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Valencia, vaya diferencia

Valencia, vaya diferencia

La barrendera, con su carro, seguía retirando a las 6 de la tarde del domingo los pocos restos que había por el suelo del centro de Valencia. Sobre las 9:30 h ya me había fijado en el buen hacer de otra pareja de mujeres que cubrían el turno de limpieza de la mañana. No, allí no encontramos esas papeleras enormes que afean nuestra ciudad, la capital de Mallorca. Y sí, la del Turia también es una ciudad turística.

Me gustó mucho dejarme llevar por la audio-guía en la Lonja de los Mercaderes, patrimonio de la humanidad, empezada a construir unos cuarenta años después de la nuestra y con la que guarda asombrosos parecidos. Más de 100 personas al mismo tiempo vivíamos en soledad esos momentos de empaparnos de conocimiento. Soy fan de ese tipo de guías, que te dejan un margen de decisión y te permiten despistarte o parar un momento, si es necesario. Me gasté 2,50 euros. Cinco trabajadores las despachaban, junto a las entradas gratuitas. Cinco.

Por el mismo precio, porque era domingo y la gestión es municipal, también me enteré de cuatro cosas del templo de los santos Juanes y del maravilloso Mercado Central, todo ubicado en la misma plaza. Allí charlamos más tarde con una señora valenciana, que no se sentía ni invadida ni extranjera en su propia tierra, quizás porque los coleccionistas de monedas, sellos y postales seguían acudiendo con sus mesitas plegables a enseñar sus mercancías, y porque ahí seguían el bar histórico y la librería de viejo.

En Valencia los rótulos de los comercios no desfiguran las fachadas, y las pintadas vandálicas aparecen en un número infinitamente menor que aquí… Me gustó el centro histórico de esa ciudad y, a su alrededor, ese cauce del río ya desviado, lleno de vegetación y espacio para practicar deporte y descanso. Todo estaba cuidado. La cola para entrar en el Museo Nacional de Cerámica, en el palacio del Marqués de Dos Aguas, también abierto y gratis ese día, era muy considerable. No te encontrabas con tiendas de helados cada pocos metros, sino con un teatro y algunos comercios de ropa que no eran franquicias.

El turismo cultural, si se quiere, se ve que sale rentable y no expulsa tanto a la población autóctona. La prueba está en que me comí una paella junto a la puerta medieval con vecinos de mesa que hablaban la lengua del país.

También trepé a las Torres de Serranos, del siglo XIV, y visité el jardín botánico, en marcha desde finales del XIX. Le llevaba saludos al ginkgo biloba de parte de un común amigo.

Fue un solo día de visita y una pregunta rondó todo el tiempo en mi cabeza: ¿qué porras hacemos en Palma y, por extensión, en Mallorca para equivocarnos tanto? Pero si hasta el de Mercadona ha invertido en la restauración de los frescos espectaculares de la iglesia de San Nicolás.... La disfruté, pagando, y lo hice a gusto. ¿En qué gasta Cort el dinero público, además de en destrozar el tejado tradicional del mercado de Pere Garau y sustituirlo por otro de material panelado industrial? En Valencia una parte se gasta en audio-guías, folletitos informativos sobre su patrimonio y barrenderas, y además quizás facilitan que algunos mecenas inviertan. También gastan en muchos parques y zonas verdes de verdad. Una lástima que aquí perdamos tantos trenes, a ver si algún día se toma ejemplo.

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