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Feminismo es palabra masculina

En la asignatura de lengua una de las primeras cosas que aprendíamos era que, en las frases, algunas palabras tenían género. Bueno, tener, tener, sólo tenía género el nombre, que era quien condicionaba la concordancia de los adjetivos, pronombres, artículos y participios.

Por eso, para organizar el lenguaje, en el diccionario, muchas palabras van acompañadas de la sigla f. o m. para indicar si es femenina o masculina. Por ejemplo, la palabra «casa» es femenina y la palabra «feminismo», qué curioso, es masculina. Algunas, como «ciclista» están indicadas como f. y m., tienen los dos géneros.

Estas cosas de la gramática deben de consternar a más de uno que no soporta que el pensamiento y el comportamiento humano evolucione y que no atiende ni a los significados reales de las palabras ni de los hechos. Y que eso del género les lleva por la calle de la amargura.

Matar, asesinar, asustar, aterrorizar, robar, imponer, coartar, traicionar, son palabras sin género que pueden ayudar a definir hechos atroces. Por ejemplo, el que cometió algún individuo, o algunos, cuando en Manacor talaron el árbol que simbolizaba la lucha contra la violencia machista.

Mataron al árbol que representaba el recuerdo a niñas, niños y mujeres que habían perdido la vida a manos de hombres que algún día les habían dicho que les amaban. Hay que ser muy perverso para asesinar el símbolo de un hecho tan humano y tan decente como es el recuerdo a las víctimas de la crueldad del machismo. Perverso, como los crímenes recordados.

Les Dones de Llevant, activa entidad feminista (adjetivo sin género) había plantado ese árbol para concienciar y consolar, para recordar y advertir a las mujeres, para evitar más víctimas y para honrar a las ya existentes.

Una idea hermosa que se debería exportar.

Plantemos en cada barrio de Palma un árbol de la memoria contra la violencia machista. En un lugar central, que todo el vecindario sienta como suyo, para cuidarlo y venerarlo. Que sirva para proteger a las mujeres, para advertirles de que su compañero debe ser eso, no guardián, y para que los hombres dignos, la inmensa mayoría, sientan ese árbol como un signo de fortaleza social.

Y que, cuando lo plantemos, acudan representantes de todo el espectro político y social, sin protagonismos, pero dejando claro que todos estamos en el mismo barco.

Quizás alguno no quiera unirse, así se retratarán, como los que soltaban su aliento en nuestro cogote hace 25 años, en las primeras manifestaciones de duelo por las mujeres asesinadas en Mallorca a manos de sus parejas o ex-parejas. Sí, ya había quien negaba la evidencia, precursores de los que ahora siegan la vida de un árbol, de un tótem que debería revivir y multiplicarse en cada una de las barriadas de Palma. Sería bonito.

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