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Diario de Mallorca

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No puedes pasear tigres; por Ángels Fermoselle Paterna

Está recogido en la Ordenanza para la inserción de los animales de compañía en la sociedad urbana, que aprobó el Ayuntamiento de Palma en el año 2004, y que continúa vigente tras alguna modificación incluida en el año 2011, que no se pueden pasear tigres por la calle. “Queda prohibida la circulación por las vías públicas de animales de especies salvajes, incluso domesticados, sin excepción.” Yo diría que esa norma se cumple. Excepto alguna iguana grandecita, no he visto en los últimos años ni monos ni leones paseándose por la acera. En mi infancia sí, algún fotógrafo los utilizaba como reclamo.

También recoge la normativa vigente que está prohibido abandonar los excrementos de los perros en cualquier lugar de la vía pública o en espacios libres. Se refiere a las evacuaciones sólidas, pero asimismo puntualiza en qué lugares no pueden orinar los canes. «También queda prohibido, por razones de decorum así como de salubridad y ornamento público, que los animales realicen deyecciones líquidas en fachadas de edificios y en mobiliario urbano”. Por si lo quieren comprobar es el artículo 68 del título tercero.

Lo dice muy claro y se antoja más que lógico y necesario. Pero fíjense que esta última prohibición parece ser la gran ignorada.

Coincidirán conmigo en que la norma se la saltan a la torera, un porcentaje muy alto de quienes pasean perros, que creen que el derecho de su fiel amigo cuadrúpedo es mear las paredes de sus vecinos, las barreras de los comercios y los candados en los que ponen las manos quienes las levantan, además de las farolas, los postes de las señales y las ruedas de los coches. Y también, si se tercia, las iglesias, esculturas y monumentos. Porque en algún sitio tienen que hacerlo, deben pensar.

Que la gente no sepa la normativa es grave. Que te agredan verbalmente cuando les adviertes, es peor. Pero lo que de verdad es imperdonable es que no se aplique nunca, quizás porque ni siquiera la conozca la poca policía que ves por la calle.

Pero el colmo fue cuando EMAYA decidió, hace cuatro años, hacer un folletito impreso sobre las obligaciones de los propietarios y los derechos de los perros. Entre los diez puntos destacados en los que se detallaban las multas posibles, en ningún caso se citaba la prohibición de miccionar en las fachadas ¡Justamente! Qué olvido tan poco oportuno, cuando lo que pretendes, repartiendo en las oficinas municipales el papelito, es que quienes pasean a sus animales se comporten de manera cívica. Sería importante hacerles saber dónde pueden, y dónde no, orinar sus mascotas. Pero en un alarde de eficacia, los representantes públicos no cayeron en ello.

Los manchurrones oscuros de las esquinas y los charcos secos y negros bajo las papeleras, son culpa de propietarios desaprensivos de inocentes perros. También de un gobierno municipal que se ha olvidado durante muchos años de advertir y multar a quienes dejan mear a sus perros en cualquier sitio.

Y que no me vengan con la tontería de que echar unos chorritos de agua sobre el cuarto de litro que su perro ha descargado sobre la pared solucione nada. Si quieres diluir un orín de un cierto volumen, tienes que tirar una cantidad mucho mayor de líquido para conseguirlo. Y ¿dónde puede hacer aguas menores un perro además de en un pipi can?

Pues en la tierra o en el asfalto, y que luego quien sujeta la correa tire suficiente agua para lavar un poco. Yo lo hago.

-«Señora, usted parece una bruja», me dijo la última chica a la que le pregunté si sabía que le podían poner una multa porque su perro descargaba sus orines en mi portal. Yo sabía que mi advertencia era un disparo sin pólvora porque ya he dicho que la policía no aplica la ordenanza. Y es verdad que este verano, con eso de mojármelo a cada rato, he ido con un cabello, digamos que desordenado ¡pero llamarme señora! Me pareció desafiante. En fin, es que la gente incívica se molesta cuando le recriminas y luego pretende ofendernos.

Yo me limité a atusarme el pelo y a mirarla despectivamente.

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