuelo compró el local y solo tiene que «pagar la mitad del alquiler», ya que si tuviera que pagar todo el arrendamiento, ya hace tiempo que habría «cerrado».

«Antes, nos conocíamos todos e íbamos juntos al Forn de la Palma de Oro, todas las dependientas se conocían. Ahora ya no conozco a nadie, solo a los antiguos», se lamenta Plovins. «No conozco a los dependientes de las franquicias, no te fas con esta gente».

Joan Plovins no oculta su tristeza por la situación: «Todo me da pena, mucha pena».

El tercer negocio tradicional es la joyería-relojería Pedro Miró, vigente desde el 1932, ahora lo regenta Pedro Miró, el hijo del fundador que lo lleva desde el 1970.

«Nuestro público es el local, hacemos muchas reparaciones, los turistas no se paran a arreglar un reloj», asegura Miró.

La relojería sobrevive al precio del alquiler que ahoga a los comercios tradicionales: «El alquiler es adecuado al terreno donde está, somos un negocio familiar e intentamos ajustar muchos los gastos», explica el relojero.

«Me da mucha pena que se mude Teixits Bellver, era amigo del padre de la actual dueña. Nosotros somos clientes y seguiremos comprando en los Geranis», asegura Miró.

«Antes nos conocíamos todos, con la asociación hablábamos con el ayuntamiento para hacer cosas para la calle», explica el hombre.

«Con las franquicias se pierde el encanto de la calle, todos los sitios del mundo se vuelven idénticos, cuando voy de viaje ya no compro nada a mis nietos, porque lo puedo encontrar aquí», sentencia Pedro Miró.

El romanticismo no da de comer, y parece que el comercio tradicional tiene su fecha de caducidad en el carrer Sant Miquel. Otra calle que será el reflejo de cualquier otra en este mundo franquicia que se está creando. Esto es el mercado amigos.

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